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George MacDonald - El Lobo Gris




     Una oscura tarde de primavera, un joven estudiante inglés, que había 
     estado viajando por esos alejados fragmentos de Escocia denominados las 
     Orcadas y las Shetland, se encontró en una pequeña isla de las últimamente 
     nombradas, atrapado por una tormenta de viento y un fuerte granizo, que 
     irrumpió de improviso. Fue en vano buscar cualquier refugio, ya que no 
     solo que la borrasca había oscurecido por completo el paisaje, sino que 
     tampoco había más que musgo desértico a su alrededor.
     Al final, sin embargo, luego de mucho caminar, se encontró al borde de un 
     acantilado, y vio sobre la cima, tan solo a unos pies de donde se 
     encontraba, una saliente de rocas, que podrían servirle de refugio 
     apropiado. Trepó por sí mismo y al llegar al lugar, se dio cuenta que el 
     piso crujía a cada uno de sus pasos. Entonces se percató que estaba 
     pisando sobre los huesos de muchos animales pequeños, que estaban 
     esparcidos frente a una pequeña caverna que le ofrecían el refugio 
     buscado. Se sentó sobre una piedra y, a medidad que la tempestad decrecía 
     en violencia, la oscuridad iba en aumento y él se sentía cada vez más 
     incómodo, ya que no le gustaba nada la idea de pasar toda la noche en tal 
     lugar. Se había separado de sus compañeros desde el lado opuesto de la 
     isla y su incomodidad se veía acrecentada por un sentimiento de aprensión. 
     Al final, cuando se calmó por completo la tormenta, escuchó el ruido de 
     una pisada, suave y furtiva como la de un animal salvaje, bajo los huesos 
     de la entrada de la cueva. Se paró, como presa de algún temor, a pesar del 
     pensamiento de que no había animales peligrosos en aquella isla. Antes que 
     tuviera tiempo de pensarlo, el rostro de una mujer apareció por la 
     entrada. No podía verla bien, ya que estaba en una parte oscura de la 
     cueva.
     - ¿Me podría decir como encontrar el camino a través del páramo hasta 
     Shielness? - preguntó.
     - No lo podrá encontrar esta noche - respondió en un tono dulce, y con una 
     sonrisa hechizante que reveló unos dientes de lo más blancos.
     - ¿Por que no puedo?
     - Mi madre le dará refugio esta noche, pero es todo lo que le puede 
     ofrecer.
     - Y es más de lo que esperaba hace un minuto atrás, - replicó él. - Estoy 
     más que agradecido.
     Ella se dio vuelta en silencio y abandonó la caverna, y el joven la siguió.
     Estaba descalza, y sus bellos pies marchaban de manera felina sobre las 
     piedras. Ella le mostró el camino a través de una senda rocosa hacia la 
     costa. Sus vestimentas eran escasas y estaban raídas, y su cabello se 
     enmarañaba con el viento. Parecía tener unos veinte o veinticinco años y 
     era ágil y pequeña. Mientras caminaba, sus largos dedos estaban ocupados 
     en jalar y aferrar nerviosamente sus faldas. Su rostro era muy gris y 
     bastante consumido, pero delicadamente formado, y con piel muy tersa. Sus 
     delgadas fosas nasales estaban trémulas como párpados, y los labios, de 
     curvas inmaculadas, no daban signos de poseer sangre en sus interiores. 
     Como eran sus ojos, él no podía apreciar, ya que ella no levantaba nunca 
     las delicadas películas de sus párpados.
     Llegaron al pie del acantilado, donde se levantaba una pequeña cabaña, que 
     utilizaba una cavidad natural en la roca. El humo se esparcía por sobre la 
     faz de la roca, y un agradable aroma a comida esperanzaba al hambriento 
     estudiante. Su guía abrió la puerta de la cabaña y él la siguió al 
     interior, y vio a una mujer encimada sobre la chimenea. Sobre el fuego 
     había una parrilla con un largo pescado. La hija habló unas palabras, y la 
     madre se dio la vuelta y recibió al extraño. Ella era muy vieja y su 
     rostro estaba muy arrugado, parecía estar afligida. Desempolvó la única 
     silla en la casa y la ubicó junto al fuego ofreciéndola al joven, quien se 
     sentó mirando hacia una ventana, a través de la cual se vio una pequeña 
     parcela de arenas, más allá de las cuales las olas rompían lánguidamente. 
