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Isaac Babel - La muerte de Dolgushov

 Las cortinas del combate se aproximaban a la ciudad. Al mediodía, Korocháiev, con su abrigo de fieltro negro, pasó volando junto a nosotros; era el jefe de la Cuarta División, un hombre caído en desgracia, que se batía solo y buscaba la muerte. Me gritó sin detenerse: ‑¡Nuestras comunicaciones están cortadas, Radzivili y Brodi están ardiendo!
 Y partió al galope, el abrigo ondeando al viento, negro de pies a cabeza, con pupilas de carbón.
 En una llanura lisa como una tabla se estaban reorganizando nuestras brigadas.
 El sol se revolcaba sobre el purpúreo polvo. Los heridos tomaban algún alimento metidos en las zanjas. Las enfermeras yacían sobre la hierba y cantaban a media voz. Los exploradores de Afonka recorrían el campo en busca de muertos y de equipo militar. Afonka cruzó a dos pasos de mí y me dijo sin volver la cabeza: ‑Nos han aplastado el hocico. Como dos y dos son cuatro. Se duda del jefe de la división, le reemplazarán. Los soldados sospechan...
 Los polacos se acercaron al bosque, a unas tres verstas de nosotros, y colocaron unas ametralladoras muy cerca. Las balas aullaban, chillaban. Su gemido crecía hasta hacerse insoportable. Las balas bombardeaban la tierra y se introducían en ella palpitando de impaciencia. Vitiagáichenko, jefe de regimiento, roncaba a pleno sol. Soltó un grito y despertó. Montó a caballo y se dirigió al escuadrón de cabeza. Su rostro aparecía ajado, con franjas rojas producidas por el incómodo sueño; sus bolsillos rebosaban de ciruelas.
 ‑¡Hijos de perra! ‑exclamó con despecho, y escupió el hueso de ciruela que tenía en la boca‑. ¡Valiente gaita tenemos! ¡Tímochka, saca la bandera!
 ‑¿Nos vamos, pues? ‑preguntó Tímochka sacando el asta del estribo y desenrollando una bandera en la que había una estrella dibujada y una frase sobre la Tercera Internacional.
 ‑Luego lo veremos ‑dijo Vitiagáichenko. De pronto se puso a gritar salvajemente‑: ¡Niñas, a los caballos! ¡Reunid a la gente, jefes de escuadrón!
 Los cornetas tocaron a generala. Los escuadrones se formaron en columna. Salió un herido de la zanja y cubriéndose del sol con la mano dijo a Vitiagáichenko: ‑Tarás Grigórievich, soy el delegado. Por lo visto parece que vamos a quedarnos aquí...
 ‑Resistiréis... ‑murmuró Vitiagáichenko haciendo encabritar el caballo.
 ‑Tenemos la impresión, Tarás Grigórievich, de que no vamos a resistir ‑dijo el herido cuando ya él le había vuelto la espalda.
 ‑No me des la lata ‑se volvió Vitiagáichenko‑, puede que no os abandone. ‑Y ordenó que trajeran un carro.
 Acto seguido sonó la plañidera y femenina voz de mi amigo Afonka Bida: ‑No nos hagas salir al trote, Tarás Grigórievich, habrá que correr cinco verstas hasta llegar a ellos. ¿Cómo quieres combatir con los caballos derrengados...? No hay por qué apresurarse, tiempo tendrás de ir a comer peras con la Madre de Dios...
 ‑¡Al paso! ‑ordenó Vitiagáichenko sin levantar los ojos.
 El regimiento partió.
 ‑Si las dudas sobre el jefe de la división son fundadas ‑musitó Afonka rezagándose un poco‑, si le remplazan, ya podemos poner pie en polvorosa.
 Estamos listos.
 Brotaban lágrimas de sus ojos. Fijé la mirada en Afonka lleno de sorpresa.
 Giró como una peonza, sujetándose la gorra, dio un ronquido, aulló y partió a escape.
