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Marques de Sade - Carta a la señorita de Roussset

En cualquier lugar que estéis, mi estimada señorita, cerca o lejos, entre los 
turcos o con los galileos, entre monjes o actores, malvados u honestos, 
contadores o filósofos la amistad no me permite olvidarme, por este año nuevo, 
de los sagrados deberes que acarrea y según el viejo uso me abandonare a vuestro 
buen placer narrado algunas reflexiones nacidas en el fondo del ser. Si mi 
situación deja escapar alguna espina, hay que recordar que a menudo estas se 
esconden en la más placentera filosofía. 

Remontándome a la época de mis desdichas, me parece a veces mirar esas siete u 
ocho pelucas polveadas a quien se las debo. Uno venía de acostarse con una 
honesta muchacha a quien pervertía; otro de la cama de la mujer de su amigo; uno 
más se había escurrido por una calle de mala nota y estaba alegre de no haber 
sido descubierto y el de más allá salía de un lugar más infame... 
Me parece, decía, verlos cargados de lujuria y de crímenes, inclinados sobre los 
documentos de mi proceso mientras el jefe de todos, hinchado de patriotismo y 
amor por las leyes pregonaba: "Cómo, por Dios, mis amigos, ¿Cómo este pequeño 
aborto, que no es presidente, ni burgomaestre ha deseado vivir como un consejero 
de cámara? Este pequeño gentil hombre ha deseado parecerse a nosotros. Sin 
armiño y sin cetro ha creído tener una naturaleza común a la nuestra, como si la 
naturaleza pudiera ser analizada, violada, mofada por todos, como lo es por 
los interpretes de las leyes y como si pudieran existir otras leyes aparte de 
las nuestras. A la prisión, señores, a la prisión, Sólo hay una salida: siete 
u ocho años en un calabozo encerrado para este pequeño imprudente: sólo allí, 
señores, se aprende a respetar las leyes de la sociedad y el mejor remedio que 
puede darse a éstos es obligarlos a maldecir su suerte. Desde luego, hay aquí 
algo... el perdón puede valer diez, quince mil francos... el señor de X... que 
puede hacerlo (podía, ya no, a Dios gracias) encontrará ocasión y podrá hacer el 
tan soñado regalo a su amante... No dudemos ni un momento... Mas, el honor del 
sujeto... su mujer... sus bienes... sus hijos... Vaya qué razones, ¿Hay algo que 
nos haga inclinarnos hacia el crédito? ¿Honor, mujer, hijos? Todas las víctimas 
que a diario inmolamos nos prometen... siempre lo mismo. A la prisión, señores, 
a la prisión... Prisión sea, dice tartamudeando, el presidente, a quien todavía 
le duraba la siesta; prisión, señores, prisión, dice el bello Darval, 
garrapateando un recado amoroso para una actricita. 

Formal prisión, agrega el pedagogo Damon oliendo todavía a desayuno. ¿Eh? ¿Quien 
puede dudar? Prisión, concluye el pequeño Valere, mirando su reloj para no 
retrasarse en su cita con la señoras Gourdan. Ved en qué manos está el honor, la 
vida, la fortuna y la reputación de un ciudadano. La bajeza, la ambición, la 
avaricia comienza nuestra ruina y la imbecilidad la mata. 

Miserables criaturas, lanzadas por un momento sobre la superficie de esta bola 
de lodo. ¿no se ha dicho acaso  que la mitad de la tropa debe perseguir a la 
otra mitad? Oh, los hombres, ¿tienen derecho a pronunciar veredictos sobre lo 
que está bien y está mal? Un cretino individuo de tu especie tiene a bien 
asignarle normas a la naturaleza, y decide lo que ella tolera y anuncia lo que 
ella crea, Tú, donde la más sencilla operación no ha podido ser resuelto; tú, 
que no puedes explicar el más simple de los fenómenos, defíneme las leyes del 
movimiento, de la gravitación; revélame la esencia de la materia: ¿es o no 
inerte? Si no se mueve, dime cómo la naturaleza ha podido crear algo que es, 
permanentemente, y si se mueve, si es la causa legitima de las generaciones y 
las alteraciones perpetuas, dime, ¿qué es la vida? y pruébame qué es la muerte. 
Di, ¿qué es el aire?; razona bien sobre sus efectos y aclárame por qué encuentro 
mariscos en lo alto de las montañas y ruinas en el fondo del mar? Tú, que 
decides si algo es o no crimen y  haces colgar a la gente en París continuando 
las costumbres del Congo, decide sobre mis opiniones sobre el curso de los 
astros, sobre su suspención, su atracción, su movilidad, su esencia, sus periodos, 

