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LA FRANJA
XVI
EL CIRCULO DE LA TIERRA
LA FRANJA
XVI
EL CIRCULO DE LA TIERRA
En cierta ocasión, Janet y yo estábamos en una
habitación de hotel con motivo de una de mis conferencias, y una camarera llamó
a la puerta para preguntar si necesitábamos toallas. Creí que teníamos y le
dije que no, que no necesitábamos toallas.
Apenas había cerrado la puerta, Janet gritó desde el cuarto de baño que también nosotros las necesitábamos y que llamase a la camarera.
Por consiguiente, abrí la puerta, la llamé y le dije:
— Señorita, la mujer que está conmigo en la habitación dice que también nosotros necesitamos más toallas. ¿Tiene la bondad de traerlas?
— Desde luego —repuso ella, y se alejó.
Janet salió del cuarto de baño con la expresión indignada que adopta cuando no capta por completo mi sentido del humor, y preguntó:
— ¿Por qué le has dicho eso?
— Ha sido una declaración literalmente cierta.
— Sabes que lo dijiste deliberadamente, para dar a entender que no estamos casados. Cuando vuelva, le dirás que lo estamos, ¿entendido?
La camarera volvió con las toallas y yo le dije:
— Señorita, la mujer que está conmigo en la habitación quiere que le diga que estamos casados.
Y al oír que Janet gritaba « ¡oh, Isaac! », la camarera replicó, con altivez:
— ¡No me importa en absoluto!
Bien por la moral moderna.
Hace poco recordé este incidente al terminar un ensayo que había escrito para Science Digest, en el cual declaraba casualmente que la Biblia presume de que la Tierra es plana.
Os sorprenderá saber las cartas indignadas que recibí de personas que negaban enérgicamente que la Biblia presumiese que la Tierra fuera plana.
¿Por qué? A fin de cuentas, la Biblia fue escrita en unos tiempos en que todo el mundo presumía que la Tierra era plana. Ciertamente, cuando los últimos libros fueron escritos, unos pocos filósofos griegos pensaban de otra manera, pero, ¿quién les escuchaba? Creía que era absolutamente razonable que los hombres que escribieron los diversos libros de la Biblia no supiesen más de Astronomía que cualquier otro de su época, y que, por consiguiente, debíamos ser caritativos y amables con ellos.
Sin embargo, los fundamentalistas no son como la camarera de aquel hotel. Cuando se trata de cualquier sugerencia sobre una Tierra plana bíblica, les importa en grado sumo.
Su tesis, como veis, es la de que la Biblia es literalmente cierta en todas sus palabras y, más aún, que es «infalible»; es decir, que no puede equivocarse. (Esto se desprende claramente de su creencia en que la Biblia es la palabra inspirada de Dios, que Dios lo sabe todo y que, como George Washington, Dios no puede mentir.)
En apoyo de esta tesis, los fundamentalistas niegan la evolución, y niegan que la Tierra y el Universo en su conjunto tengan más de unos pocos miles de años de antigüedad, etcétera.
Hay concluyentes pruebas científicas de que los fundamentalistas se equivocan en estas materias, y de que sus nociones de cosmogonía tienen aproximadamente el mismo fundamento que un cuento de hadas, pero los fundamentalistas se niegan a aceptarlo. Negando algunos descubrimientos científicos y deformando otros, insisten en que sus tontas creencias tienen algún valor, y llaman creacionismo «científico» a sus imaginarias lucubraciones.
Sin embargo, hay un punto en el que tienen que ceder. Incluso los más fundamentales de los fundamentalistas encontrarían un poco difícil sostener que la Tierra es plana. A fin de cuentas, Colón no se cayó al llegar al borde del mundo, y hoy en día los astronautas han visto que el mundo es una esfera.
Por tanto, si los fundamentalistas tuviesen que admitir que la Biblia considera que la Tierra es plana se vendría abajo toda su estructura sobre la infalibilidad de aquélla. Y si la Biblia se equivoca en una cosa tan fundamental, puede estar equivocada en todo lo demás, y ellos tendrían que renunciar a su posición.
En consecuencia, la simple mención de la Tierra plana bíblica les produce convulsiones.
Mi carta predilecta, recibida a tal respecto, sentaba los tres puntos siguientes:
1. La Biblia dice, concretamente, que la Tierra es redondeada (aquí cita un versículo bíblico); sin embargo, a pesar de esta declaración bíblica, los seres humanos persistieron durante dos mil años en creer que la Tierra era plana.
2. Si al parecer fueron cristianos los que hablaban de que la Tierra era plana, fue sólo la Iglesia católica, y no los cristianos lectores de la Biblia, quien insistió en ello.
3. Era una lástima que sólo los no fanáticos leyesen la Biblia. (Esto, según me pareció, era una amable observación tendente a insinuar que yo era un fanático que no leía la Biblia y que, por consiguiente, hablaba de algo que ignoraba.)
En realidad, mi amigo autor de la carta se equivocaba de plano en los tres puntos.
El versículo bíblico que citaba era Isaías 40, 22.
Dudo de que mi corresponsal se diese cuenta de ello, o incluso que lo creyese si alguien se lo decía, pero el capítulo cuarenta de Isaías es el primero de la parte del libro llamada «Segundo Isaías», porque no fue escrita por la misma mano que los primeros treinta y nueve capítulos.
Los primeros treinta y nueve capítulos fueron escritos alrededor del año 700 a. de J. C., en la poca de Ezequías, rey de Judá, cuando el monarca asirio Senaquerib estaba amenazando el país. En cambio, en el capítulo 40, nos hallamos en la situación que debió de corresponder aproximadamente al año 540 a. de J. C., cuando la caída del Imperio caldeo ante Ciro de Persia.
Esto significa que el Segundo Isaías, fuese quien fuese, se crió en Babilonia, en la época del cautiverio babilónico, y estuvo indudablemente bien instruido en la cultura y la ciencia babilónicas.
Por consiguiente, el Segundo Isaías piensa en el Universo en términos de la ciencia babilónica, y, para los babilonios, la Tierra era plana.
Bien, ¿qué dice entonces «Isaías 40, 22»? En la Versión Autorizada (más conocida como Biblia del rey Jacobo), que es La Biblia de los fundamentalistas —de modo que todos los defectos de traducción que contiene son sagrados para ellos—, el versículo, que es parte del intento del Segundo Isaías de describir a Dios, dice:
«Es el que está sentado sobre el circulo de la Tierra...» Ya lo veis: «el círculo de la Tierra». ¿No es una clara indicación de que la Tierra es «redonda»? ¿Por qué insisten todos aquellos fanáticos que no leen la Biblia en pensar en la Tierra plana, cuando la palabra de Dios, guardada como una reliquia en la Biblia, se refería a la Tierra como un «círculo»?
La pega está, desde luego, en que se supone que leemos la Biblia del rey Jacobo como si estuviese escrita en inglés. Si los fundamentalistas quieren insistir en que toda palabra de la Biblia es cierta, entonces es justo que acepten el significado inglés de aquellas palabras y no inventen nuevas significaciones para deformar las declaraciones bíblicas en algo diferente.
En inglés, un «círculo» es una figura bidimensional; una «esfera» es una figura tridimensional. La Tierra es casi una esfera; ciertamente, no es un círculo.
Una moneda es un ejemplo de un círculo (si imagináis que la moneda tiene un grosor despreciable). Dicho en otras palabras: lo que el Segundo Isaías quiere decir cuando habla del «círculo de la Tierra» es una Tierra plana con un borde circular: un disco, un objeto con la forma de una moneda.
El propio versículo que mi corresponsal citaba como prueba de que la Biblia consideraba a la Tierra una esfera es, precisamente, la prueba más convincente de que la Biblia presupone que la Tierra es plana.
Si queréis otro versículo con igual efecto, considerad un pasaje del Libro de los Proverbios, que es parte de un canto de alabanza a la Sabiduría personificada como atributo de Dios:
«Cuando preparó los cielos, yo estaba allí: cuando puso un compás sobre la faz: del abismo» (Proverbios, 8, 27.)
Como todos sabemos, un compás sirve para trazar un círculo; por consiguiente, podemos imaginar a Dios trazando de esta manera el disco circular y plano del mundo. William Blake, el artista y poeta inglés, pintó un famoso cuadro en el que mostraba a Dios marcando los límites de la Tierra con un compás. «Compás» no es la mejor traducción de la palabra hebrea. La Versión Corriente Revisada de la Biblia contiene el versículo en esta forma: «Cuando fundó los cielos, yo estaba allí, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo.» Así resulta más claro y preciso.
Por consiguiente, si queremos trazar un mapa esquemático del mundo tal como les parecía a los babilonios y judíos del Siglo VI a. de J. C. (época del Segundo Isaías), lo encontraréis en la figura 1. Aunque la Biblia no lo dice en parte alguna, los judíos del último período bíblico consideraban que Jerusalén era el centro del «círculo del mundo», de la misma manera que los griegos pensaban que el centro era Delfos. (Desde luego, una superficie esférica no tiene centro.)
Una tienda no es una estructura esférica que rodea otra estructura esférica más pequeña. Jamás ha habido una tienda así. En su forma más esquemática es una semiesfera cuyos bordes tocan el suelo formando un círculo. Y el suelo de debajo de la tienda es plano. Esto es cierto en todos los casos.
Si queréis ver los cielos y la Tierra en sección lateral, tal como se describe en este versículo, ved la Figura 2. Dentro de la tienda de los cielos, sobre la base de la Tierra plana, moran las langostas que son la Humanidad.
Apenas había cerrado la puerta, Janet gritó desde el cuarto de baño que también nosotros las necesitábamos y que llamase a la camarera.
Por consiguiente, abrí la puerta, la llamé y le dije:
— Señorita, la mujer que está conmigo en la habitación dice que también nosotros necesitamos más toallas. ¿Tiene la bondad de traerlas?
— Desde luego —repuso ella, y se alejó.
Janet salió del cuarto de baño con la expresión indignada que adopta cuando no capta por completo mi sentido del humor, y preguntó:
— ¿Por qué le has dicho eso?
— Ha sido una declaración literalmente cierta.
— Sabes que lo dijiste deliberadamente, para dar a entender que no estamos casados. Cuando vuelva, le dirás que lo estamos, ¿entendido?
La camarera volvió con las toallas y yo le dije:
— Señorita, la mujer que está conmigo en la habitación quiere que le diga que estamos casados.
Y al oír que Janet gritaba « ¡oh, Isaac! », la camarera replicó, con altivez:
— ¡No me importa en absoluto!
Bien por la moral moderna.
Hace poco recordé este incidente al terminar un ensayo que había escrito para Science Digest, en el cual declaraba casualmente que la Biblia presume de que la Tierra es plana.
Os sorprenderá saber las cartas indignadas que recibí de personas que negaban enérgicamente que la Biblia presumiese que la Tierra fuera plana.
¿Por qué? A fin de cuentas, la Biblia fue escrita en unos tiempos en que todo el mundo presumía que la Tierra era plana. Ciertamente, cuando los últimos libros fueron escritos, unos pocos filósofos griegos pensaban de otra manera, pero, ¿quién les escuchaba? Creía que era absolutamente razonable que los hombres que escribieron los diversos libros de la Biblia no supiesen más de Astronomía que cualquier otro de su época, y que, por consiguiente, debíamos ser caritativos y amables con ellos.
Sin embargo, los fundamentalistas no son como la camarera de aquel hotel. Cuando se trata de cualquier sugerencia sobre una Tierra plana bíblica, les importa en grado sumo.
Su tesis, como veis, es la de que la Biblia es literalmente cierta en todas sus palabras y, más aún, que es «infalible»; es decir, que no puede equivocarse. (Esto se desprende claramente de su creencia en que la Biblia es la palabra inspirada de Dios, que Dios lo sabe todo y que, como George Washington, Dios no puede mentir.)
En apoyo de esta tesis, los fundamentalistas niegan la evolución, y niegan que la Tierra y el Universo en su conjunto tengan más de unos pocos miles de años de antigüedad, etcétera.
