Las cortinas del combate se aproximaban a la
ciudad. Al mediodía, Korocháiev, con su abrigo de fieltro negro, pasó volando
junto a nosotros; era el jefe de la Cuarta División, un hombre caído en
desgracia, que se batía solo y buscaba la muerte. Me gritó sin detenerse: ‑¡Nuestras
comunicaciones están cortadas, Radzivili y Brodi están ardiendo!
Y partió al galope, el abrigo ondeando al
viento, negro de pies a cabeza, con pupilas de carbón.
En una llanura lisa como una tabla se estaban
reorganizando nuestras brigadas.
El sol se revolcaba sobre el purpúreo polvo. Los heridos tomaban algún alimento metidos
en las zanjas. Las enfermeras
yacían sobre la hierba y cantaban a media voz. Los exploradores de Afonka
recorrían el campo en busca de muertos y de equipo militar. Afonka cruzó a dos
pasos de mí y me dijo sin volver la cabeza: ‑Nos han aplastado el hocico. Como
dos y dos son cuatro. Se duda del jefe de la división, le reemplazarán. Los
soldados sospechan...
Los polacos se acercaron al bosque, a unas
tres verstas de nosotros, y colocaron unas ametralladoras muy cerca. Las balas aullaban, chillaban. Su gemido crecía hasta hacerse
insoportable. Las balas bombardeaban la tierra y se introducían en ella
palpitando de impaciencia. Vitiagáichenko, jefe de regimiento, roncaba a pleno
sol. Soltó un grito y despertó. Montó a caballo y se dirigió al escuadrón de
cabeza. Su rostro aparecía ajado, con franjas rojas producidas por el incómodo
sueño; sus bolsillos rebosaban de ciruelas.
‑¡Hijos de perra! ‑exclamó con despecho, y
escupió el hueso de ciruela que tenía en la boca‑. ¡Valiente gaita tenemos!
¡Tímochka, saca la bandera!
‑¿Nos vamos, pues? ‑preguntó Tímochka sacando
el asta del estribo y desenrollando una bandera en la que había una estrella
dibujada y una frase sobre la Tercera Internacional.
‑Luego lo veremos ‑dijo Vitiagáichenko. De
pronto se puso a gritar salvajemente‑: ¡Niñas, a los caballos! ¡Reunid a la
gente, jefes de escuadrón!
Los cornetas tocaron a generala. Los escuadrones se formaron en columna. Salió un herido de la zanja y
cubriéndose del sol con la mano dijo a Vitiagáichenko: ‑Tarás Grigórievich, soy
el delegado. Por lo visto parece que vamos a quedarnos aquí...
‑Resistiréis... ‑murmuró Vitiagáichenko haciendo
encabritar el caballo.
‑Tenemos la impresión, Tarás Grigórievich, de
que no vamos a resistir ‑dijo el herido cuando ya él le había vuelto la
espalda.
‑No me des la lata ‑se volvió Vitiagáichenko‑,
puede que no os abandone. ‑Y ordenó que trajeran un carro.
Acto seguido sonó la plañidera y femenina voz
de mi amigo Afonka Bida: ‑No nos hagas salir al trote, Tarás Grigórievich,
habrá que correr cinco verstas hasta llegar a ellos. ¿Cómo quieres combatir con
los caballos derrengados...? No hay por qué apresurarse, tiempo tendrás de ir a
comer peras con la Madre de Dios...
‑¡Al paso! ‑ordenó Vitiagáichenko sin levantar
los ojos.
El regimiento partió.
‑Si las dudas sobre el jefe de la división son
fundadas ‑musitó Afonka rezagándose un poco‑, si le remplazan, ya podemos poner
pie en polvorosa.
Estamos listos.
Brotaban lágrimas de sus ojos. Fijé la mirada
en Afonka lleno de sorpresa.
Giró como una peonza, sujetándose la gorra,
dio un ronquido, aulló y partió a escape.
