Antes
de que empezara la pelotera descomunal del progreso, quienes tenían algunos
ahorros, los enterraban, era la única forma conocida de guardar dinero, pero
más tarde la gente les tomó confianza a los bancos. Cuando hicieron la
carretera y fue más fácil llegar en autobús a la ciudad, cambiaron sus monedas
de oro y de plata por papeles pintados y los metieron en cajas fuertes, como si
fueran tesoros. Tomás Vargas se burlaba de ellos a carcajadas, porque nunca
creyó en ese sistema. El tiempo le dio la razón y cuando se acabó el gobierno
del Benefactor —que duró como treinta años, según dicenlos billetes no valían
nada y muchos terminaron pegados de adorno en las paredes, como infame recordatorio
del candor de sus dueños. Mientras todos los demás escribían cartas al nuevo
Presidente y a los periódicos para quejarse de la estafa colectiva de las
nuevas monedas, Tomás Vargas tenía sus morocotas de oro en un entierro seguro,
aunque eso no atenuó sus hábitos de avaro y de pordiosero. Era hombre sin
decencia, pedía dinero prestado sin intención de devolverlo, y mantenía a los
hijos con hambre y a la mujer en harapos, mientras él usaba sombreros de pelo
de guama y fumaba cigarros de caballero. Ni siquiera pagaba la cuota de la
escuela, sus seis hijos legítimos se educaron gratis porque la Maestra Inés
decidió que mientras ella estuviera en su sano juicio y con fuerzas para
trabajar, ningún niño del pueblo se quedaría sin saber leer. La edad no le quitó
lo pendenciero, bebedor y mujeriego. Tenía a mucha honra ser el más macho de la
región, como pregonaba en la plaza cada vez que la borrachera le hacía perder
el entendimiento y anunciar a todo pulmón los nombres de las muchachas que
había seducido y de los bastardos que llevaban su sangre. Si fueran a creerle,
tuvo como trescientos porque en cada arrebato daba nombres diferentes. Los
policías se lo llevaron varias veces y el Teniente en persona le propinó unos
cuantos planazos en las nalgas, para ver si se le regeneraba el carácter, pero
eso no dio más resultados que las amonestaciones del cura. En verdad sólo
respetaba a Riad Halabí, el dueño del almacén, por eso los vecinos recurrían a
él cuando sospechaban que se le había pasado la mano con la disipación y estaba
zurrando a su mujer o a sus hijos. En esas ocasiones el árabe abandonaba el
mostrador con tanta prisa que no se acordaba de cerrar la tienda, y se
presentaba, sofocado de disgusto justiciero, a poner orden en el rancho de los
Vargas. No tenía necesidad de decir mucho, al viejo le bastaba verlo aparecer
para tranquilizarse. Riad Halabí era el único capaz de avergonzar a ese
bellaco.
Antonia
Sierra, la mujer de Vargas, era veintiséis años menor que él. Al llegar a la
cuarentena ya estaba muy gastada, casi no le quedaban dientes sanos en la boca
y su aguerrido cuerpo de mulata se había deformado por el trabajo, los partos y
los abortos; sin embargo aún conservaba la huella de su pasada arrogancia, una
manera de caminar con la cabeza bien erguida y la cintura quebrada, un resabio
de antigua belleza, un tremendo orgullo que paraba en seco cualquier intento de
tenerle lástima. Apenas le alcanzaban las horas para cumplir su día, porque
además de atender a sus hijos y ocuparse del huerto y las gallinas ganaba unos
pesos cocinando el almuerzo de los policías, lavando ropa ajena y limpiando la
escuela. A veces andaba con el cuerpo sembrado de magullones azules y aunque
nadie preguntaba, toda Agua Santa sabía de las palizas propinadas por su
marido. Sólo Riad Halabí y la Maestra Inés se atrevían a hacerle regalos
discretos, buscando excusas para no ofenderla, algo de ropa, alimentos,
cuadernos y vitaminas para sus niños.
Muchas humillaciones tuvo que soportar Antonia Sierra
de su marido, incluso que le impusiera una concubina en su propia casa.