Hay concluyentes pruebas científicas de que los fundamentalistas se equivocan en estas materias, y de que sus nociones de cosmogonía tienen aproximadamente el mismo fundamento que un cuento de hadas, pero los fundamentalistas se niegan a aceptarlo. Negando algunos descubrimientos científicos y deformando otros, insisten en que sus tontas creencias tienen algún valor, y llaman creacionismo «científico» a sus imaginarias lucubraciones.
Sin embargo, hay un punto en el que tienen que ceder. Incluso los más fundamentales de los fundamentalistas encontrarían un poco difícil sostener que la Tierra es plana. A fin de cuentas, Colón no se cayó al llegar al borde del mundo, y hoy en día los astronautas han visto que el mundo es una esfera.
Por tanto, si los fundamentalistas tuviesen que admitir que la Biblia considera que la Tierra es plana se vendría abajo toda su estructura sobre la infalibilidad de aquélla. Y si la Biblia se equivoca en una cosa tan fundamental, puede estar equivocada en todo lo demás, y ellos tendrían que renunciar a su posición.
En consecuencia, la simple mención de la Tierra plana bíblica les produce convulsiones.
Mi carta predilecta, recibida a tal respecto, sentaba los tres puntos siguientes:
1. La Biblia dice, concretamente, que la Tierra es redondeada (aquí cita un versículo bíblico); sin embargo, a pesar de esta declaración bíblica, los seres humanos persistieron durante dos mil años en creer que la Tierra era plana.
2. Si al parecer fueron cristianos los que hablaban de que la Tierra era plana, fue sólo la Iglesia católica, y no los cristianos lectores de la Biblia, quien insistió en ello.
3. Era una lástima que sólo los no fanáticos leyesen la Biblia. (Esto, según me pareció, era una amable observación tendente a insinuar que yo era un fanático que no leía la Biblia y que, por consiguiente, hablaba de algo que ignoraba.)
En realidad, mi amigo autor de la carta se equivocaba de plano en los tres puntos.
El versículo bíblico que citaba era Isaías 40, 22.
Dudo de que mi corresponsal se diese cuenta de ello, o incluso que lo creyese si alguien se lo decía, pero el capítulo cuarenta de Isaías es el primero de la parte del libro llamada «Segundo Isaías», porque no fue escrita por la misma mano que los primeros treinta y nueve capítulos.
Los primeros treinta y nueve capítulos fueron escritos alrededor del año 700 a. de J. C., en la poca de Ezequías, rey de Judá, cuando el monarca asirio Senaquerib estaba amenazando el país. En cambio, en el capítulo 40, nos hallamos en la situación que debió de corresponder aproximadamente al año 540 a. de J. C., cuando la caída del Imperio caldeo ante Ciro de Persia.
Esto significa que el Segundo Isaías, fuese quien fuese, se crió en Babilonia, en la época del cautiverio babilónico, y estuvo indudablemente bien instruido en la cultura y la ciencia babilónicas.
Por consiguiente, el Segundo Isaías piensa en el Universo en términos de la ciencia babilónica, y, para los babilonios, la Tierra era plana.
Bien, ¿qué dice entonces «Isaías 40, 22»? En la Versión Autorizada (más conocida como Biblia del rey Jacobo), que es La Biblia de los fundamentalistas —de modo que todos los defectos de traducción que contiene son sagrados para ellos—, el versículo, que es parte del intento del Segundo Isaías de describir a Dios, dice:
«Es el que está sentado sobre el circulo de la Tierra...» Ya lo veis: «el círculo de la Tierra». ¿No es una clara indicación de que la Tierra es «redonda»? ¿Por qué insisten todos aquellos fanáticos que no leen la Biblia en pensar en la Tierra plana, cuando la palabra de Dios, guardada como una reliquia en la Biblia, se refería a la Tierra como un «círculo»?
La pega está, desde luego, en que se supone que leemos la Biblia del rey Jacobo como si estuviese escrita en inglés. Si los fundamentalistas quieren insistir en que toda palabra de la Biblia es cierta, entonces es justo que acepten el significado inglés de aquellas palabras y no inventen nuevas significaciones para deformar las declaraciones bíblicas en algo diferente.
En inglés, un «círculo» es una figura bidimensional; una «esfera» es una figura tridimensional. La Tierra es casi una esfera; ciertamente, no es un círculo.
Una moneda es un ejemplo de un círculo (si imagináis que la moneda tiene un grosor despreciable). Dicho en otras palabras: lo que el Segundo Isaías quiere decir cuando habla del «círculo de la Tierra» es una Tierra plana con un borde circular: un disco, un objeto con la forma de una moneda.
El propio versículo que mi corresponsal citaba como prueba de que la Biblia consideraba a la Tierra una esfera es, precisamente, la prueba más convincente de que la Biblia presupone que la Tierra es plana.
Si queréis otro versículo con igual efecto, considerad un pasaje del Libro de los Proverbios, que es parte de un canto de alabanza a la Sabiduría personificada como atributo de Dios:
«Cuando preparó los cielos, yo estaba allí: cuando puso un compás sobre la faz: del abismo» (Proverbios, 8, 27.)
Como todos sabemos, un compás sirve para trazar un círculo; por consiguiente, podemos imaginar a Dios trazando de esta manera el disco circular y plano del mundo. William Blake, el artista y poeta inglés, pintó un famoso cuadro en el que mostraba a Dios marcando los límites de la Tierra con un compás. «Compás» no es la mejor traducción de la palabra hebrea. La Versión Corriente Revisada de la Biblia contiene el versículo en esta forma: «Cuando fundó los cielos, yo estaba allí, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo.» Así resulta más claro y preciso.
Por consiguiente, si queremos trazar un mapa esquemático del mundo tal como les parecía a los babilonios y judíos del Siglo VI a. de J. C. (época del Segundo Isaías), lo encontraréis en la figura 1. Aunque la Biblia no lo dice en parte alguna, los judíos del último período bíblico consideraban que Jerusalén era el centro del «círculo del mundo», de la misma manera que los griegos pensaban que el centro era Delfos. (Desde luego, una superficie esférica no tiene centro.)
Una tienda no es una estructura esférica que rodea otra estructura esférica más pequeña. Jamás ha habido una tienda así. En su forma más esquemática es una semiesfera cuyos bordes tocan el suelo formando un círculo. Y el suelo de debajo de la tienda es plano. Esto es cierto en todos los casos.
Si queréis ver los cielos y la Tierra en sección lateral, tal como se describe en este versículo, ved la Figura 2. Dentro de la tienda de los cielos, sobre la base de la Tierra plana, moran las langostas que son la Humanidad.
FIGURA 1 |
FIGURA 2 |
Citemos ahora el versículo íntegro:
«Es el que está sentado sobre el círculo de la Tierra, y los habitantes de allí son como langostas; él tiende los cielos como un toldo, los despliega como una tienda para morar en ella.» (Isaías, 40, 22.)
La referencia a los habitantes de la Tierra como «langostas» no es más que un tópico bíblico para lo pequeño y carente de valor. Así, cuando los israelitas vagaban por el desierto y enviaron espías a la tierra de Canaán, estos espías volvieron con informes desalentadores sobre la fuerza de los habitantes y de sus ciudades. Los espías dijeron:
«... nos pareció a nosotros que éramos como langostas, y así les parecíamos nosotros a ellos.» (Números, 13, 33.)
Observad, empero, la comparación de los cielos con un toldo o una tienda. Una tienda, según suele representarse, está compuesta de algunas piezas que se montan y desmontan fácilmente: cuero, tela, seda, lona. El material se despliega arriba y se deja caer en todos los lados hasta que toca el suelo.
Este concepto es razonable para personas que no han estado muy lejos de su casa; que no han navegado en los océanos, que no han observado las posiciones cambiantes de las estrellas durante viajes muy hacia el Norte o el Sur, o el comportamiento de los barcos al acercarse al horizonte; que han tenido demasiado miedo en un eclipse para observar atenta y desapasionadamente la sombra de la Tierra sobre la Luna.
Sin embargo, hemos aprendido mucho sobre la Tierra y el Universo en los últimos veinticinco siglos, y sabemos muy bien que la imagen del Universo como un toldo desplegado sobre un disco plano no coincide con la realidad. Incluso los fundamentalistas saben esto, y la única manera que tienen de eludir la conclusión de que la Biblia está equivocada es negar el buen inglés.
Y esto demuestra lo difícil que es poner límites a la sandez humana.
Si aceptamos un cielo hemisférico descansando sobre una Tierra que es un disco plano, tenemos que preguntarnos sobre qué descansa éste.
Los filósofos griegos, culminando en Aristóteles (384-322 a. de J. C.), que fueron los primeros en aceptar una Tierra esférica, fueron también los primeros que no tuvieron que preocuparse por el problema. Se dieron cuenta de que la gravedad era una fuerza que apuntaba al centro de la Tierra esférica, de modo que podían imaginar que ésta estaba suspendida en el centro de la esfera, más grande, del Universo en su conjunto.
Para los que vinieron antes de Aristóteles, o no oyeron hablar nunca de él, o le despreciaron, «abajo» existía una dirección cósmica independiente de la Tierra. En realidad, ésta es una visión tan tentadora que, en cada generación, los chiquillos tienen que ser salvados de ella. ¿Cuál es el joven colegial que, en su primer encuentro con la noción de una Tierra esférica, no se pregunta por qué la gente del otro lado, que caminan boca abajo, no se cae?
Y si concibes una Tierra plana, como hicieron los escritores bíblicos, tendrás que resolver la cuestión de qué es lo que impide que se caiga todo.
La inevitable conclusión —para aquellos que no están dispuestos a considerar toda la cuestión como divinamente milagrosa— es presumir que la Tierra debe apoyarse en algo; por ejemplo, en columnas. A fin de cuentas, ¿no se apoyan en columnas los techos de los templos?
Pero entonces hay que preguntar dónde se apoyan las columnas. Los hindúes pretendían que las columnas se apoyaban en elefantes gigantescos, que, a su vez, estaban de pie sobre una tortuga supergigante, que, a su vez, nadaba sobre la superficie de un mar infinito.
Al final quedamos atascados en lo divino o en lo infinito.
Carl Sagan habla de una mujer que tenía una solución más sencilla que la de los hindúes. Creía que la Tierra plana descansaba sobre la espalda de una tortuga. Le preguntaron:
— ¿Y sobre qué descansa la tortuga?
— Sobre otra tortuga —contestó altivamente la mujer.
— Y esa otra tortuga...
La mujer interrumpió:
— Ya sé adónde quiere usted ir a parar, señor; pero es inútil. Hay tortugas hasta abajo de todo.
Pero, ¿habla la Biblia de la cuestión de sobre qué se apoya la Tierra? Sí, pero sólo casualmente.
Mirad, lo malo es que la Biblia no entra en detalles de cuestiones que presume que todo el mundo sabe. Por ejemplo, no describe a Adán cuando fue formado. No dice, concretamente, que Adán fue creado con dos piernas, dos brazos, una cabeza, sin cola, dos ojos, dos orejas, una boca, etcétera. Da todo esto por sabido.
De la misma manera, no dice lisa y llanamente «la Tierra es plana», porque los escritores bíblicos no oyeron decir nunca a nadie que no lo fuese. Sin embargo, podéis ver la calidad de plana en la serena descripción de la Tierra como un círculo y del cielo como una tienda.
De igual manera, sin decir concretamente que la Tierra plana se apoya en algo, cuando todo el mundo sabía que era así, se refería a aquel algo de una manera muy casual.
Por ejemplo, en el capítulo 38 de Job, Dios contesta a las quejas de Job sobre la injusticia y la maldad del mundo, no explicándole a lo que se refería sino señalando la ignorancia humana y negando, por ende, que los seres humanos tengan siquiera derecho a preguntar (una evasión altiva y autocrática de la pregunta de Job, pero eso no importa). Dice: «¿Dónde estabas cuando yo puse los cimientos de la Tierra? Dímelo si tanto sabes. ¿Quién determinó, si lo sabes, sus dimensiones? ¿Quién tendió sobre ella la regla? ¿Sobre qué descansan sus cimientos o quién asentó su piedra angular? (Job, 38,4-6)
¿Qué son estos cimientos? Es difícil decirlo, porque la Biblia no los describe de modo específico.