     Bajo esta ventana había un banco, sobre el que la hija se sentó en inusual 
     postura, dejando descansar su barbilla sobre su mano. Un momento después, 
     el joven pudo por primera vez notar el aspecto de sus ojos azules. Le 
     estaban mirando fijo con un extraño aspecto de avidez, casi de deseo 
     ardiente pero, como si cayera en cuenta de que la mirada la traicionaba, 
     ella quitó la vista inmediatamente. En el momento en que ella disimuló su 
     mirada, su rostro, no obstante su palidez, era casi hermoso.
     Cuando la comida estuvo lista, la vieja pasó un paño por la mesa, y la 
     cubrió con una pieza de fina mantelería. Luego sirvió el pescado en una 
     fuente de madera, e invitó al joven a servirse. Viendo que no había otras 
     provisiones, sacó de su bolsillo un cuchillo de cacería, y sacó una 
     porción de carne, ofreciéndoselo a la madre en primer lugar.
     - Adelante, mi cordero, - dijo la vieja mujer; y la hija se acercó a la 
     mesa. Pero sus fosas nasales y boca se estremecían de manera desagradable.
     Al siguiente momento ella se dio la vuelta y salió corriendo de la cabaña.
     - No le gusta el pescado, - dijo la vieja, - y no tengo nada mejor para 
     darle.
     - No parece tener buena salud, - replicó el joven.
     La mujer solo respondió con un suspiro, y luego comieron el pescado, 
     acompañándolo tan solo con un pequeño pan de centeno. Cuando terminaron, 
     el joven escuchó el sonido como de pisadas de perros sobre la arena 
     cercana a la puerta, pero antes que tuviera tiempo de mirar por la 
     ventana, la puerta se abrió, y la joven entró. Se veía mejor, quizás 
     porque habíase lavado la cara. Se arrinconó en un taburete, en la esquina 
     opuesta al fuego. Pero cuando se sentó, para su perplejidad y hasta su 
     horror, el estudiante pudo ver una gota de sangre sobre su blanca piel 
     entre su desgarrado vestido. La mujer sacó una jarra de whisky, y puso un 
     calderón sobre el fuego, tomando un lugar frente a este. Tan pronto como 
     el agua hirvió, procedió a hacer un ponche en un tazón de madera.
     En mientras, el estudiante no podía quitar sus ojos de la joven, hasta que 
     al final se quedó fascinado, o quizás cautivado por ella. Ella mantenía 
     sus ojos durante la mayor parte del tiempo cubiertos por sus adorables 
     párpados, coronados con oscuras pestañas; él continuó mirando extasiado, 
     ya que el fulgor rojo de la pequeña lámpara cubría en su totalidad todas 
     las rarezas de su complexión. Pero tan pronto como recibía cualquier 
     mirada de aquellos ojos, su alma se estremecía. El rostro adorable y la 
     mirada ardiente alternaban fascinación y repulsión.
     La madre puso el tazón en sus manos. Bebió con moderación y se lo pasó a 
     la chica. Ella lo deslizó por sus labios, y luego de probarlo (tan solo 
     probarlo) lo miró a él. El joven pensó que la bebida debería tener alguna 
     droga que afectó su mente. Su cabello se alisó hacia atrás, y esto provocó 
     que su frente se adelantara, mientras la parte inferior de su rostro se 
     proyectó hacia el tazón, revelando antes de beberlo, su obnubilante 
     dentadura de extraña prominencia. Al instante esta visión se desvaneció; 
     ella le regresó el recipiente a su madre, se levantó y volvió a salir de 
     la estancia.