Concha Díaz llegó a Agua Santa a bordo de uno de los
camiones de la Compañía de Petróleos, tan desconsolada y lamentable como un
espectro. El chófer se compadeció al verla descalza en el camino, con su atado
a la espalda y su barriga de mujer preñada. Al cruzar la aldea, los camiones se
detenían en el almacén, por eso Riad Halabí fue el primero en enterarse del
asunto. La vio aparecer en su puerta y por la forma en que dejó caer su bulto
ante el mostrador se dio cuenta al punto de que no estaba de paso, esa muchacha
venía a quedarse. Era muy joven, morena y de baja estatura, con una mata
compacta de pelo crespo desteñido por el sol, donde parecía no haber entrado un
peine en mucho tiempo. Como siempre hacía con los visitantes, Riad Halabí le
ofreció a Concha una silla y un refresco de piña y se dispuso a escuchar el
recuento de sus aventuras o sus desgracias, pero la muchacha hablaba poco, se
limitaba a sonarse la nariz con los dedos, la vista clavada en el suelo, las lágrimas
cayéndole sin apuro por las mejillas y una retahíla de reproches brotándole
entre los dientes. Por fin el árabe logró entenderle que quería ver a Tomás
Vargas y mandó a buscarlo a la taberna. Lo esperó en la puerta y apenas lo tuvo
por delante lo cogió por un brazo y lo encaró con la forastera, sin darle
tiempo de reponerse del susto.
—La
joven dice que el bebé es tuyo —dijo Riad Halabí con ese tono suave que usaba
cuando estaba indignado.
—Eso no se puede probar, turco. Siempre se sabe quién
es la madre, pero del padre nunca hay seguridad —replicó el otro confundido,
pero con ánimo suficiente para esbozar un guiño de picardía que nadie apreció.
Esta vez la mujer se echó a llorar con entusiasmo,
mascullando que no habría viajado de tan lejos si no supiera quién era el
padre. Riad Halabí le dijo a Vargas que si no le daba vergüenza, tenía edad
para ser abuelo de la muchacha, y si pensaba que otra vez el pueblo iba a sacar
la cara por sus pecados estaba en un error, qué se había imaginado, pero cuando
el llanto de la joven fue en aumento, agregó lo que todos sabían que diría.
—Está bien, niña, cálmate. Puedes quedarte en mi casa
por un tiempo, al menos hasta el nacimiento de la criatura.
Concha Díaz comenzó a sollozar más fuerte y manifestó
que no viviría en ninguna parte, sólo con Tomás Vargas, porque para eso había
venido. El aire se detuvo en el almacén, se hizo un silencio muy largo, sólo se
oían los ventiladores en el techo y el moquilleo de la mujer, sin que nadie se
atreviera a decirle que el viejo era casado y tenía seis chiquillos. Por fin Vargas cogió el bulto de la
viajera y la ayudó a ponerse de pie.
—Muy bien, Conchita, si eso es lo que quieres, no hay
más que hablar. Nos vamos para mi casa ahora mismo —dijo.
Así fue como al volver de su trabajo Antonia Sierra
encontró a otra mujer descansando en su hamaca y por primera vez el orgullo no
le alcanzó para disimular sus sentimientos. Sus insultos rodaron por la calle
principal y el eco llegó hasta la plaza y se metió en todas las casas,
anunciando que Concha Díaz era una rata inmunda y que Antonia Sierra le haría
la vida imposible hasta devolverla al arroyo de donde nunca debió salir, que si
creía que sus hijos iban a vivir bajo el mismo techo con una rabipelada se
llevaría una sorpresa, porque ella no era ninguna palurda, y a su marido más le
valía andarse con cuidado, porque ella había aguantado mucho sufrimiento y
mucha decepción, todo en nombre de sus hijos, pobres inocentes, pero ya estaba
bueno, ahora todos iban a ver quién era Antonia Sierra. La rabieta le duró una
semana, al cabo de la cual los gritos se tornaron en un continuo murmullo y
perdió el último vestigio de su belleza, ya no le quedaba ni la manera de
caminar, se arrastraba como una perra apaleada. Los vecinos intentaron
explicarle que todo ese lío no era culpa de Concha, sino de Vargas, pero ella
no estaba dispuesta a escuchar consejos de templanza o de justicia.