Podríamos decir que los «cimientos» se refieren a las capas bajas de la Tierra, al manto y al núcleo de hierro líquido. Pero los autores bíblicos no habían oído nunca hablar de tales cosas, como no habían oído hablar de las bacterias, por lo cual tuvieron de valerse de cosas tan grandes como las langostas para representar la insignificancia. Como veremos, la Biblia nunca se refiere a las regiones de debajo de la superficie de la Tierra como compuestas de rocas y metales.
Podríamos decir que la Biblia fue escrita en una especie de doble sentido; en versos que significaban una cosa para los sencillos contemporáneos de los escritores bíblicos, pero que significan algo distinto para los más ilustrados lectores del Siglo XX, y que significarían otra cosa para los todavía más ilustrados lectores del Siglo XXXV.
Pero si admitimos esto, toda la tesis fundamentalista se viene abajo, pues todo lo que dice la Biblia puede entonces interpretarse de manera que se ajuste a un Universo de quince mil millones de años y al curso de la evolución biológica, y esto lo rechazan de plano los fundamentalistas.
De ahí que, para discutir el caso de los fundamentalistas, debemos suponer que la Biblia del rey Jacobo está escrita en inglés, de modo que los «cimientos» de la Tierra son los objetos sobre los que descansa la tierra plana.
En otra parte del Libro de Job, éste dice, al describir el poder de Dios: «Las columnas del cielo tiemblan y se estremecen a una amenaza suya.» (Job, 26, 11.)
Parecería que estas columnas son los «cimientos» de la Tierra. Quizás están colocados debajo del borde de la Tierra, donde desciende el cielo para encontrarse con ella, como en la figura 3. Estas estructuras son, a la vez, las columnas de cielo y los cimientos de la Tierra.
«Es el que está sentado sobre el círculo de la Tierra, y los habitantes de allí son como langostas; él tiende los cielos como un toldo, los despliega como una tienda para morar en ella.» (Isaías, 40, 22.)
La referencia a los habitantes de la Tierra como «langostas» no es más que un tópico bíblico para lo pequeño y carente de valor. Así, cuando los israelitas vagaban por el desierto y enviaron espías a la tierra de Canaán, estos espías volvieron con informes desalentadores sobre la fuerza de los habitantes y de sus ciudades. Los espías dijeron:
«... nos pareció a nosotros que éramos como langostas, y así les parecíamos nosotros a ellos.» (Números, 13, 33.)
Observad, empero, la comparación de los cielos con un toldo o una tienda. Una tienda, según suele representarse, está compuesta de algunas piezas que se montan y desmontan fácilmente: cuero, tela, seda, lona. El material se despliega arriba y se deja caer en todos los lados hasta que toca el suelo.
Este concepto es razonable para personas que no han estado muy lejos de su casa; que no han navegado en los océanos, que no han observado las posiciones cambiantes de las estrellas durante viajes muy hacia el Norte o el Sur, o el comportamiento de los barcos al acercarse al horizonte; que han tenido demasiado miedo en un eclipse para observar atenta y desapasionadamente la sombra de la Tierra sobre la Luna.
Sin embargo, hemos aprendido mucho sobre la Tierra y el Universo en los últimos veinticinco siglos, y sabemos muy bien que la imagen del Universo como un toldo desplegado sobre un disco plano no coincide con la realidad. Incluso los fundamentalistas saben esto, y la única manera que tienen de eludir la conclusión de que la Biblia está equivocada es negar el buen inglés.
Y esto demuestra lo difícil que es poner límites a la sandez humana.
Si aceptamos un cielo hemisférico descansando sobre una Tierra que es un disco plano, tenemos que preguntarnos sobre qué descansa éste.
Los filósofos griegos, culminando en Aristóteles (384-322 a. de J. C.), que fueron los primeros en aceptar una Tierra esférica, fueron también los primeros que no tuvieron que preocuparse por el problema. Se dieron cuenta de que la gravedad era una fuerza que apuntaba al centro de la Tierra esférica, de modo que podían imaginar que ésta estaba suspendida en el centro de la esfera, más grande, del Universo en su conjunto.
Para los que vinieron antes de Aristóteles, o no oyeron hablar nunca de él, o le despreciaron, «abajo» existía una dirección cósmica independiente de la Tierra. En realidad, ésta es una visión tan tentadora que, en cada generación, los chiquillos tienen que ser salvados de ella. ¿Cuál es el joven colegial que, en su primer encuentro con la noción de una Tierra esférica, no se pregunta por qué la gente del otro lado, que caminan boca abajo, no se cae?
Y si concibes una Tierra plana, como hicieron los escritores bíblicos, tendrás que resolver la cuestión de qué es lo que impide que se caiga todo.
La inevitable conclusión —para aquellos que no están dispuestos a considerar toda la cuestión como divinamente milagrosa— es presumir que la Tierra debe apoyarse en algo; por ejemplo, en columnas. A fin de cuentas, ¿no se apoyan en columnas los techos de los templos?
Pero entonces hay que preguntar dónde se apoyan las columnas. Los hindúes pretendían que las columnas se apoyaban en elefantes gigantescos, que, a su vez, estaban de pie sobre una tortuga supergigante, que, a su vez, nadaba sobre la superficie de un mar infinito.
Al final quedamos atascados en lo divino o en lo infinito.
Carl Sagan habla de una mujer que tenía una solución más sencilla que la de los hindúes. Creía que la Tierra plana descansaba sobre la espalda de una tortuga. Le preguntaron:
— ¿Y sobre qué descansa la tortuga?
— Sobre otra tortuga —contestó altivamente la mujer.
— Y esa otra tortuga...
La mujer interrumpió:
— Ya sé adónde quiere usted ir a parar, señor; pero es inútil. Hay tortugas hasta abajo de todo.
Pero, ¿habla la Biblia de la cuestión de sobre qué se apoya la Tierra? Sí, pero sólo casualmente.
Mirad, lo malo es que la Biblia no entra en detalles de cuestiones que presume que todo el mundo sabe. Por ejemplo, no describe a Adán cuando fue formado. No dice, concretamente, que Adán fue creado con dos piernas, dos brazos, una cabeza, sin cola, dos ojos, dos orejas, una boca, etcétera. Da todo esto por sabido.
De la misma manera, no dice lisa y llanamente «la Tierra es plana», porque los escritores bíblicos no oyeron decir nunca a nadie que no lo fuese. Sin embargo, podéis ver la calidad de plana en la serena descripción de la Tierra como un círculo y del cielo como una tienda.
De igual manera, sin decir concretamente que la Tierra plana se apoya en algo, cuando todo el mundo sabía que era así, se refería a aquel algo de una manera muy casual.
Por ejemplo, en el capítulo 38 de Job, Dios contesta a las quejas de Job sobre la injusticia y la maldad del mundo, no explicándole a lo que se refería sino señalando la ignorancia humana y negando, por ende, que los seres humanos tengan siquiera derecho a preguntar (una evasión altiva y autocrática de la pregunta de Job, pero eso no importa). Dice: «¿Dónde estabas cuando yo puse los cimientos de la Tierra? Dímelo si tanto sabes. ¿Quién determinó, si lo sabes, sus dimensiones? ¿Quién tendió sobre ella la regla? ¿Sobre qué descansan sus cimientos o quién asentó su piedra angular? (Job, 38,4-6)
¿Qué son estos cimientos? Es difícil decirlo, porque la Biblia no los describe de modo específico.
Podríamos decir que los «cimientos» se refieren a las capas bajas de la Tierra, al manto y al núcleo de hierro líquido. Pero los autores bíblicos no habían oído nunca hablar de tales cosas, como no habían oído hablar de las bacterias, por lo cual tuvieron de valerse de cosas tan grandes como las langostas para representar la insignificancia. Como veremos, la Biblia nunca se refiere a las regiones de debajo de la superficie de la Tierra como compuestas de rocas y metales.
Podríamos decir que la Biblia fue escrita en una especie de doble sentido; en versos que significaban una cosa para los sencillos contemporáneos de los escritores bíblicos, pero que significan algo distinto para los más ilustrados lectores del Siglo XX, y que significarían otra cosa para los todavía más ilustrados lectores del Siglo XXXV.
Pero si admitimos esto, toda la tesis fundamentalista se viene abajo, pues todo lo que dice la Biblia puede entonces interpretarse de manera que se ajuste a un Universo de quince mil millones de años y al curso de la evolución biológica, y esto lo rechazan de plano los fundamentalistas.
De ahí que, para discutir el caso de los fundamentalistas, debemos suponer que la Biblia del rey Jacobo está escrita en inglés, de modo que los «cimientos» de la Tierra son los objetos sobre los que descansa la tierra plana.
En otra parte del Libro de Job, éste dice, al describir el poder de Dios: «Las columnas del cielo tiemblan y se estremecen a una amenaza suya.» (Job, 26, 11.)
Parecería que estas columnas son los «cimientos» de la Tierra. Quizás están colocados debajo del borde de la Tierra, donde desciende el cielo para encontrarse con ella, como en la figura 3. Estas estructuras son, a la vez, las columnas de cielo y los cimientos de la Tierra.
FIGURA 3
¿Sobre qué se apoyan, a su vez, las columnas? ¿Sobre
elefantes? ¿Sobre tortugas? ¿O hay pilares «hasta abajo de todo»? ¿O se apoyan
en las espaldas de ángeles que vuelan eternamente por el espacio? La Biblia no
lo dice.
¿Y qué es el cielo que cubre la Tierra como una tienda?
En el relato bíblico de la creación, la Tierra es, al principio, como una masa amorfa de agua. El primer día, Dios creó la luz y, de alguna manera, sin la presencia del Sol, hizo que fuese intermitente, de modo que existiese la sucesión de día y noche.
Después, el segundo día, colocó la tienda sobre la amorfa masa de las aguas:
«Dijo luego Dios: "Haya un firmamento en medio de las aguas, que separe las aguas de las aguas."» (Génesis, 1, 6.)
La primera sílaba de la palabra «firmamento» es «firm», y esto es lo que pensaron los escritores bíblicos. La palabra es una traducción del griego stereoma, que significa «un objeto duro» y es, a su vez, traducción del hebreo rakia , que significa «una lámina fina de metal».
Dicho en otras palabras: el cielo se parece mucho a la tapa hemisférica de metal que colocan sobre la fuente plana en nuestros restaurantes de lujo.
El Sol, la Luna y las estrellas se describen como creados el cuarto día. Las estrellas eran vistas como destellos de luz pegados al firmamento, mientras que el Sol y la Luna eran círculos de luz que se movían de Este a Oeste a través del firmamento o, quizá, debajo de él.
Esta visión se encuentra más específicamente en el Apocalipsis, que fue escrito alrededor del año 100 de nuestra Era, y que contiene una serie de visiones apocalípticas del fin del Universo. En un pasaje se refiere a un «gran terremoto» Como resultado del cual:
«...las estrellas del cielo cayeron sobre la Tierra como la higuera deja caer sus higos sacudida por un viento fuerte, y el cielo se enrolló como un libro que se enrolla...» (Apocalipsis, 6,13-14.)
En otras palabras: las estrellas (aquellos puntitos de luz) fueron sacudidas de la fina estructura metálica del cielo por el terremoto, y el propio cielo de fino metal se enrolló como un libro enrollado.
Se dice que el firmamento «divide las aguas». Aparentemente hay agua sobre la base plana de la estructura del mundo, la propia Tierra, y hay también una cantidad de agua sobre el firmamento. Probablemente es esta cantidad en lo alto la responsable de la lluvia. (¿De qué otra manera puede explicarse que caiga agua del cielo?)
Por lo visto, hay aberturas de alguna clase que permiten que la lluvia pase por ellas y caiga, y, cuando se desea una lluvia particularmente fuerte, aquellas aberturas se ensanchan. Así, en el caso del Diluvio: «se abrieron las ventanas del cielo.» «Génesis, 7, 11.)
En los tiempos del Nuevo Testamento, los eruditos judíos habían oído hablar de la griega multiplicidad de esfera alrededor de la Tierra, una para cada uno de los siete planetas y una exterior para las estrellas. Empezaron a pensar que un solo firmamento podía no ser suficiente.