     Entonces la vieja mujer le mostró una cama de brezo en una esquina al 
     tiempo que susurraba una apología; y el estudiante, fatigado tanto del día 
     como de las peculiaridades de la noche, se arrojó en el lecho, y cubrió 
     con su capa. Cuando se acostó, afuera, la tormenta se reinició y el viento 
     comenzó nuevamente a soplar a través de las grietas de la cabaña, de 
     manera que solo luego de cubrirse hasta la cabeza con la capa pudo verse 
     al resguardo de tales ráfagas. Incapaz de dormir, se quedó escuchando el 
     estrépito de la tempestad, que crecía en intensidad a cada minuto. Luego 
     de un rato, se abrió la puerta, y la joven entró, acercándose al fuego, 
     sentándose en la banqueta frente al mismo, en la misma extraña postura, 
     con el mentón apoyado sobre la mano y el codo, y la cara mirando al joven. 
     Él se movió un poco; ella dejó caer la cabeza y cruzó los brazos bajo su 
     frente. La madre había desaparecido.
     Le dio sueño. Un movimiento del banco lo despertó, y se imaginó que veía 
     una criatura cuadrúpeda alta como un gran perro trotando lentamente hacia 
     afuera. Estaba seguro que sintió una ráfaga de viento frío. Mirando 
     fijamente a través de la oscuridad, creyó ver los ojos de la doncella 
     encontrando a los propios, pero las últimas resplandescencias del fuego le 
     revelaron claramente que la banqueta estaba vacía. Se preguntó que pudo 
     haber pasado para que ella saliera en la tormenta, y luego se quedó 
     profundamente dormido.
     En la mitad de la noche sintió un dolor en su hombro, y se despertó 
     súbitamente, viendo los ojos incandescentes y la sonriente dentadura de un 
     animal cercana a su rostro. Las garras estaban en su hombro, y sus fauces 
     en el acto de buscar la garganta. Antes que pueda clavar sus colmillos, 
     sin embargo, agarró al animal por el cuello con una mano y sacó el 
     cuchillo de cacería con la otra. A continuación hubo una terrible lucha y, 
     a pesar de las garras, pudo encontrar y sacar el arma. Intentó apuñalar a 
     la bestia, pero fue infructuoso y estaba intentando asegurarse con un 
     segundo intento cuando, con un contorsionante esfuerzo, la criatura zafó y 
     retrocedió y con algo entre un aullido y un grito, escapó de allí. 
     Nuevamente la puerta se abrió; una vez más el viento resopló adentro, y 
     continuó soplando; una ráfaga de lluvia entró al piso de la cabaña y le 
     llegó al rostro. Se levantó del lecho y salió a la puerta. 
     Afuera estaba muy oscuro, a no ser por el destello de la blancura de las 
     olas cuando rompían, a tan solo unas yardas de la cabaña; el viento 
     soplaba con fuerza, y la lluvia seguía vertiendo agua a cántaros. Un 
     sonido atroz, mezcla de sollozo y aullido vino de algún lugar en la 
     oscuridad. Se dio vuelta y se introdujo de nuevo en la cabaña, cerrando a 
     su paso la puerta, sin embargo no pudo encontrar gran seguridad en esta.
     La lámpara estaba casi apagada, y no logró asegurarse si la chica estaba 
     sobre la banqueta o no. A pesar de tener una gran repugnancia, se acercó, 
     y puso sus manos sobre esta, para darse cuenta que no había nada allí. Se 
     sentó y esperó hasta que rompieron las primeras luces del día: ya no se 
     atrevía a quedarse nuevamente dormido.
     Una vez que hubo amanecido, salió de nuevo y miró alrededor. La mañana 
     estaba un poco oscura, ventosa y gris. El viento había menguado, pero las 
     olas seguían rompiendo salvajemente. Vagó durante algún tiempo por la 
     costa, esperando a que aumente la luz.
     Al final escuchó un movimiento en la cabaña. Más tarde la voz de la 
     anciana llamándole desde la puerta.
     - Se ha levantado muy temprano, joven. Dudo que haya dormido bien.