La
vida en el rancho de esa familia nunca había sido agradable, pero con la
llegada de la concubina se convirtió en un tormento sin tregua. Antonia pasaba las
noches acurrucada en la cama de sus hijos, escupiendo maldiciones, mientras al
lado roncaba su marido abrazado a la muchacha. Apenas asomaba el sol Antonia
debía levantarse, preparar el café y amasar las arepas, mandar a los chiquillos
a la escuela, cuidar el huerto, cocinar para los policías, lavar y planchar. Se
ocupaba de todas esas tareas como una autómata, mientras del alma le destilaba
un rosario de amarguras. Como se negaba a darle comida a su marido, Concha se encargó
de hacerlo cuando la otra salía, para no encontrarse con ella ante el fogón de
la cocina. Era tanto el odio de Antonia Sierra, que algunos en el pueblo
creyeron que acabaría matando a su rival y fueron a pedirle a Riad Halabí y a
la Maestra Inés que intervinieran antes de que fuera tarde.
Sin embargo, las cosas no sucedieron de esa manera. Al
cabo de dos meses la barriga de Concha parecía una calabaza, se le habían
hinchado tanto las piernas que estaban a punto de reventársele las venas, y
lloraba continuamente porque se sentía sola y asustada. Tomás Vargas se cansó
de tanta lágrima y decidió ir a su casa sólo a dormir. Ya no fue necesario que
las mujeres hicieran turnos para cocinar, Concha perdió el último incentivo
para vestirse y se quedó echada en la hamaca mirando el techo, sin ánimo ni
para colarse un café. Antonia la ignoró todo el primer día, pero en la noche le
mandó un plato de sopa y un vaso de leche caliente con uno de los niños, para
que no dijeran que ella dejaba morirse a nadie de hambre bajo su techo. La
rutina se repitió y a los pocos días Concha se levantó para comer con los
demás. Antonia fingía no verla, pero al menos dejó de lanzar insultos al aire
cada vez que la otra pasaba cerca. Poco a poco la derrotó la lástima. Cuando
vio que la muchacha estaba cada día más delgada, un pobre espantapájaros con un
vientre descomunal y unas ojeras profundas, empezó a matar sus gallinas una por
una para darle caldo, y apenas se le acabaron las aves hizo lo que nunca había
hecho hasta entonces, fue a pedirle ayuda a Riad Halabí.
—Seis hijos he tenido y varios nacimientos malogrados,
pero nunca he visto a nadie enfermarse tanto de preñez —explicó ruborizada—.
Está en los huesos, turco, no alcanza a tragarse la comida y ya la está
vomitando. No es que a mí me importe, no tengo nada que ver con eso, pero ¿qué
le voy a decir a su madre si se me muere? No quiero que me vengan a pedir cuentas después.
Riad Halabí llevó a la enferma en su camioneta al
hospital y Antonia los acompañó. Volvieron con una bolsa de píldoras de
diferentes colores y un vestido nuevo para Concha, porque el suyo ya no le
bajaba de la cintura. La desgracia de la otra mujer forzó a Antonia Sierra a
revivir retazos de su juventud, de su primer embarazo y de las mismas
violencias que ella soportó. Deseaba, a pesar suyo, que el futuro de Concha
Díaz no fuera tan funesto como el propio. Ya no le tenía rabia, sino una
callada compasión, y empezó a tratarla como a una hija descarriada, con una
autoridad brusca que apenas lograba ocultar su ternura. La joven estaba
aterrada al ver las perniciosas transformaciones en su cuerpo, esa deformidad
que aumentaba sin control, esa vergüenza de andarse orinando de a poco y de
caminar como un ganso, esa repulsión incontrolable y esas ganas de morirse. Algunos
días despertaba muy enferma y no podía salir de la cama, entonces Antonia
turnaba a los niños para cuidarla mientras ella partía a cumplir con su trabajo
a las carreras, para regresar temprano a atenderla; pero en otras ocasiones
Concha amanecía más animosa y cuando Antonia volvía extenuada, se encontraba
con la cena lista y la casa limpia. La muchacha le servía un café y se quedaba
de pie a su lado, esperando que se lo bebiera, con una mirada líquida de animal
agradecido.
