Llegó un año en que
Al mediar Septiembre
¿Qué era ello? Era que
Se trataba del interventor del mismo establecimiento que el marido de
Emilio Serrano era de los que opinan que la única tentación seria es la Mujer. Fuera del Arte, de la Filosofía, que en X no se podían cultivar más que a lo solitario, no había más que la Mujer. Lástima que en la mayor parte de las circunstancias, el amor fuera fruta prohibida.
Llegaron a tratarse con gran intimidad; siempre estaban hablando en tercera persona de asuntos de amor, de relaciones de mujeres casadas, de lo que podía la naturaleza y de lo que podía el deber, etcétera, etc. A veces, es claro, la cosa se ponía seria, se empezaba a prescindir de la tercera persona... pero Emilio siempre se detenía a tiempo.
De sobra sabía ella que él la deseaba; mil insinuaciones, miles y miles de miradas, gestos, entonaciones, lo habían dicho todo; hasta contactos rápidos; pero cargados de sensaciones fuertes, los tenían como ligados implícitamente; mas declararse, lo que se llama declararse jamás. Hasta había dado a entender el interventor que a eso no llegaría nunca. Y era el paso de chancillería indispensable, según
«¡Hombre más raro! -No; pero él caería». -Unas veces, coqueterías demasiado atrevidas: ¡otras veces conversaciones verdes, con pimienta; otras desdenes, indiferencia, frialdad! Todo inútil. Emilio ni huía del peligro ni perecía en él.
Al cabo
Hablaban de las corazonadas, de las supersticiones.
Y con este motivo, hablando de las aprensiones de cada cual, Emilio le dijo muy serio, devorándola con los ojos, el secreto de aquella fortaleza con que él sabía huir del abismo, al llegar a sus bordes.
«No, no es que sea un santo; ni siquiera un hombre completamente honrado, pues éste no peca ni siquiera con la intención; es otra cosa: es que vivo condenado al tormento de sentir muy vivamente las tentaciones, de amar el pecado... y no poder caer en él de una vez; ni gozo las delicias de la virtud, ni las del crimen. Cuando usted se burla de mí dándome a entender que me tiene por frío, o por inocente, o por tímido... o hasta por algo peor... ¡Qué mal me entiende! ¡Qué injusta es conmigo! Lo que otros desean, yo lo deseo con más fuerza que nadie; yo sabría gozar del fruto prohibido con más intenso placer que cualquiera... pero... hay una barrera... moral... y al mismo tiempo así... como... si dijéramos mecánica, infranqueable. Tengo la seguridad de que no pasaré por encima de esta dificultad, de este obstáculo, nunca, aunque después de pasada la ocasión, me irrite y desespere».
Lo supo; Emilio con absoluta sinceridad y tono sencillo, que la encantaba, se lo explicó: era esto, en resumen:
Se le había metido en la cabeza... y en el corazón, que él no gozaría jamás de un gran placer, de una gloria deslumbrante, del amor de una mujer muy apetecida, de una inmensa riqueza, de un poderío enorme; pero que, en cambio, jamás tampoco, padecería el tormento de una de esas desgracias terribles que hacen maldecir la existencia. Tenía mucho miedo a los grandes dolores morales, porque sabía por experiencia que su sensibilidad para esta clase de males era refinada, carne viva. Ahora, decía, lo que me horroriza más es la muerte de un hijo. Solo pensando en la agonía de uno de mis churumbeles... me pongo malo. Pues bien, como si lo supiera por revelación particular, directa, creo firmemente que la Providencia me propone este pacto: no perderás ningún hijo si no cometes ningún gran pecado; si no matas, si no robas, si no engañas, si no ofendes el honor de un padre, de un marido. Si te dejas vencer, si sucumbes, por gozar las delicias de la pasión victoriosa, a una gran tentación... como otros muchos han sucumbido, perderás un hijo, como otros muchos lo han perdido. Los he tenido enfermos, muy enfermitos: y en los trances apurados siempre sentí el remordimiento de no huir del mal, de no romper con la tentación... pero ofrecí siempre a Dios el sacrificio de las grandes delicias del crimen; ofrecí vencerme siempre al llegar a poner por obra mis ansias concupiscentes... y los hijos no se me han muerto; han llegado al borde del sepulcro... pero siempre han vuelto a la vida. ¡Oh, no hay dogma para mí tan claro, tan cierto como éste: si yo gozo de lo que más deseo, que es una mujer, de que no sé, de que no puedo huir; si llega a ser mía... delicia infinita... se me muere un hijo, dolor infinito. Estoy seguro... vendrá la enfermedad y no se dejará vencer como otras veces... no... vencerá ella... morirá el hijo; porque satisfizo su pasión el padre.
-¡Qué aprensiones! ¡Qué raro es usted!, -dijo
Pasó algún tiempo. Aquella especie de impedimento dirimente que se había descubierto apartó un poco de Emilio a
A Serrano se le murió un hijo. El padre, con el dolor, cayó enfermo. Ya convaleciente,
-Pobre Emilio, -dijo-, ya ve usted... de todas maneras... se le ha muerto a usted uno. No se puede creer en aprensiones.
Emilio poniéndose en pie, con voz dulce, pero que a ella le pareció agria, helada, contestó:
-