 Grischuk y yo nos quedamos solos con nuestra estúpida tachanka, y fuimos de un lado para otro, entre muros de fuego, hasta la tarde. El estado mayor de la división había desaparecido. Las demás unidades no querían acogernos. Los regimientos entraron en Brodi pero fueron desalojados por un contraataque. Nos acercamos con el carro al cementerio de la ciudad. Por entre las tumbas surgieron los soldados de una patrulla polaca que se echaron los fusiles a la cara y comenzaron a disparar contra nosotros.
 Grischuk dio media vuelta. La tachanka aullaba por las cuatro ruedas.
 ‑Una travesura ‑respondió tristemente.
 ‑Estamos perdidos ‑exclamé dominado por el éxtasis de la perdición‑, estamos perdidos, amigo mío.
 ‑¿Para qué el esfuerzo de las mujeres? ‑replicó él con mayor tristeza aún‑.
 Para qué el compromiso matrimonial, el casamiento, para qué festejan los padrinos la boda...
 En el cielo brilló por un momento una cola rosada y se apagó. La Vía Láctea apareció entre las estrellas.
 ‑Me da risa ‑dijo Grischuk amargamente mientras señalaba con el látigo a un hombre sentado junto al camino‑, me da risa ver el esfuerzo de las mujeres...
 El hombre sentado junto al camino era el telefonista Dolgushov. Nos miraba fijamente, tenía las piernas esparrancadas.
 ‑No ocurre nada ‑dijo Dolgushov cuando nos hubimos acercado‑, ocurre que me estoy muriendo... ¿Comprendéis?
 ‑Comprendido ‑respondió Grischuk deteniendo los caballos.
 ‑Hay que gastar una bala conmigo ‑dijo Dolgushov.
 Estaba sentado con la espalda apoyada en un árbol. Las puntas de las botas se erguían cada una por su lado. Sin separar de mí sus ojos, levantó cuidadosamente la camisa. Tenía el vientre destrozado, los intestinos se habían deslizado hasta las rodillas y podían observarse en ellos los latidos del corazón.
 ‑Se presentarán los burgueses polacos y harán burla de mí. Aquí está mi documentación, escríbele a mi madre lo que ha pasado...
 ‑No ‑respondí espoleando mi caballo.
 Dolgushov extendió sobre la tierra las azuladas palmas de sus manos y las contempló con incredulidad...
 ‑¿Huyes? ‑murmuró deslizándose hacia el suelo‑. Huye infame...
 Un fino sudor se extendió sobre mi cuerpo. Las ametralladoras repiqueaban cada vez con mayor rapidez, con una tozudería histérica. Auroleado con el nimbo del crepúsculo llegó Afonka Bida galopando.
 ‑Ya nos han zurrado un poco ‑gritó alegremente‑. ¿Qué clase de feria es ésa?
 Le señalé a Dolgushov y me aparté.
 Conversaron brevemente, no oí las palabras. Dolgushov tendió su carnet al jefe del pelotón. Afonka se lo guardó en la bota y disparó un tiro a la boca de Dolgushov.
 ‑Afonka ‑dije con lastimera sonrisa acercándome al cosaco‑, yo no he podido.
 ‑Vete ‑respondió palideciendo‑, ¡o te mato! Los hombres con gafas no sentís por vuestro hermano otra compasión que la del gato por el ratón...
 Y levantó el percutor.
 Eché a andar al paso, sin volver la cabeza, sintiendo el frío y la muerte a mi espalda.
 ‑Vaya ‑gritó Grischuk por detrás‑. ¡No hagas tonterías! ‑Y agarró el brazo de Afonka.
 ‑¡Sangre de lacayo! ‑gritó éste‑. No escapará a mi mano...
 Grischuk me alcanzó a la vuelta del camino. Afonka no apareció. Había partido en otra dirección.
 ‑Ya lo ves, Grischuk ‑le dije‑, hoy he perdido a mi primer amigo...
 Grischuk sacó del asiento una manzana arrugada.
 ‑Come ‑me dijo‑, come, por favor...

            ***