Así, san Pablo, en el Siglo I de nuestra Era, supone una pluralidad de cielos. Por ejemplo, dice:
«Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años..., fue arrebatado hasta el tercer cielo.» (II Corintios, 12, 2.)
¿Qué hay debajo del disco plano de la Tierra? Ciertamente no un manto y un núcleo de hierro líquido del tipo de que hablan actualmente los geólogos; al menos, no según la Biblia.
Debajo de la Tierra está, en vez de aquello, la morada de los muertos.
La primera mención de esto se hace en relación con Coré, Datán y Abiram, que se rebelaron contra la jefatura de Moisés en los tiempos en que vagaban por el desierto: «Y ocurrió..., que se abrió el suelo que estaba debajo de ellos. Y abrió la Tierra su boca y se los tragó a ellos, sus casas y todos los partidarios de Coré con todo lo suyo. Vivos se precipitaron en el abismo, con todo lo que les pertenecía, y la tierra se cerró sobre ellos, y perecieron... » (Números, 16, 31-33.)
El abismo, o «Sheol», era visto en los tiempos del Antiguo Testamento como algo bastante parecido al Hades griego: un lugar de oscuridad, de debilidad y de olvido.
En tiempos posteriores, quizá bajo la influencia de los relatos de ingeniosos tormentos en el Tártaro, donde imaginaban los griegos que estaban recluidas las sombras de los grandes pecadores, el Sheol se convirtió en el infierno. Así, en la famosa parábola del rico y Lázaro, vemos la división entre los pecadores arrojados al tormento y los buenos que son elevados a la bienaventuranza:
«Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado. En el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio a Abraham desde lejos y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que con la punta del dedo mojada en agua, refresque mi lengua; porque estoy atormentado en estas llamas.» (Lucas, 16, 22-24.)
La Biblia no describe la forma del abismo, pero sería interesante que ocupase el otro hemisferio del cielo, como en la figura 4.
Puede que toda la estructura esférica flote en la masa infinita de agua de la que fueron creados el cielo y la Tierra y que representa el caos primigenio, como se indica en la figura 4. En tal caso, quizá no necesitásemos las columnas del cielo.
Así, para contribuir a las inundaciones del Diluvio, no sólo se abrieron de par en par las ventanas del cielo, sino que, al mismo tiempo, «...se rompieron todas las fuentes del abismo...» (Génesis, 7, 11.)
Dicho en otras palabras: las aguas del caos ascendieron y casi sumergieron toda la creación.
Naturalmente, si la imagen del Universo está ciertamente de acuerdo con las palabras literales de la Biblia, es imposible un sistema heliocéntrico. La Tierra no puede ser considerada como algo que se mueve (a menos que se la vea como flotando a la deriva en el «abismo») y, desde luego, no se puede imaginar que gire alrededor del Sol, que es un pequeño círculo de luz sobre el sólido firmamento que encierra el disco plano de la Tierra.
¿Y qué es el cielo que cubre la Tierra como una tienda?
En el relato bíblico de la creación, la Tierra es, al principio, como una masa amorfa de agua. El primer día, Dios creó la luz y, de alguna manera, sin la presencia del Sol, hizo que fuese intermitente, de modo que existiese la sucesión de día y noche.
Después, el segundo día, colocó la tienda sobre la amorfa masa de las aguas:
«Dijo luego Dios: "Haya un firmamento en medio de las aguas, que separe las aguas de las aguas."» (Génesis, 1, 6.)
La primera sílaba de la palabra «firmamento» es «firm», y esto es lo que pensaron los escritores bíblicos. La palabra es una traducción del griego stereoma, que significa «un objeto duro» y es, a su vez, traducción del hebreo rakia , que significa «una lámina fina de metal».
Dicho en otras palabras: el cielo se parece mucho a la tapa hemisférica de metal que colocan sobre la fuente plana en nuestros restaurantes de lujo.
El Sol, la Luna y las estrellas se describen como creados el cuarto día. Las estrellas eran vistas como destellos de luz pegados al firmamento, mientras que el Sol y la Luna eran círculos de luz que se movían de Este a Oeste a través del firmamento o, quizá, debajo de él.
Esta visión se encuentra más específicamente en el Apocalipsis, que fue escrito alrededor del año 100 de nuestra Era, y que contiene una serie de visiones apocalípticas del fin del Universo. En un pasaje se refiere a un «gran terremoto» Como resultado del cual:
«...las estrellas del cielo cayeron sobre la Tierra como la higuera deja caer sus higos sacudida por un viento fuerte, y el cielo se enrolló como un libro que se enrolla...» (Apocalipsis, 6,13-14.)
En otras palabras: las estrellas (aquellos puntitos de luz) fueron sacudidas de la fina estructura metálica del cielo por el terremoto, y el propio cielo de fino metal se enrolló como un libro enrollado.
Se dice que el firmamento «divide las aguas». Aparentemente hay agua sobre la base plana de la estructura del mundo, la propia Tierra, y hay también una cantidad de agua sobre el firmamento. Probablemente es esta cantidad en lo alto la responsable de la lluvia. (¿De qué otra manera puede explicarse que caiga agua del cielo?)
Por lo visto, hay aberturas de alguna clase que permiten que la lluvia pase por ellas y caiga, y, cuando se desea una lluvia particularmente fuerte, aquellas aberturas se ensanchan. Así, en el caso del Diluvio: «se abrieron las ventanas del cielo.» «Génesis, 7, 11.)
En los tiempos del Nuevo Testamento, los eruditos judíos habían oído hablar de la griega multiplicidad de esfera alrededor de la Tierra, una para cada uno de los siete planetas y una exterior para las estrellas. Empezaron a pensar que un solo firmamento podía no ser suficiente.
Así, san Pablo, en el Siglo I de nuestra Era, supone una pluralidad de cielos. Por ejemplo, dice:
«Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años..., fue arrebatado hasta el tercer cielo.» (II Corintios, 12, 2.)
¿Qué hay debajo del disco plano de la Tierra? Ciertamente no un manto y un núcleo de hierro líquido del tipo de que hablan actualmente los geólogos; al menos, no según la Biblia.
Debajo de la Tierra está, en vez de aquello, la morada de los muertos.
La primera mención de esto se hace en relación con Coré, Datán y Abiram, que se rebelaron contra la jefatura de Moisés en los tiempos en que vagaban por el desierto: «Y ocurrió..., que se abrió el suelo que estaba debajo de ellos. Y abrió la Tierra su boca y se los tragó a ellos, sus casas y todos los partidarios de Coré con todo lo suyo. Vivos se precipitaron en el abismo, con todo lo que les pertenecía, y la tierra se cerró sobre ellos, y perecieron... » (Números, 16, 31-33.)
El abismo, o «Sheol», era visto en los tiempos del Antiguo Testamento como algo bastante parecido al Hades griego: un lugar de oscuridad, de debilidad y de olvido.
En tiempos posteriores, quizá bajo la influencia de los relatos de ingeniosos tormentos en el Tártaro, donde imaginaban los griegos que estaban recluidas las sombras de los grandes pecadores, el Sheol se convirtió en el infierno. Así, en la famosa parábola del rico y Lázaro, vemos la división entre los pecadores arrojados al tormento y los buenos que son elevados a la bienaventuranza:
«Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado. En el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio a Abraham desde lejos y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que con la punta del dedo mojada en agua, refresque mi lengua; porque estoy atormentado en estas llamas.» (Lucas, 16, 22-24.)
La Biblia no describe la forma del abismo, pero sería interesante que ocupase el otro hemisferio del cielo, como en la figura 4.
Puede que toda la estructura esférica flote en la masa infinita de agua de la que fueron creados el cielo y la Tierra y que representa el caos primigenio, como se indica en la figura 4. En tal caso, quizá no necesitásemos las columnas del cielo.
Así, para contribuir a las inundaciones del Diluvio, no sólo se abrieron de par en par las ventanas del cielo, sino que, al mismo tiempo, «...se rompieron todas las fuentes del abismo...» (Génesis, 7, 11.)
Dicho en otras palabras: las aguas del caos ascendieron y casi sumergieron toda la creación.
Naturalmente, si la imagen del Universo está ciertamente de acuerdo con las palabras literales de la Biblia, es imposible un sistema heliocéntrico. La Tierra no puede ser considerada como algo que se mueve (a menos que se la vea como flotando a la deriva en el «abismo») y, desde luego, no se puede imaginar que gire alrededor del Sol, que es un pequeño círculo de luz sobre el sólido firmamento que encierra el disco plano de la Tierra.
FIGURA 4
Permitidme recalcar, empero, que yo no tomo en serio
esta imagen. No me siento obligado por la Biblia a aceptar esta visión de la
estructura de la Tierra y del cielo.
Casi todas las referencias a la estructura del Universo que se hacen en la Biblia se hallan en fragmentos poéticos de Job, de los Salmos, de Isaías, del Apocalipsis y otros. Todo puede ser considerado como imágenes poéticas, como metáforas, como alegorías. Y los relatos de la Creación en el principio del Génesis deben también considerarse como imágenes, metáforas y alegorías.
Si esto es así, no hay nada que nos obligue a ver en la Biblia la menor contradicción con la Ciencia moderna.
Hay muchos judíos y cristianos sinceramente religiosos que consideran exactamente la Biblia bajo este prisma, que piensan que la Biblia es una guía para la Teología y la Moral, que es una gran obra poética, pero no un libro de texto de Astronomía, Geología o Biología. Entonces, no tienen la menor dificultad en aceptar tanto la Biblia como la Ciencia moderna y situar a cada cual en su sitio, de manera que «...dan al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». (Lucas, 20,25.)
Yo sólo discuto con los fundamentalistas, los literalistas, los creacionistas.
Si los fundamentalistas se empeñan en imponernos una interpretación literal de los relatos de la Creación contenidos en el Génesis; si tratan de obligarnos a aceptar una Tierra y un Universo que sólo tienen unos pocos miles de años de antigüedad, y a negar la evolución, entonces insisto en que deben aceptar literalmente todos los demás pasajes de la Biblia..., y esto significa una Tierra plana y un cielo fino de metal.
Y si esto no les gusta, ¿qué más me da a mí?
Casi todas las referencias a la estructura del Universo que se hacen en la Biblia se hallan en fragmentos poéticos de Job, de los Salmos, de Isaías, del Apocalipsis y otros. Todo puede ser considerado como imágenes poéticas, como metáforas, como alegorías. Y los relatos de la Creación en el principio del Génesis deben también considerarse como imágenes, metáforas y alegorías.
Si esto es así, no hay nada que nos obligue a ver en la Biblia la menor contradicción con la Ciencia moderna.
Hay muchos judíos y cristianos sinceramente religiosos que consideran exactamente la Biblia bajo este prisma, que piensan que la Biblia es una guía para la Teología y la Moral, que es una gran obra poética, pero no un libro de texto de Astronomía, Geología o Biología. Entonces, no tienen la menor dificultad en aceptar tanto la Biblia como la Ciencia moderna y situar a cada cual en su sitio, de manera que «...dan al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». (Lucas, 20,25.)
Yo sólo discuto con los fundamentalistas, los literalistas, los creacionistas.
Si los fundamentalistas se empeñan en imponernos una interpretación literal de los relatos de la Creación contenidos en el Génesis; si tratan de obligarnos a aceptar una Tierra y un Universo que sólo tienen unos pocos miles de años de antigüedad, y a negar la evolución, entonces insisto en que deben aceptar literalmente todos los demás pasajes de la Biblia..., y esto significa una Tierra plana y un cielo fino de metal.
Y si esto no les gusta, ¿qué más me da a mí?
XVII
LOS EJÉRCITOS DE LA NOCHE
LOS EJÉRCITOS DE LA NOCHE
La semana pasada asistí en Nueva York a una reunión de «Mensa», pues, al
ser su vicepresidente internacional, es tradicional que hable en las reuniones
de Nueva York.
«Mensa», como sabéis, es una organización de personas de alto coeficiente de inteligencia, y he conocido allí a mucha gente brillante y adorable, de modo que para mí es un gran placer asistir a las reuniones.
Sin embargo, sospecho que a una persona de alto coeficiente de inteligencia le resulta tan fácil como a otra cualquiera hacer tonterías.