El niño nació en el hospital de la ciudad, porque no
quiso venir al mundo y tuvieron que abrir a Concha Díaz para sacárselo. Antonia
se quedó con ella ocho días, durante los cuales la Maestra Inés se ocupó de sus
chiquillos. Las dos mujeres regresaron en la camioneta del almacén y todo Agua
Santa salió a darles la bienvenida. La madre venía sonriendo, mientras Antonia
exhibía al recién nacido con una algazara de abuela, anunciando que sería
bautizado Riad Vargas Díaz, en justo homenaje al turco, porque sin su ayuda la
madre no hubiera llegado a tiempo a la maternidad y además fue él quien se hizo
cargo de los gastos cuando el padre hizo oídos sordos y se fingió más borracho
que de costumbre para no desenterrar su oro.
Antes
de dos semanas Tomás Vargas quiso exigirle a Concha Díaz que volviera a su
hamaca, a pesar de que la mujer todavía tenía un costurón fresco y un vendaje
de guerra en el vientre, pero Antonia Sierra se le puso delante con los brazos
en jarra, decidida por primera vez en su existencia a impedir que el viejo
hiciera según su capricho. Su marido inició el ademán de quitarse el cinturón
para derle los correazos habituales, pero ella no lo dejó terminar el gesto y
se le fue encima con tal fiereza, que el hombre retrocedió, sorprendido. Esa
vacilación lo perdió, porque ella supo entonces quién era el más fuerte.
Entretanto Concha Díaz había dejado a su hijo en un rincón y enarbolaba una
pesada vasija de barro, con el propósito evidente de reventársela en la cabeza.
El
hombre comprendió su desventaja y se fue del rancho lanzando blasfemias. Toda
Agua Santa supo lo sucedido porque él mismo se lo contó a las muchachas del
prostíbulo, quienes también dijeron que Vargas ya no funcionaba y que todos sus
alardes de semental eran pura fanfarronería y ningún fundamento.
A partir de ese incidente las cosas cambiaron. Concha
Díaz se repuso con rapidez y mientras Antonia Sierra salía a trabajar, ella se
quedaba a cargo de los niños y las tareas del huerto y de la casa. Tomás Vargas
se tragó la desazón y regresó humildemente a su hamaca, donde no tuvo compañía.
Aliviaba el despecho maltratado a sus hijos y comentando en la taberna que las
mujeres, como las mulas, sólo entienden a palos, pero en la casa no volvió a
intentar castigarlas. En las borracheras gritaba a los cuatro vientos las ventajas
de la bigamia y el cura tuvo que dedicar varios domingos a rebatirlo desde el
púlpito, para que no prendiera la idea y se le fueran al carajo tantos años de
predicar la virtud cristiana de la monogamia.
En
Agua Santa se podía tolerar que un hombre maltratara a su familia, fuera
haragán, bochinchero y no devolviera el dinero prestado, pero las deudas del
juego eran sagradas. En las riñas de gallos los billetes se colocaban bien
doblados entre los dedos, donde todos pudieran verlos, y en el dominó, los dados
o las cartas, se ponían sobre la mesa a la izquierda del jugador. A veces los
camioneros de la Compañía de Petróleos se detenían para unas vueltas de póquer
y aunque ellos no mostraban su dinero, antes de irse pagaban hasta el último
céntimo. Los sábados llegaban los guardias del Penal de Santa María a visitar
el burdel y a jugar en la taberna su paga de la semana. Ni ellos —que eran
mucho más bandidos que los presos a su cargo— se atrevían a jugar si no podían
pagar. Nadie violaba esa regla.
Tomás Vargas no apostaba, pero le gustaba mirar a los
gadores, podía pasar horas observando un dominó, era el primero en instalarse
en las riñas de gallos y seguía los números de la lotería que anunciaban por la
radio, aunque él nunca compraba uno. Estaba defendido de esa tentación por el
tamaño de su avaricia. Sin embargo, cuando la férrea complicidad de Antonia
Sierra y Concha Díaz le mermó definitivamente el ímpetu viril, se volcó hacia
el juego. Al principio apostaba unas propinas míseras y sólo los borrachos más pobres
aceptaban sentarse a la mesa con él, pero con los naipes tuvo más suerte que
con sus mujeres y pronto le entró el comején del dinero fácil y empezó a
descomponerse hasta el meollo mismo de su naturaleza mezquina. Con la esperanza
de hacerse rico en un solo golpe de fortuna y recuperar de paso —mediante la
ilusoria proyección de ese triunfo— su humillado prestigio de padrote, empezó a
aumentar los riesgos. Pronto se medían con él los jugadores más bravos y los
demás hacían rueda para seguir las alternativas de cada encuentro. Tomás Vargas
no ponía los billetes estirados sobre la mesa, como era la tradición, pero
pagaba cuando perdía. En su casa la pobreza se agudizó y Concha salió también a
trabajar. Los niños quedaron solos y la Maestra Inés tuvo que alimentarlos para
que no anduvieran por el pueblo aprendiendo a mendigar.