Pruébame con Newton más que con Descartes y con Copérnico más que con 
Ticho-Brahé, explícame solamente por qué una piedra cae cuando se le lanza hacia 
arriba o vuélveme palpable, evidente, este efecto tan simple, y te perdonaría 
ser un moralista al demostrarme que eras aceptable físico. Quieres analizar las  
leyes de la naturaleza y tu corazón, hecho a su imagen, es para ti enigma sin 
solución. Quieres definir tus leyes y no lograras explicar cómo es posible que 
las pequeñas vejigas, si se inflan mucho pueden hacer en un mismo día del más 
honestos de los hombres un malvado. Tú, tan infantil en tus sistemas como en 
tus descubrimientos, tú, que después de tres o cuatro mil años inventas, 
cambias, argumentas, nada nos ofreces por nuestras virtudes, sino el Elíseo 
de los griegos y por castigo el fabuloso Tartaro. Tú, que sólo has hecho, 
tras de razonar y trabajar sobre miles de materias, hacer de un esclavo de 
Tito el suplantador de Hércules, esclavo parido por una judía a quien has 
convertido en Minerva, tú quieres profundizar y filosofar sobre el comportamiento 
humano; quieres dogmatizar sobre el vicio y sobre la virtud cuando te es imposible 
comprender el uno y la otra, cuál conviene más al hombre, cuál es más caro a la 
naturaleza y si ellos dos no significan sino un profundo equilibrio en donde ambos 
extremos son necesarios, Quisieras que el universo entero fuera virtuoso y no 
sabrías que esto significaría tu perdición. No comprendes que si existen vicios es 
porque son necesarios y por lo tanto es injusto que los quieras castigar, tan 
injusto como mofarte de un tuerto... Y tus falsas combinaciones, los cercos 
odiosos que quieras poner a quien de ti se burlara... Desgraciado, me estremezco 
al decirlo: se muele a palos a quien se venga de su enemigo, pero se colma de 
gloria a quien venga a su rey; se destruye a quien te roba unos centavos y se 
llena de recompensa un ser como tú, que exterminas en nombre de la ley y a quien 
el error de creerse nacido para hacer que se cumpla la justicia ha guiado toda 
una vida. Anda, deja tus locuras, Goza, amigo mío, goza y no juzgues, Deja a la 
naturaleza el impulsarte a su antojo y a lo eterno el castigarte. Si te hallas 
infractor, hormiga arrastrándote sobre esta mota de tierra, lleva a tus festejados 
de compras, reprodúcete, nutre a tus hijos y, sobre todo, no les arranques la 
venda del error: las quimeras, lo aseguro, valen más para la felicidad que las 
tristes verdades de la filosofía. Goza de la  antorcha del universo: su luz 
brilla en tus ojos para aclarar los placeres, no los sofismas. No uses la 
mitad de tu vida volviendo desgraciada a la otra mitad y tras de algunos 
años de vegetar en esta  forma, vuelve al seno materno para regresar bajo 
otra, (1) gracias a nuevas leyes que no entiendes más que las otras. Mira, 
en una palabra, que la naturaleza te coloca en medio de tus semejantes para 
ayudarlos, para cuidarlos, para amarlos, no para juzgarlos, menos aún para 
encerrarlos.  Si este pequeño trozo de filosofía os gusta, señorita, tendría 
la satisfacción de regalarlos otros en el curso de nuestra correspondencia. 
Si no os agradaré, harías bien en decírmelo y escogeremos algún tema más 
apropiado a la alegrías espiritual de un sexo del que hacéis ornamento y del 
cual tendría la gloria de ser toda una vida, así como de vos, el más humilde 
servidor. 




(1) Evidentemente, Sade no se refiere aquí a la "reencarnación", sino a la 
continuidad de la materia