Así, hay mensanos que parecen muy impresionados por la astrología y otras formas de ocultismo, y, la noche en que pronuncié mi charla, fui precedido por un astrólogo que estuvo unos quince minutos soltando paparruchas sin sentido, para mi gran enojo.
Más aún, aquel día no fue mi único encuentro con la astrología.
Los mensanos tienen la costumbre de desafiarse los unos a los otros a toda clase de contiendas mentales, y yo soy un blanco natural para ello, aunque hago todo lo posible por evitarlo y casi me limito a esquivar las estocadas cuando el duelo es inevitable. O, al menos, lo intento.
En esta ocasión, una joven muy atractiva se acercó a mí (desde luego, sabiendo quién era yo) e inquirió, agresivamente:
— ¿Qué posición adopta usted ante la astrología?
No podía haber leído mucho de lo escrito por mí, si no sabía de antemano mi respuesta a su pregunta, por lo cual sospeché que quería entablar un duelo. Yo no lo deseaba, y por esto me limité a una mínima declaración de mi postura, y respondí:
— No me impresiona.
Ella debía esperárselo, pues replicó inmediatamente:
— ¿Ha estudiado alguna vez astrología?
Supongo que se sentía segura al preguntar esto, pues indudablemente sabia que un laborioso escritor sobre cuestiones científicas, como yo, se esfuerza constantemente en estar al día en cuanto concierne a las ciencias legítimas, y que no podía dedicar mucho tiempo a la penosa investigación de cada una de las gansadas marginales con que se contagia al público. Estuve tentado de decirle que sí, pues conocía lo bastante de astronomía como para saber que las presunciones astrológicas son ridículas, y he leído suficientes obras de científicos que han estudiado la astrología para saber que ninguna parte de ella es merecedora de crédito.
Pero si le hubiese dicho que había estudiado astrología, ella me habría preguntado si había leído algún libro insensato del patán número uno o algún volumen idiota del chalado número dos, y me habría acribillado no sólo por no haber estudiado astrología, sino por haber mentido acerca de ello.
Por consiguiente, le contesté, con una amable sonrisa:
— No.
Ella replicó, vivamente:
— Si la estudiase, tal vez descubriría que podía impresionarle.
Limitando todavía mis respuestas, dije:
— No lo creo.
Es lo que ella quería; con aire de triunfo, repuso:
— Esto quiere decir que es usted un fanático de mentalidad estrecha, temeroso de que la investigación haga tambalear sus propios prejuicios.
Habría podido encogerme simplemente de hombros, sonreír y alejarme; pero me sentí impulsado a replicar:
— Como soy humano, señorita, supongo que debe de haber un poco de fanatismo en mí; por eso cuido bien de gastarlo en la astrología, para no caer en la tentación de emplearlo en algo que tenga una sombra de honradez intelectual.
Y ella se marchó, muy enojada.
Bien, el problema no estaba en que yo hubiese dejado de investigar la astrología; estaba en que ella no había estudiado Astronomía, por lo cual ignoraba lo falta de contenido que estaba la astrología.
Precisamente porque los norteamericanos consideran elegante no saber nada de ninguna ciencia, aunque pueden estar bien educados en otras cosas, son fácilmente presa de la charlatanería.
De este modo se convierten en parte de los ejércitos de la noche, proveedores de sandeces, vendedores al por menor de mala comida intelectual, devoradores de patrañas, pues su ignorancia les impide distinguir el néctar de las aguas de albañal.
Sin embargo, en cierto modo mi adversaria astrológica se retiró prematuramente. Todavía le quedaban armas en su arsenal que habría podido llevarme fácilmente a un ulterior debate, por otra parte, completamente inútil.
Habría podido señalar que muchos grandes astrónomos antiguos habían creído en la astrología. El gran editor de ciencia-ficción John Campbell, por ejemplo, me opuso una vez este argumento.
— ¡Pensad en Juan Kepler! Era un astrónomo de primera fila y el primero que elaboró una imagen adecuada del Sistema Solar. Y, sin embargo, hacía horóscopos.
Pero en aquellos tiempos, los astrólogos ganaban más dinero que los astrónomos, y Kepler tenía que ganarse la vida. Dudo que creyese en los horóscopos que confeccionaba, y, aunque hubiese creído, esto no habría significado nada.
Cuando Campbell empleó este argumento contra mí, le respondí:
— Hiparco de Nicea y Tycho Brahe, dos de los más grandes astrónomos de todos los tiempos, creían que el Sol giraba alrededor de una Tierra inmóvil. Con todo el debido respeto a esas dos mentes auténticamente grandes, no acepto su autoridad en este punto.
La joven hubiera podido alegar también que la Luna nos afecta ciertamente por medio de las mareas y que, no obstante, la mayoría de los astrónomos se burlaron durante siglos de esta idea. Uno de sus argumentos era que una marea alta de cada dos tenía lugar cuando la Luna no estaba siquiera en el cielo.
Cierto. Y si yo hubiese vivido en los tiempos de Galileo, seguramente habría ignorado, como él, la influencia de la Luna; y habría estado equivocado, como lo estuvo él.
Pero la relación entre la Luna y las mareas no era un dogma astrológico; la existencia de aquella relación fue demostrada por astrónomos y no por astrólogos, y, una vez probada la relación, ésta no concedió un átomo más de credibilidad a la astrología.
La cuestión no es si la Luna afecta a las mareas, sino si la Luna —ó cualquier otro cuerpo celeste— nos afecta a nosotros hasta persuadirnos de que los menores detalles de nuestro comportamiento deberían guiarse por los cambios en la configuración de aquellos cuerpos celestes.
Sabemos —vosotros y yo— lo que es la astrología. Si tenéis alguna duda, leed cualquier columna de astrología en cualquier periódico, y lo veréis. Si nacisteis tal o cual día, dicen los astrólogos, hoy deberíais tener cuidado con vuestras inversiones, o evitar disputas con las personas queridas, o no temer los riesgos, etcétera.
¿Por qué? ¿Cuál es la relación?
¿Habéis oído alguna vez a un astrólogo explicar exactamente por qué una fecha de nacimiento particular tiene que influir en vuestro comportamiento de una determinada manera? Puede explicar que, cuando Neptuno está en conjunción con Saturno, los negocios financieros (pongo por caso) se hacen inseguros; pero, ¿explica alguna vez por qué tiene que ser así, o cómo lo descubrió?
¿Habéis oído alguna vez que dos astrólogos discutan seriamente sobre el efecto de una desacostumbrada combinación celeste sobre los individuos, aportando cada uno alguna prueba de su propio punto de vista? ¿Habéis oído hablar alguna vez de un astrólogo que haya hecho un nuevo descubrimiento astrológico o perfeccionado las nociones astrológicas en tal o cual aspecto?
La astrología sólo hace declaraciones llanas. Lo más a que puede llegarse por encima de esto es cuando alguien sostiene que el número de (digamos) atletas nacidos bajo el signo de Marte (o de cualquier otro planeta) es mayor que el que cabe esperar de una distribución al azar. Generalmente, incluso esta clase de «descubrimiento» dudoso se desvanece al ser estudiado más de cerca.
Tomemos otro ejemplo. Hace algunos años se publicó un libro titulado The Jupiter Effect. Desarrollaba una complicada tesis que incluía los efectos de marea sobre el Sol. Estos efectos de marea existen, y Júpiter es su principal agente, aunque otros planetas —sobre todo, la propia Tierra— contribuyen también.
Se presentaban argumentos en apoyo de la opinión de que estos efectos de marea influían en actividades solares tales como las manchas y las llamaradas. Esto, a su vez, influiría en el viento solar, que a su vez, influiría en la Tierra y podría, en pequeño grado, afectar el delicado equilibrio de los cambios tectónicos de la Tierra.
Se daba el caso de que los planetas estarían arracimados más juntos que de costumbre en el cielo en el mes de marzo de 1982, y sus efectos de marea combinados serían un poco más extensos que de costumbre. Si se producía en 1982 el máximo de la mancha solar, esta seria quizás mas rica en consecuencias que de costumbre, y el efecto sobre la Tierra se vería incrementado. Entonces, si la falla de San Andrés estuviese a punto de resbalar —como cree la mayoría de los sismólogos—, el efecto del viento solar podría proporcionar aquella última gota y provocar un terremoto en 1982.
Los autores no ocultaban que la cadena era larga y muy insegura.
El editor me entregó las galeradas y me pidió una introducción. Me intrigó la tesis y escribí la introducción..., lo cual fue un error. Yo no tenía idea de cuántas personas leerían el libro, y, prescindiendo de las advertencias, tomé muy en serio el trabajo. Fui bombardeado por un montón de cartas temerosas, preguntándome qué ocurriría en marzo de 1982. Al principio, contesté con postales en las que decía: «Nada.» Al final, el mensaje decía: «¡¡¡Nada!!!»
En realidad, el máximo de la mancha solar se produjo mucho antes de 1982, y esto lo estropeó todo. No existía necesariamente una relación entre la actividad de marea planetaria y el cielo de la mancha solar. Uno de los autores del libro renegó muy pronto de la teoría. (Y, aunque no lo hubiera hecho, lo único que había sostenido era que un terremoto que iba a producirse de todos modos podía ocurrir un poco antes debido a los efectos planetarios; digamos en marzo, en vez de octubre).
Sin embargo, cuando el autor repudió la teoría, era ya demasiado tarde. El efecto Júpiter había captado la atención de los ejércitos de la noche, que se enamoraron de la «alineación planetaria».
De las cartas que recibí, deduje que se imaginaban que los planetas estarían alineados uno detrás de otros, en línea recta. (En realidad, estaban desparramados en una cuarta parte del cielo, cuando se hallaban más próximos.)
También pensaban que era un suceso arcano que sólo ocurría cada millón de años, poco más o menos. De hecho, tales agrupaciones se producen aproximadamente cada siglo y cuarto. Y no hace muchos años tuvo lugar una alineación todavía más próxima que la de marzo de 1982; pero en aquella ocasión algunos planetas estaban a un lado del Sol, y los otros, en el otro.
Desde el punto de vista de la marea, no importa que todos los planetas estén a un lado del Sol o distribuidos a ambos lados, con tal de que estén aproximadamente en línea recta; pero, por lo visto, sólo el mismo lado contaba para la gente de la alineación.
Supongo que, al estar todos en el mismo lado, debía de parecerles que iba a volcar todo el Sistema Solar.
Más aún: los entusiastas de la alineación planetaria no se contentaban con un terremoto. La consigna era que California se hundiría en el mar.
En realidad, ni siquiera la pérdida de California era bastante para muchos. Circuló el rumor de que vendría el fin del mundo, y presumo que muchas personas se despertaron el día de la alineación dispuestos a enfrentarse con cualquier destino cuando apareciese en el cielo el gran rótulo de FIN.
A propósito: yo no podía dejar de admirarme de que se preocupasen en fijar la alineación en un solo día. Los planetas se movían lentamente en el cielo, siguiendo sus rutas separadas, y un día en particular sería mínima la zona dentro de la cual se encontrasen todos ellos. Pero el día antes y el día después, la zona era sólo ligeramente mayor que aquel mínimo, y dos días antes y dos días después, sólo un poquitín mayor que ésta. Fuese cual fuere la influencia material de la alineación, no podía ser mucho mayor en el momento de la zona mínima que en cualquier otro instante en un período de varios días. Sin embargo, sospecho que los adeptos de la alineación tenían la idea de que todo aquello funcionaba gracias a alguna influencia mística que sólo se ejercía cuando todos los planetas se deslizaban uno detrás de otro para formar una línea exactamente recta (cosa que, desde luego, no ocurría nunca).
En todo caso, el día de la alineación llegó y pasó, y no sucedió nada anormal.
Yo sabía demasiado para sospechar que una sola persona podía levantarse y confesar: «Vaya, me he equivocado.» Todos están demasiado ocupados esperando el próximo anuncio del fin del mundo: quizás el cometa Halley.
Los ignorantes ni siquiera se preocuparon en cuidar el vocabulario.