Las cosas se complicaron para Tomás Vargas cuando
aceptó el desafío del Teniente y después de seis horas de juego le ganó
doscientos pesos. El oficial confiscó el sueldo de sus subalternos para pagar
la derrota. Era un moreno bien plantado, con un bigote de morsa y la casaca
siempre abierta para que las muchachas pudieran apreciar su torso velludo y su
colección de cadenas de oro. Nadie lo estimaba en Agua Santa, porque era hombre
de carácter impredecible y se atribuía la autoridad de inventar leyes según su
capricho y conveniencia. Antes de su llegada, la cárcel era sólo un par de
cuartos para pasar la noche después de alguna riña —nunca hubo crímenes de
gravedad en Agua Santa y los únicos malhechores eran los presos en su tránsito
hacia el Penal de Santa María— pero el Teniente se encargó de que nadie pasara
por el retén sin llevarse una buena golpiza. Gracias a él la gente le tomó
miedo a la ley. Estaba indignado por la pérdida de los doscientos pesos, pero
entregó el dinero sin chistar y hasta con cierto desprendimiento elegante,
porque ni él, con todo el peso de su poder, se hubiera levantado de la mesa sin
pagar.
Tomás Vargas pasó dos días alardeando de su triunfo,
hasta que el Teniente le avisó que lo esperaba el sábado para la revancha. Esta
vez la apuesta sería de mil pesos, le anunció con un tono tan perentorio que el
otro se acordó de los planazos recibidos en el trasero y no se atrevió a
negarse. La tarde del sábado
la taberna estaba repleta de gente. En la apretura y el calor se acabó el aire
y hubo que sacar la mesa a la calle para que todos pudieran ser testigos del
juego. Nunca
se había apostado tanto dinero en Agua Santa y para asegurar la limpieza del
procedimiento designaron a Riad Halabí. Éste empezó por exigir que el público
se mantuviera a dos pasos de distancia, para impedir cualquier trampa, y que el
Teniente y los demás policías dejaran sus armas en el retén.
—Antes de comenzar ambos jugadores deben poner su
dinero sobre la mesa —dijo el árbitro.
—Mi palabra basta, turco —replicó el Teniente. —En ese
caso mi palabra basta también —agregó Tomás Vargas.
—¿Cómo pagarán si pierden? —quiso saber Riad Halabí.
—Tengo una casa en la capital, si pierdo Vargas tendrá los títulos mañana
mismo.
—Está bien. ¿Y tú? —Yo pago con el oro que tengo
enterrado. El juego fue lo más emocionante ocurrido en el pueblo en muchos
años. Toda Agua Santa, hasta los ancianos y los niños se juntaron en la calle.
Las únicas ausentes fueron Antonia Sierra y Concha Díaz. Ni el Teniente ni
Tomás Vargas inspiraban simpatía alguna, así es que daba lo mismo quien ganara;
la diversión consistía en adivinar las angustias de los dos jugadores y de
quienes habían apostado a uno u otro. A Tomás Vargas lo beneficiaba el hecho de
que hasta entonces había sido afortunado con los naipes, pero el Teniente tenía
la ventaja de su sangre fría y su prestigio de matón.
A las siete de la tarde terminó la partida y, de
acuerdo con las normas establecidas, Riad Halabí declaró ganador al Teniente.
En el triunfo el policía mantuvo la misma calma que demostró la semana anterior
en la derrota, ni una sonrisa burlona, ni una palabra desmedida, se quedó
simplemente sentado en su silla escarbándose los dientes con la uña del dedo meñique.
—Bueno, Vargas, ha llegado la hora de desenterrar tu
tesoro —dijo, cuando se calló el vocerío de los mirones.