     - No muy bien, - respondió. - ¿pero dónde está su hija?
     - Ella no se ha despertado aún - dijo la madre. - Me temo que tengo un 
     pobre desayuno para usted. Pero tomará una copita y un poco de pescado. Es 
     todo lo que tengo.
     Sin desear herirla, y dándose cuenta que tenía un buen apetito, se sentó a 
     la mesa. Mientras comían, la hija llegó, pero no quiso mirarlos y se 
     arrinconó en el lugar más lejano de la cabaña. Cuando se acercó un poco, 
     después de uno o dos minutos, el joven vio que ella tenía el pelo 
     empapado, y su rostro estaba más pálido de lo normal. Se veía débil y 
     tenía mal aspecto. Cuando levantó la vista, toda su anterior fiereza 
     habíase desvanecido, y solo quedaba en su lugar una gran expresión de 
     tristeza. Su cuello estaba cubierto con un pañuelo de algodón. Ahora se 
     mostraba mucho más atenta por él, y ya no rehuía la mirada. Poco a poco se 
     iba rindiendo a la tentación de afrontar otra noche en tal lugar, cuando 
     la anciana habló.
     - El tiempo ha mejorado ya, joven - dijo. - Sería mejor que marchara, o 
     sus amigos se irán sin usted.
     Antes que pudiera responder, vio tal expresión de súplica en la mirada de 
     la chica, que vaciló confundido. Miró de nuevo a la madre y vio un atisbo 
     de ira en su rostro. Ella se levantó y se acercó a su hija, con la mano 
     elevada como para pegarle. La joven inclinó su cabeza con un grito. En 
     tanto el muchacho se lanzó desde la mesa para interponerse entre ellas. 
     Pero la madre ya la había atrapado; el pañuelo se cayó de su cuello; y el 
     joven pudo ver cinco magulladuras azules en su adorable cuello, las marcas 
     de cuatro dedos y el pulgar de una mano izquierda. Con un grito de horror, 
     se quiso ir de la casa, pero cuando llegó a la puerta, se dio vuelta. Su 
     anfitriona estaba inmóvil en el piso, y un enorme lobo gris estaba 
     saltando tras él.
     Ahora no había arma a mano; y si hubiese habido, su caballerosidad innata 
     nunca le hubiera permitido utilizarla para dañar a una mujer, a pesar que 
     tuviera el aspecto de un lobo. Insintivamente, se puso firme, se inclinó 
     hacia adelante, con los brazos medio extendidos, y las manos curvadas, 
     como para agarrar nuevamente la garganta sobre la que antes había dejado 
     tales marcas. Pero la criatura eludió su captura, y en vez de sentir sus 
     colmillos, tal y como esperaba, se encontró a la chica gimiendo en su 
     pecho, con sus brazos alrededor del cuello. Al siguiente instante, el lobo 
     gris resurgió y brincó aullando hacia el risco. Recobrándose tanto como su 
     juventud le permitía, el muchacho le siguió, ya que esta era el único 
     camino para salir de ahí, y poder encontrar a sus compañeros.
     De repente escuchó de nuevo el sonido de los huesos crujiendo (no como si 
     la criatura los estuviera devorando sino como si hubieran sido molidos por 
     sus dientes para desquitarse de la furia y la desilusión); mirando a su 
     alrededor, volvió a ver la misma caverna en que había tomado refugio la 
     noche anterior. Totalmente resoluto, pasó por ahí, lenta y suavemente. 
     Desde el interior surgió el sonido de una mezcla de gemido y gruñido.
     Habiendo alcanzado la cima, corrió a toda velocidad durante algún tiempo 
     antes de aventurarse a mirar a sus espaldas. Cuando al final pudo hacerlo, 
     vio, a lo lejos, contra el cielo, a la chica sentada sobre la cima del 
     acantilado, sacudiendo sus manos. Un solitario gemido cruzó el espacio 
     entre ellos. Ella no hizo intento alguno por seguirlo, y él llegó a la 
     costa opuesta algún tiempo después, sano y salvo.