Grischuk y yo nos quedamos solos con nuestra
estúpida tachanka, y fuimos de un lado para otro, entre muros de fuego, hasta
la tarde. El estado mayor de la división había desaparecido. Las demás unidades no querían
acogernos. Los regimientos
entraron en Brodi pero fueron desalojados por un contraataque. Nos acercamos
con el carro al cementerio de la ciudad. Por entre las tumbas surgieron los
soldados de una patrulla polaca que se echaron los fusiles a la cara y
comenzaron a disparar contra nosotros.
Grischuk dio media vuelta. La tachanka aullaba por las cuatro ruedas.
‑Una travesura ‑respondió tristemente.
‑Estamos perdidos ‑exclamé dominado por el
éxtasis de la perdición‑, estamos perdidos, amigo mío.
‑¿Para qué el esfuerzo de las mujeres? ‑replicó
él con mayor tristeza aún‑.
Para qué el compromiso matrimonial, el
casamiento, para qué festejan los padrinos la boda...
En el cielo brilló por un momento una cola
rosada y se apagó. La Vía Láctea apareció entre las estrellas.
‑Me da risa ‑dijo Grischuk amargamente
mientras señalaba con el látigo a un hombre sentado junto al camino‑, me da
risa ver el esfuerzo de las mujeres...
El hombre sentado junto al camino era el
telefonista Dolgushov. Nos miraba fijamente, tenía las piernas esparrancadas.
‑No ocurre nada ‑dijo Dolgushov cuando nos hubimos
acercado‑, ocurre que me estoy muriendo... ¿Comprendéis?
‑Comprendido ‑respondió Grischuk deteniendo
los caballos.
‑Hay que gastar una bala conmigo ‑dijo
Dolgushov.
Estaba sentado con la espalda apoyada en un
árbol. Las puntas de las botas se erguían cada una por su lado. Sin separar de
mí sus ojos, levantó cuidadosamente la camisa. Tenía el vientre destrozado, los
intestinos se habían deslizado hasta las rodillas y podían observarse en ellos
los latidos del corazón.
‑Se presentarán los burgueses polacos y harán
burla de mí. Aquí está mi documentación, escríbele a mi madre lo que ha
pasado...
‑No ‑respondí espoleando mi caballo.
Dolgushov extendió sobre la tierra las azuladas palmas de sus manos y las
contempló con incredulidad...
‑¿Huyes? ‑murmuró deslizándose hacia el suelo‑.
Huye infame...
Un fino sudor se extendió sobre mi cuerpo. Las
ametralladoras repiqueaban cada vez con mayor rapidez, con una tozudería
histérica. Auroleado con el nimbo del crepúsculo llegó Afonka Bida galopando.
‑Ya nos han zurrado un poco ‑gritó alegremente‑.
¿Qué clase de feria es ésa?
Le señalé a Dolgushov y me aparté.
Conversaron brevemente, no oí las palabras.
Dolgushov tendió su carnet al jefe del pelotón. Afonka se lo guardó en la bota
y disparó un tiro a la boca de Dolgushov.
‑Afonka ‑dije con lastimera sonrisa acercándome al cosaco‑, yo no he
podido.
‑Vete ‑respondió palideciendo‑, ¡o te mato!
Los hombres con gafas no sentís por vuestro hermano otra compasión que la del
gato por el ratón...
Y levantó el percutor.
Eché a andar al paso, sin volver la cabeza,
sintiendo el frío y la muerte a mi espalda.
‑Vaya ‑gritó Grischuk por detrás‑. ¡No hagas
tonterías! ‑Y agarró el brazo de Afonka.
‑¡Sangre de lacayo! ‑gritó éste‑. No escapará a mi mano...
Grischuk me alcanzó a la vuelta del camino. Afonka no apareció. Había partido en otra dirección.
‑Ya lo ves, Grischuk ‑le dije‑, hoy he perdido
a mi primer amigo...
Grischuk sacó del asiento una manzana
arrugada.
‑Come ‑me dijo‑, come, por favor...