Cuando una teoría es formulada por un científico competente, es un intento primoroso y detallado de explicar una serie de observaciones por lo demás inconexas y aparentemente no relacionadas entre sí. Se funda en numerosas observaciones, en un razonamiento estricto y, cuando procede, en una cuidadosa deducción matemática. Para triunfar, una teoría tiene que ser confirmada por otros científicos a través de numerosas observaciones y pruebas adicionales, y, cuando es posible, se deben hacer predicciones que puedan comprobarse y confirmarse. La teoría puede ser, y es, refinada y mejorada, cuando se hacen más y mejores observaciones.
He aquí unos cuantos ejemplos de teorías triunfales, con la fecha en que cada una de ellas fue anunciada por primera vez:
La teoría atómica: 1803.
La teoría de la evolución: 1859.
La teoría de los quanta: 1900.
La teoría de la relatividad: 1905.
Cada una de ellas ha sido reiteradamente ensayada y comprobada desde su primer anuncio y, con las necesarias mejoras y refinamientos, ha superado todos los desafíos.
Ningún científico estimable duda de que existan los átomos, la evolución, los quanta y el movimiento relativista, aunque puedan ser necesarios ulteriores refinamientos y mejoras.
¿Qué NO es una teoría? No lo es una «adivinación».
Muchas personas que nada saben de la Ciencia rechazarán la teoría de la evolución porque «no es más que una teoría». El mismísimo Ronald Reagan, un hombre inteligente, en el curso de su campaña electoral de 1980, al dirigirse a un grupo de fundamentalistas, rechazó la evolución como «sólo una teoría».
Yo denuncié una vez a uno de esos amigos de «sólo una teoría», en la Prensa, declarando que estaba claro que nada sabía de Ciencia. Como resultado de ello, recibí una carta de un chico de catorce años que decía que las teorías no eran más que «descabelladas conjeturas», y que lo sabía porque era lo que le enseñaban sus maestros. Después atacaba la teoría de la evolución en términos desaforados y me decía, orgullosamente, que rezaba en el colegio para que ninguna ley le impidiese hacerlo. E incluía un sobre franqueado y con su dirección, porque deseaba que le respondiese sobre la cuestión.
Pensé que debía complacerle. Le escribí unas líneas pidiéndole que pensase seriamente si no era posible que sus maestros ignorasen la Ciencia tanto como él. También le aconsejé que, en su próxima oración, implorase a Dios para que le diese una educación, de modo que no siguiese siendo un ignorante durante toda su vida.
Y esto suscita una grave cuestión. ¿Cómo podemos impedir que la gente sea ignorante, si los que les enseñan son, a menudo, igualmente ignorantes?
Está claro que el sistema docente norteamericano tiene sus defectos, y que las escuelas norteamericanas flojean en Ciencia por varias razones.
Supongo que una de las razones es aquella buena y vieja tradición de los pioneros, que sospechó siempre profundamente de la «erudición» y sostenía que el «sentido común» era lo único realmente necesario.
Si los Estados Unidos han buscado y alcanzado el liderazgo mundial en Ciencia y tecnología, ha sido, en parte, gracias a sus ingeniosos pensadores —los Thomas Edison y los Henry Ford— y, en parte, gracias a la influencia de muchos que habían recibido una educación europea y absorbido el respeto europeo por el conocimiento, y procurado que sus hijos fuesen debidamente educados.
Adolfo Hitler fue responsable de que, literalmente, docenas de científicos de primera categoría huyesen a los Estados Unidos en los años treinta, y los efectos beneficiosos de su presencia y de los discípulos a los que contribuyeron a educar, persisten todavía entre nosotros y ayudan a reducir las deficiencias de las prácticas docentes norteamericanas.
Esto puede continuar eternamente. Al hacerse nuestra tecnología más y más compleja, cada vez es menos probable que podamos depender del remendón independiente. Y no es de suponer que se repita el error de Hitler. Los soviéticos, por ejemplo, hacen grandes esfuerzos por impedir que salga de su país cualquier persona que pueda ser de utilidad a aquellos que consideran como sus enemigos.
Sin embargo, aparte y por encima de las inadecuaciones generales, se diría que el sistema docente norteamericano se ha deteriorado enormemente en los últimos veinte años. Constantemente se cuentan historias terroríficas de gente que ingresa en la Universidad sin ser capaz de escribir una frase coherente. Y está muy claro, para aquellos que quieran observar el escenario norteamericano con los ojos bien abiertos, que estamos perdiendo rápidamente nuestro liderazgo científico, tecnológico e industrial.
¿Por qué? He aquí lo que yo pienso.
Hace unos veinte años, el Tribunal Supremo declaró que la Constitución norteamericana no permitía que en las escuelas hubiese segregación por motivos de raza, y los tribunales ordenaron que los niños fuesen transportados fuera de sus barrios para igualar la proporción de negros y blancos. A ello siguió, como todos sabemos, una marcha de blancos a los suburbios y a los colegios privados, con el resultado de que las escuelas públicas de la mayor parte de nuestras grandes ciudades tengan ahora fuerte y creciente mayoría negra.
Con esto se produjo una rápida pérdida de interés en apoyar las escuelas públicas por parte de la clase media blanca, que proporcionaba la mayor parte de los fondos, y también por parte de la mayoría de los maestros.
Debéis daros cuenta de que se necesita dinero para enseñar bien las Ciencias. Se necesitan buenos libros de texto, profesores instruidos y laboratorios bien equipados. Al disminuir el dinero disponible, la educación científica sufre desproporcionalmente las consecuencias. Y las perspectivas de futuro tampoco parecen halagüeñas. La Administración Reagan reduce constantemente el apoyo al sistema de escuelas públicas y propone créditos para la enseñanza en las escuelas privadas.
Bueno, podéis argüir, ¿y no enseñarán Ciencias las escuelas privadas?
¿Lo harán?
El sistema público de escuelas es financiado por el Gobierno. El contribuyente individual no puede influir fácilmente en el destino que se dará a los impuestos que paga, y la Administración educativa, si es profesionalmente competente, insistirá en una educación perfeccionada. Los maestros, como funcionarios civiles, son difíciles de despedir por el delito de pensar, y la Constitución sirve para evitar los más enormes abusos contra la libertad. (Esto fue en los viejos tiempos, antes de que el sistema de escuelas públicas fuese virtualmente desmantelado.) Por otra parte, las escuelas privadas son financiadas con lo que pagan los padres por la enseñanza, y la mayoría de los padres, que rehúyen el sistema de escuelas públicas por las razones que sean, no pueden pagar fácilmente los gastos de enseñanza además de los impuestos que satisfacen para educación. Como es natural, no quieren aumentar innecesariamente aquellos gastos.
Como una buena educación científica significa una elevación de los gastos de enseñanza, es posible que los padres vean las virtudes de la antigua y tradicional «lectura, escritura y aritmética». En realidad, ésta es una educación de cuarto grado, pero con algunos adornos adicionales, como el juramento de fidelidad y las oraciones escolares, debería ser bastante.
Las escuelas privadas tienen que ser responsables ante los padres y sus carteras, de modo que podamos buscar en ellas una educación segura, algo que habilite a los estudiantes para la labor de jóvenes ejecutivos y les capacite para consumir tres martinis antes del almuerzo. Pero, ¿una buena educación? Me lo pregunto.
Sin embargo, no quiero dividir el mundo en buenos y malos, de una manera simplista. Muchos no científicos son inteligentes y sensatos. Y, por otra parte, hay científicos, incluso grandes científicos, que, tanto en el pasado como en el presente, se han convertido en tramposos.
En realidad, no es sorprendente que así sea. El método científico es un ejercicio austero y espartano del cerebro. Representa un lento avance en el mejor de los casos, provoca el fenómeno Eureka raras veces y sólo para unos pocos, e incluso para éstos, de tarde en tarde. ¿Por qué no habrían de sentirse los científicos tentados a dar media vuelta y buscar otro cambio hacia la verdad?
Yo estuve una vez suscrito a una revista científica para estudiantes de escuela superior, y llegó un momento en que me produjo inquietud. Me pareció que su director mostraba una evidente simpatía por el velikovskianismo y la astrología. En una ocasión, cuando varios astrónomos firmaron una declaración denunciando la astrología, la revista protestó y preguntó si los astrónomos habían investigado realmente la astrología.
Me creí obligado a escribir una enérgica repulsa de tan tonta observación.
El director respondió con una larga carta en la que trataba de explicar que la razón y método científico no eran necesariamente los únicos caminos hacia la verdad, y que yo debía ser más tolerante con los métodos competidores.
Esto me irritó. Le envié una carta bastante breve que —por lo que puedo recordar— rezaba aproximadamente así:
Recibí su carta en la que explicaba que la razón no es el único camino hacia la verdad.
Sin embargo, su explicación no es más que un intento de razonar el asunto.
No me diga: ¡demuéstremelo! Convénzame soñando conmigo o intuyendo.
O si no, escríbame una sinfonía, pínteme un cuadro o medíteme una meditación.
Haga algo —cualquier cosa— que me atraiga a su bando sin que intervenga el razonamiento.
No he vuelto a saber nada de él.
Veamos algo más. Hace algunos meses, Science Digest proyectaba publicar un articulo sobre varios científicos actuales de primera fila, incluidos algunos premiados con el Nobel, que desarrollaron extrañas y misteriosas nociones sobre la mente humana, que tratan de penetrar los secretos de la Naturaleza con la meditación, que están fuertemente influidos por filosofías orientales, etcétera. Science Digest me envió el manuscrito y me pidió un comentario.
Respondí con una carta incluida en una caja (bajo el título de Science Follies, que acompañaba el artículo que fue publicado en el número de la revista correspondiente al mes de julio de 1982. He aquí la carta, transcrita literalmente:
A lo largo de la Historia, muchos grandes científicos han trabajado sobre algunas ideas rebuscadas.
Johannes Kepler fue astrólogo profesional. Isaac Newton trató de transmutar metales bajos en plata y oro.
Y John Napier, que inventó los logaritmos, concibió una interpretación monumentalmente tonta del libro del Apocalipsis.
La lista continúa. William Herschel, el descubridor de Urano, pensaba que el Sol era oscuro, fresco y habitable, bajo su llameante atmósfera. El astrónomo norteamericano Percival Lowell insistió en que veía canales en Marte. Robert Hare, químico norteamericano muy práctico, inventó un aparato para comunicarse con los muertos. William Weber, físico alemán, y Alfred Wallace, coautor de la moderna teoría de la evolución, eran fervientes espiritistas. Y el físico inglés Sir Oliver Lodge era firme partidario de la investigación psíquica.
Conociendo este historial, me sorprendería enormemente si, en el año 1984, dejase súbitamente de haber grandes científicos enamorados de nociones especulativas que, a mentes inferiores como la mía, les parecen irracionales.
Por desgracia, la mayor parte de estas teorías especulativas no pueden ser comprobadas de alguna manera razonable, no pueden emplearse para hacer predicciones y no son presentadas con argumentos sólidos que puedan convencer a otros científicos.
Entre todos estos devotos de la imaginación, en realidad, no hay dos que estén enteramente de acuerdo. Dudan recíprocamente de su racionalidad.
Desde luego, es posible que de todas estas aparentes tonterías se desprendan algunas pepitas de oro útiles y geniales. El hecho de que tales cosas hayan ocurrido antes de ahora es bastante para justificarlo todo. Sin embargo, sospecho que estas pepitas serán muy escasas y muy distanciadas las unas de las otras. La mayor parte de las especulaciones que parecen tontas —incluso cuando se deben a grandes científicos— resultarán, en definitiva, tonterías.
Conque así estamos. Yo defiendo enteramente la razón y me opongo a todo lo que me parece irracional, sea cual fuere su origen.
Si estás de mi parte en esto, debo advertiros que el ejército de la noche tiene la ventaja de la superioridad numérica y que, por su misma naturaleza, resulta inmune a la razón, de modo que es muy improbable que vosotros y yo podamos vencer.
Siempre seremos una pequeña y probablemente impotente minoría, pero no debemos cansarnos de exponer nuestra opinión y de luchar por nuestra justa causa.
«Mensa», como sabéis, es una organización de personas de alto coeficiente de inteligencia, y he conocido allí a mucha gente brillante y adorable, de modo que para mí es un gran placer asistir a las reuniones.