La piel de Tomás Vargas se había vuelto cenicienta,
tenía la camisa empapada de sudor y parecía que el aire no le entraba en el
cuerpo, se le quedaba atorado en la boca. Dos veces intentó ponerse de pie y le
fallaron las rodillas. Riad Halabí tuvo que sostenerlo. Por fin reunió la
fuerza para echar a andar en dirección a la carretera, seguido por el Teniente,
los policías, el árabe, la Maestra Inés y más atrás todo el pueblo en ruidosa
procesión. Anduvieron un par de millas y luego Vargas torció a la derecha,
metiéndose en el tumulto de la vegetación glotona que rodeaba a Agua Santa. No
había sendero, pero él se abrió paso sin grandes vacilaciones entre los árboles
gigantescos y los helechos, hasta llegar al borde de un barranco apenas
visible, porque la selva era un biombo impenetrable. Allí se detuvo la multitud, mientras él bajaba con el
Teniente. Hacía un calor húmedo y agobiante, a pesar de que faltaba poco para la
puesta del sol. Tomás Vargas hizo señas de que lo dejaran solo, se puso a gatas
y arrastrándose desapareció bajo unos filodendros de grandes hojas carnudas.
Pasó un minuto largo antes que se escuchara su alarido. El Teniente se metió en
el follaje, lo cogió por los tobillos y lo sacó a tirones.
—¡Qué pasa! —¡No está, no está! —¡Cómo que no está!
—¡Lo juro, mi Teniente, yo no sé nada, se lo robaron, me robaron el tesoro! —Y
se echó a llorar como una viuda, tan desesperado que ni cuenta se dio de las
patadas que le propinó el Teniente.
—¡Cabrón! ¡Me vas a pagar! ¡Por tu madre que me vas a
pagar! Riad Halabí se lanzó barranco abajo y se lo quitó de las manos antes de
que lo convirtiera en mazamorra. Logró convencer al Teniente que se calmara,
porque a golpes no resolverían el asunto, y luego ayudó al viejo a subir. Tomás
Vargas tenía el esqueleto descalabrado por el espanto de lo ocurrido, se
ahogaba de sollozos y eran tantos sus titubeos y desmayos que el árabe tuvo que
llevarlo casi en brazos todo el camino de vuelta, hasta depositarlo finalmente
en su rancho. En la puerta estaban Antonia Sierra y Concha Díaz sentadas en dos
sillas de paja, tomando café y mirando caer la noche. No dieron ninguna señal
de consternación al enterarse de lo sucedido y continuaron sorbiendo su café,
inmutables.
Tomás
Vargas estuvo con calentura más de una semana, delirando con morocotas de oro y
naipes marcados, pero era de naturaleza firme y en vez de morirse de congoja,
como todos suponían, recuperó la salud. Cuando pudo levantarse no se atrevió a
salir durante varios días, pero finalmente su amor por la parranda pudo más que
su prudencia, tomó su sombrero de pelo de guama y, todavía tembleque y
asustado, partió a la taberna. Esa noche no regresó y dos días después alguien
trajo la noticia de que estaba despachurrado en el mismo barranco donde había
escondido su tesoro. Lo encontraron abierto en canal a machetazos, como una
res, tal como todos sabían que acabaría sus días, tarde o temprano.
Antonia Sierra y Concha Díaz lo enterraron sin grandes
señas de desconsuelo y sin más cortejo que Riad Halabí y la Maestra Inés, que
fueron por acompañarlas a ellas y no para rendirle homenaje póstumo a quien
habían despreciado en vida. Las dos mujeres siguieron viviendo juntas,
dispuestas a ayudarse mutuamente en la crianza de los hijos y en las
vicisitudes de cada día. Poco después del sepelio compraron gallinas, conejos y
cerdos, fueron en bus a la ciudad y volvieron con ropa para toda la familia.
Ese año arreglaron el rancho con tablas nuevas, le agregaron dos cuartos, lo
pintaron de azul y después instalaron una cocina a gas, donde iniciaron una
industria de comida para vender a domicilio. Cada mediodía partían con todos
los niños a distribuir sus viandas en el retén, la escuela, el correo, y si
sobraban porciones las dejaban en el mostrador del almacén, para que Riad
Halabí se las ofreciera a los camioneros. Y así salieron de la miseria y se iniciaron en el
camino de la prosperidad.