Sin embargo, sospecho que a una persona de alto coeficiente de inteligencia le resulta tan fácil como a otra cualquiera hacer tonterías.
Así, hay mensanos que parecen muy impresionados por la astrología y otras formas de ocultismo, y, la noche en que pronuncié mi charla, fui precedido por un astrólogo que estuvo unos quince minutos soltando paparruchas sin sentido, para mi gran enojo.
Más aún, aquel día no fue mi único encuentro con la astrología.
Los mensanos tienen la costumbre de desafiarse los unos a los otros a toda clase de contiendas mentales, y yo soy un blanco natural para ello, aunque hago todo lo posible por evitarlo y casi me limito a esquivar las estocadas cuando el duelo es inevitable. O, al menos, lo intento.
En esta ocasión, una joven muy atractiva se acercó a mí (desde luego, sabiendo quién era yo) e inquirió, agresivamente:
— ¿Qué posición adopta usted ante la astrología?
No podía haber leído mucho de lo escrito por mí, si no sabía de antemano mi respuesta a su pregunta, por lo cual sospeché que quería entablar un duelo. Yo no lo deseaba, y por esto me limité a una mínima declaración de mi postura, y respondí:
— No me impresiona.
Ella debía esperárselo, pues replicó inmediatamente:
— ¿Ha estudiado alguna vez astrología?
Supongo que se sentía segura al preguntar esto, pues indudablemente sabia que un laborioso escritor sobre cuestiones científicas, como yo, se esfuerza constantemente en estar al día en cuanto concierne a las ciencias legítimas, y que no podía dedicar mucho tiempo a la penosa investigación de cada una de las gansadas marginales con que se contagia al público. Estuve tentado de decirle que sí, pues conocía lo bastante de astronomía como para saber que las presunciones astrológicas son ridículas, y he leído suficientes obras de científicos que han estudiado la astrología para saber que ninguna parte de ella es merecedora de crédito.
Pero si le hubiese dicho que había estudiado astrología, ella me habría preguntado si había leído algún libro insensato del patán número uno o algún volumen idiota del chalado número dos, y me habría acribillado no sólo por no haber estudiado astrología, sino por haber mentido acerca de ello.
Por consiguiente, le contesté, con una amable sonrisa:
— No.
Ella replicó, vivamente:
— Si la estudiase, tal vez descubriría que podía impresionarle.
Limitando todavía mis respuestas, dije:
— No lo creo.
Es lo que ella quería; con aire de triunfo, repuso:
— Esto quiere decir que es usted un fanático de mentalidad estrecha, temeroso de que la investigación haga tambalear sus propios prejuicios.
Habría podido encogerme simplemente de hombros, sonreír y alejarme; pero me sentí impulsado a replicar:
— Como soy humano, señorita, supongo que debe de haber un poco de fanatismo en mí; por eso cuido bien de gastarlo en la astrología, para no caer en la tentación de emplearlo en algo que tenga una sombra de honradez intelectual.
Y ella se marchó, muy enojada.
Bien, el problema no estaba en que yo hubiese dejado de investigar la astrología; estaba en que ella no había estudiado Astronomía, por lo cual ignoraba lo falta de contenido que estaba la astrología.
Precisamente porque los norteamericanos consideran elegante no saber nada de ninguna ciencia, aunque pueden estar bien educados en otras cosas, son fácilmente presa de la charlatanería.
De este modo se convierten en parte de los ejércitos de la noche, proveedores de sandeces, vendedores al por menor de mala comida intelectual, devoradores de patrañas, pues su ignorancia les impide distinguir el néctar de las aguas de albañal.
Sin embargo, en cierto modo mi adversaria astrológica se retiró prematuramente. Todavía le quedaban armas en su arsenal que habría podido llevarme fácilmente a un ulterior debate, por otra parte, completamente inútil.
Habría podido señalar que muchos grandes astrónomos antiguos habían creído en la astrología. El gran editor de ciencia-ficción John Campbell, por ejemplo, me opuso una vez este argumento.
— ¡Pensad en Juan Kepler! Era un astrónomo de primera fila y el primero que elaboró una imagen adecuada del Sistema Solar. Y, sin embargo, hacía horóscopos.
Pero en aquellos tiempos, los astrólogos ganaban más dinero que los astrónomos, y Kepler tenía que ganarse la vida. Dudo que creyese en los horóscopos que confeccionaba, y, aunque hubiese creído, esto no habría significado nada.
Cuando Campbell empleó este argumento contra mí, le respondí:
— Hiparco de Nicea y Tycho Brahe, dos de los más grandes astrónomos de todos los tiempos, creían que el Sol giraba alrededor de una Tierra inmóvil. Con todo el debido respeto a esas dos mentes auténticamente grandes, no acepto su autoridad en este punto.
La joven hubiera podido alegar también que la Luna nos afecta ciertamente por medio de las mareas y que, no obstante, la mayoría de los astrónomos se burlaron durante siglos de esta idea. Uno de sus argumentos era que una marea alta de cada dos tenía lugar cuando la Luna no estaba siquiera en el cielo.
Cierto. Y si yo hubiese vivido en los tiempos de Galileo, seguramente habría ignorado, como él, la influencia de la Luna; y habría estado equivocado, como lo estuvo él.
Pero la relación entre la Luna y las mareas no era un dogma astrológico; la existencia de aquella relación fue demostrada por astrónomos y no por astrólogos, y, una vez probada la relación, ésta no concedió un átomo más de credibilidad a la astrología.
La cuestión no es si la Luna afecta a las mareas, sino si la Luna —ó cualquier otro cuerpo celeste— nos afecta a nosotros hasta persuadirnos de que los menores detalles de nuestro comportamiento deberían guiarse por los cambios en la configuración de aquellos cuerpos celestes.
Sabemos —vosotros y yo— lo que es la astrología. Si tenéis alguna duda, leed cualquier columna de astrología en cualquier periódico, y lo veréis. Si nacisteis tal o cual día, dicen los astrólogos, hoy deberíais tener cuidado con vuestras inversiones, o evitar disputas con las personas queridas, o no temer los riesgos, etcétera.
¿Por qué? ¿Cuál es la relación?
¿Habéis oído alguna vez a un astrólogo explicar exactamente por qué una fecha de nacimiento particular tiene que influir en vuestro comportamiento de una determinada manera? Puede explicar que, cuando Neptuno está en conjunción con Saturno, los negocios financieros (pongo por caso) se hacen inseguros; pero, ¿explica alguna vez por qué tiene que ser así, o cómo lo descubrió?
¿Habéis oído alguna vez que dos astrólogos discutan seriamente sobre el efecto de una desacostumbrada combinación celeste sobre los individuos, aportando cada uno alguna prueba de su propio punto de vista? ¿Habéis oído hablar alguna vez de un astrólogo que haya hecho un nuevo descubrimiento astrológico o perfeccionado las nociones astrológicas en tal o cual aspecto?
La astrología sólo hace declaraciones llanas. Lo más a que puede llegarse por encima de esto es cuando alguien sostiene que el número de (digamos) atletas nacidos bajo el signo de Marte (o de cualquier otro planeta) es mayor que el que cabe esperar de una distribución al azar. Generalmente, incluso esta clase de «descubrimiento» dudoso se desvanece al ser estudiado más de cerca.
Tomemos otro ejemplo. Hace algunos años se publicó un libro titulado The Jupiter Effect. Desarrollaba una complicada tesis que incluía los efectos de marea sobre el Sol. Estos efectos de marea existen, y Júpiter es su principal agente, aunque otros planetas —sobre todo, la propia Tierra— contribuyen también.
Se presentaban argumentos en apoyo de la opinión de que estos efectos de marea influían en actividades solares tales como las manchas y las llamaradas. Esto, a su vez, influiría en el viento solar, que a su vez, influiría en la Tierra y podría, en pequeño grado, afectar el delicado equilibrio de los cambios tectónicos de la Tierra.
Se daba el caso de que los planetas estarían arracimados más juntos que de costumbre en el cielo en el mes de marzo de 1982, y sus efectos de marea combinados serían un poco más extensos que de costumbre. Si se producía en 1982 el máximo de la mancha solar, esta seria quizás mas rica en consecuencias que de costumbre, y el efecto sobre la Tierra se vería incrementado. Entonces, si la falla de San Andrés estuviese a punto de resbalar —como cree la mayoría de los sismólogos—, el efecto del viento solar podría proporcionar aquella última gota y provocar un terremoto en 1982.
Los autores no ocultaban que la cadena era larga y muy insegura.
El editor me entregó las galeradas y me pidió una introducción. Me intrigó la tesis y escribí la introducción..., lo cual fue un error. Yo no tenía idea de cuántas personas leerían el libro, y, prescindiendo de las advertencias, tomé muy en serio el trabajo. Fui bombardeado por un montón de cartas temerosas, preguntándome qué ocurriría en marzo de 1982. Al principio, contesté con postales en las que decía: «Nada.» Al final, el mensaje decía: «¡¡¡Nada!!!»
En realidad, el máximo de la mancha solar se produjo mucho antes de 1982, y esto lo estropeó todo. No existía necesariamente una relación entre la actividad de marea planetaria y el cielo de la mancha solar. Uno de los autores del libro renegó muy pronto de la teoría. (Y, aunque no lo hubiera hecho, lo único que había sostenido era que un terremoto que iba a producirse de todos modos podía ocurrir un poco antes debido a los efectos planetarios; digamos en marzo, en vez de octubre).
Sin embargo, cuando el autor repudió la teoría, era ya demasiado tarde. El efecto Júpiter había captado la atención de los ejércitos de la noche, que se enamoraron de la «alineación planetaria».
De las cartas que recibí, deduje que se imaginaban que los planetas estarían alineados uno detrás de otros, en línea recta. (En realidad, estaban desparramados en una cuarta parte del cielo, cuando se hallaban más próximos.)
También pensaban que era un suceso arcano que sólo ocurría cada millón de años, poco más o menos. De hecho, tales agrupaciones se producen aproximadamente cada siglo y cuarto. Y no hace muchos años tuvo lugar una alineación todavía más próxima que la de marzo de 1982; pero en aquella ocasión algunos planetas estaban a un lado del Sol, y los otros, en el otro.
Desde el punto de vista de la marea, no importa que todos los planetas estén a un lado del Sol o distribuidos a ambos lados, con tal de que estén aproximadamente en línea recta; pero, por lo visto, sólo el mismo lado contaba para la gente de la alineación.
Supongo que, al estar todos en el mismo lado, debía de parecerles que iba a volcar todo el Sistema Solar.
Más aún: los entusiastas de la alineación planetaria no se contentaban con un terremoto. La consigna era que California se hundiría en el mar.
En realidad, ni siquiera la pérdida de California era bastante para muchos. Circuló el rumor de que vendría el fin del mundo, y presumo que muchas personas se despertaron el día de la alineación dispuestos a enfrentarse con cualquier destino cuando apareciese en el cielo el gran rótulo de FIN.
A propósito: yo no podía dejar de admirarme de que se preocupasen en fijar la alineación en un solo día. Los planetas se movían lentamente en el cielo, siguiendo sus rutas separadas, y un día en particular sería mínima la zona dentro de la cual se encontrasen todos ellos. Pero el día antes y el día después, la zona era sólo ligeramente mayor que aquel mínimo, y dos días antes y dos días después, sólo un poquitín mayor que ésta. Fuese cual fuere la influencia material de la alineación, no podía ser mucho mayor en el momento de la zona mínima que en cualquier otro instante en un período de varios días. Sin embargo, sospecho que los adeptos de la alineación tenían la idea de que todo aquello funcionaba gracias a alguna influencia mística que sólo se ejercía cuando todos los planetas se deslizaban uno detrás de otro para formar una línea exactamente recta (cosa que, desde luego, no ocurría nunca).
En todo caso, el día de la alineación llegó y pasó, y no sucedió nada anormal.
Yo sabía demasiado para sospechar que una sola persona podía levantarse y confesar: «Vaya, me he equivocado.» Todos están demasiado ocupados esperando el próximo anuncio del fin del mundo: quizás el cometa Halley.
Los ignorantes ni siquiera se preocuparon en cuidar el vocabulario.
Cuando una teoría es formulada por un científico competente, es un intento primoroso y detallado de explicar una serie de observaciones por lo demás inconexas y aparentemente no relacionadas entre sí. Se funda en numerosas observaciones, en un razonamiento estricto y, cuando procede, en una cuidadosa deducción matemática. Para triunfar, una teoría tiene que ser confirmada por otros científicos a través de numerosas observaciones y pruebas adicionales, y, cuando es posible, se deben hacer predicciones que puedan comprobarse y confirmarse. La teoría puede ser, y es, refinada y mejorada, cuando se hacen más y mejores observaciones.
He aquí unos cuantos ejemplos de teorías triunfales, con la fecha en que cada una de ellas fue anunciada por primera vez:
La teoría atómica: 1803.
La teoría de la evolución: 1859.
La teoría de los quanta: 1900.
La teoría de la relatividad: 1905.
Cada una de ellas ha sido reiteradamente ensayada y comprobada desde su primer anuncio y, con las necesarias mejoras y refinamientos, ha superado todos los desafíos.
Ningún científico estimable duda de que existan los átomos, la evolución, los quanta y el movimiento relativista, aunque puedan ser necesarios ulteriores refinamientos y mejoras.
¿Qué NO es una teoría? No lo es una «adivinación».
Muchas personas que nada saben de la Ciencia rechazarán la teoría de la evolución porque «no es más que una teoría». El mismísimo Ronald Reagan, un hombre inteligente, en el curso de su campaña electoral de 1980, al dirigirse a un grupo de fundamentalistas, rechazó la evolución como «sólo una teoría».
Yo denuncié una vez a uno de esos amigos de «sólo una teoría», en la Prensa, declarando que estaba claro que nada sabía de Ciencia. Como resultado de ello, recibí una carta de un chico de catorce años que decía que las teorías no eran más que «descabelladas conjeturas», y que lo sabía porque era lo que le enseñaban sus maestros. Después atacaba la teoría de la evolución en términos desaforados y me decía, orgullosamente, que rezaba en el colegio para que ninguna ley le impidiese hacerlo. E incluía un sobre franqueado y con su dirección, porque deseaba que le respondiese sobre la cuestión.
Pensé que debía complacerle. Le escribí unas líneas pidiéndole que pensase seriamente si no era posible que sus maestros ignorasen la Ciencia tanto como él. También le aconsejé que, en su próxima oración, implorase a Dios para que le diese una educación, de modo que no siguiese siendo un ignorante durante toda su vida.
Y esto suscita una grave cuestión. ¿Cómo podemos impedir que la gente sea ignorante, si los que les enseñan son, a menudo, igualmente ignorantes?
Está claro que el sistema docente norteamericano tiene sus defectos, y que las escuelas norteamericanas flojean en Ciencia por varias razones.
Supongo que una de las razones es aquella buena y vieja tradición de los pioneros, que sospechó siempre profundamente de la «erudición» y sostenía que el «sentido común» era lo único realmente necesario.
Si los Estados Unidos han buscado y alcanzado el liderazgo mundial en Ciencia y tecnología, ha sido, en parte, gracias a sus ingeniosos pensadores —los Thomas Edison y los Henry Ford— y, en parte, gracias a la influencia de muchos que habían recibido una educación europea y absorbido el respeto europeo por el conocimiento, y procurado que sus hijos fuesen debidamente educados.
Adolfo Hitler fue responsable de que, literalmente, docenas de científicos de primera categoría huyesen a los Estados Unidos en los años treinta, y los efectos beneficiosos de su presencia y de los discípulos a los que contribuyeron a educar, persisten todavía entre nosotros y ayudan a reducir las deficiencias de las prácticas docentes norteamericanas.
Esto puede continuar eternamente. Al hacerse nuestra tecnología más y más compleja, cada vez es menos probable que podamos depender del remendón independiente. Y no es de suponer que se repita el error de Hitler. Los soviéticos, por ejemplo, hacen grandes esfuerzos por impedir que salga de su país cualquier persona que pueda ser de utilidad a aquellos que consideran como sus enemigos.
Sin embargo, aparte y por encima de las inadecuaciones generales, se diría que el sistema docente norteamericano se ha deteriorado enormemente en los últimos veinte años. Constantemente se cuentan historias terroríficas de gente que ingresa en la Universidad sin ser capaz de escribir una frase coherente. Y está muy claro, para aquellos que quieran observar el escenario norteamericano con los ojos bien abiertos, que estamos perdiendo rápidamente nuestro liderazgo científico, tecnológico e industrial.
¿Por qué? He aquí lo que yo pienso.
Hace unos veinte años, el Tribunal Supremo declaró que la Constitución norteamericana no permitía que en las escuelas hubiese segregación por motivos de raza, y los tribunales ordenaron que los niños fuesen transportados fuera de sus barrios para igualar la proporción de negros y blancos. A ello siguió, como todos sabemos, una marcha de blancos a los suburbios y a los colegios privados, con el resultado de que las escuelas públicas de la mayor parte de nuestras grandes ciudades tengan ahora fuerte y creciente mayoría negra.
Con esto se produjo una rápida pérdida de interés en apoyar las escuelas públicas por parte de la clase media blanca, que proporcionaba la mayor parte de los fondos, y también por parte de la mayoría de los maestros.
Debéis daros cuenta de que se necesita dinero para enseñar bien las Ciencias. Se necesitan buenos libros de texto, profesores instruidos y laboratorios bien equipados. Al disminuir el dinero disponible, la educación científica sufre desproporcionalmente las consecuencias. Y las perspectivas de futuro tampoco parecen halagüeñas. La Administración Reagan reduce constantemente el apoyo al sistema de escuelas públicas y propone créditos para la enseñanza en las escuelas privadas.
Bueno, podéis argüir, ¿y no enseñarán Ciencias las escuelas privadas?
¿Lo harán?
El sistema público de escuelas es financiado por el Gobierno. El contribuyente individual no puede influir fácilmente en el destino que se dará a los impuestos que paga, y la Administración educativa, si es profesionalmente competente, insistirá en una educación perfeccionada. Los maestros, como funcionarios civiles, son difíciles de despedir por el delito de pensar, y la Constitución sirve para evitar los más enormes abusos contra la libertad. (Esto fue en los viejos tiempos, antes de que el sistema de escuelas públicas fuese virtualmente desmantelado.) Por otra parte, las escuelas privadas son financiadas con lo que pagan los padres por la enseñanza, y la mayoría de los padres, que rehúyen el sistema de escuelas públicas por las razones que sean, no pueden pagar fácilmente los gastos de enseñanza además de los impuestos que satisfacen para educación. Como es natural, no quieren aumentar innecesariamente aquellos gastos.
Como una buena educación científica significa una elevación de los gastos de enseñanza, es posible que los padres vean las virtudes de la antigua y tradicional «lectura, escritura y aritmética». En realidad, ésta es una educación de cuarto grado, pero con algunos adornos adicionales, como el juramento de fidelidad y las oraciones escolares, debería ser bastante.
Las escuelas privadas tienen que ser responsables ante los padres y sus carteras, de modo que podamos buscar en ellas una educación segura, algo que habilite a los estudiantes para la labor de jóvenes ejecutivos y les capacite para consumir tres martinis antes del almuerzo. Pero, ¿una buena educación? Me lo pregunto.
Sin embargo, no quiero dividir el mundo en buenos y malos, de una manera simplista. Muchos no científicos son inteligentes y sensatos. Y, por otra parte, hay científicos, incluso grandes científicos, que, tanto en el pasado como en el presente, se han convertido en tramposos.
En realidad, no es sorprendente que así sea. El método científico es un ejercicio austero y espartano del cerebro. Representa un lento avance en el mejor de los casos, provoca el fenómeno Eureka raras veces y sólo para unos pocos, e incluso para éstos, de tarde en tarde. ¿Por qué no habrían de sentirse los científicos tentados a dar media vuelta y buscar otro cambio hacia la verdad?
Yo estuve una vez suscrito a una revista científica para estudiantes de escuela superior, y llegó un momento en que me produjo inquietud. Me pareció que su director mostraba una evidente simpatía por el velikovskianismo y la astrología. En una ocasión, cuando varios astrónomos firmaron una declaración denunciando la astrología, la revista protestó y preguntó si los astrónomos habían investigado realmente la astrología.
Me creí obligado a escribir una enérgica repulsa de tan tonta observación.
El director respondió con una larga carta en la que trataba de explicar que la razón y método científico no eran necesariamente los únicos caminos hacia la verdad, y que yo debía ser más tolerante con los métodos competidores.
Esto me irritó. Le envié una carta bastante breve que —por lo que puedo recordar— rezaba aproximadamente así:
Recibí su carta en la que explicaba que la razón no es el único camino hacia la verdad.
Sin embargo, su explicación no es más que un intento de razonar el asunto.
No me diga: ¡demuéstremelo! Convénzame soñando conmigo o intuyendo.
O si no, escríbame una sinfonía, pínteme un cuadro o medíteme una meditación.
Haga algo —cualquier cosa— que me atraiga a su bando sin que intervenga el razonamiento.
No he vuelto a saber nada de él.
Veamos algo más. Hace algunos meses, Science Digest proyectaba publicar un articulo sobre varios científicos actuales de primera fila, incluidos algunos premiados con el Nobel, que desarrollaron extrañas y misteriosas nociones sobre la mente humana, que tratan de penetrar los secretos de la Naturaleza con la meditación, que están fuertemente influidos por filosofías orientales, etcétera. Science Digest me envió el manuscrito y me pidió un comentario.
Respondí con una carta incluida en una caja (bajo el título de Science Follies, que acompañaba el artículo que fue publicado en el número de la revista correspondiente al mes de julio de 1982. He aquí la carta, transcrita literalmente:
A lo largo de la Historia, muchos grandes científicos han trabajado sobre algunas ideas rebuscadas.
Johannes Kepler fue astrólogo profesional. Isaac Newton trató de transmutar metales bajos en plata y oro.
Y John Napier, que inventó los logaritmos, concibió una interpretación monumentalmente tonta del libro del Apocalipsis.
La lista continúa. William Herschel, el descubridor de Urano, pensaba que el Sol era oscuro, fresco y habitable, bajo su llameante atmósfera. El astrónomo norteamericano Percival Lowell insistió en que veía canales en Marte. Robert Hare, químico norteamericano muy práctico, inventó un aparato para comunicarse con los muertos. William Weber, físico alemán, y Alfred Wallace, coautor de la moderna teoría de la evolución, eran fervientes espiritistas. Y el físico inglés Sir Oliver Lodge era firme partidario de la investigación psíquica.
Conociendo este historial, me sorprendería enormemente si, en el año 1984, dejase súbitamente de haber grandes científicos enamorados de nociones especulativas que, a mentes inferiores como la mía, les parecen irracionales.
Por desgracia, la mayor parte de estas teorías especulativas no pueden ser comprobadas de alguna manera razonable, no pueden emplearse para hacer predicciones y no son presentadas con argumentos sólidos que puedan convencer a otros científicos.
Entre todos estos devotos de la imaginación, en realidad, no hay dos que estén enteramente de acuerdo. Dudan recíprocamente de su racionalidad.
Desde luego, es posible que de todas estas aparentes tonterías se desprendan algunas pepitas de oro útiles y geniales. El hecho de que tales cosas hayan ocurrido antes de ahora es bastante para justificarlo todo. Sin embargo, sospecho que estas pepitas serán muy escasas y muy distanciadas las unas de las otras. La mayor parte de las especulaciones que parecen tontas —incluso cuando se deben a grandes científicos— resultarán, en definitiva, tonterías.
Conque así estamos. Yo defiendo enteramente la razón y me opongo a todo lo que me parece irracional, sea cual fuere su origen.
Si estás de mi parte en esto, debo advertiros que el ejército de la noche tiene la ventaja de la superioridad numérica y que, por su misma naturaleza, resulta inmune a la razón, de modo que es muy improbable que vosotros y yo podamos vencer.
Siempre seremos una pequeña y probablemente impotente minoría, pero no debemos cansarnos de exponer nuestra opinión y de luchar por nuestra justa causa.