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Eric Frank Russell - Al final del arco iris

La trampa no era muy visible. Aguardaba con un aire de completa inocencia. Las víctimas entraban en ella confiadas, deseosas, ansiosas incluso... y no sabían nunca lo que les golpeaba.
Sobre la confianza, el deseo y el ansia de la tripulación de cuatro hombres de la nave exploradora 87D no podría haber duda alguna. Se evidenciaba por su forma de bajar. Se lanzaron en picado del claro cielo azul en su dorada nave con una faja púrpura a los lados y su número muy grande en su afilada proa. Echaba rayos y truenos por la cola en bocanadas rítmicas de sonido tan violentas que las hojas de los árboles temblaban en kilómetros a la redonda y los pájaros se quedaban mudos en asombrado silencio.
Con agresiva seguridad, posaron la nave sobre una llanura cubierta de hierba, mientras aún continuaba resonando el eco de su llegada por cañadas y colinas. Formaban un grupo de hombres duros con experiencia en el espacio fuera de la portilla principal, dando la bienvenida al aire fresco y a la tierra sólida con la ávida satisfacción de los que se han pasado sin ellos demasiado tiempo.
Reed Wingrove, el astronauta, dijo alegremente:
–¡Dios mío! Qué dulce montoncillo de plasma. Nos harán por lo menos comodoros espaciales por descubrir esto.
Era joven, alto, audaz, y albergaba la esperanza de llegar a formar parte del alto mando.
–Lo más probable es que nos tiren a la papelera –dijo Jacques Drouillard, recorriendo el escenario con sus ojos negros–. Hemos traspuesto los límites oficiales nada menos que por el espacio de una vida. No teníamos ningún derecho a llegar tan lejos. Cuando regresemos, nos habrán dado por muertos.
–O por desertores –sugirió Bill Maguire.
–Yo asumo toda la responsabilidad –les recordó el capitán Walter Searle, un hombre alto, de hablar pausado, que parecía dedicar mucho tiempo a sus pensamientos.
–Jacques es capaz de oír el terrible rumor de los años pasando –explicó Bill Maguire.
Había una fresca sonrisa en su pecoso rostro irlandés mientras miraba al moreno Drouillard.
–No olvida nunca –añadió– que el tiempo y las chicas guapas no esperan a las achacosas basuras espaciales.
–Puede que haya algo allí –señaló Reed Wingrove, señalando hacia el sur–. En aquellas colinas hay uranio. Por la forma en que se movieron las agujas de los contadores cuando pasamos sobre ellas, creo que son de uranio sólido. Podría ser el descubrimiento del siglo, exactamente donde es más necesario; más allá de la frontera de exploración. Para quien quiera cogerlo, sin tener que pagar nada –se detuvo un momento, mirándoles, y luego añadió–: Es decir, sin tener que pagar más que con los mejores años de nuestras vidas...
Maguire le miró a los ojos y dijo:
–Llevamos meses y meses metidos en esa botella caliente y ruidosa. Y nos queda una dosis igual de la misma medicina a la vuelta. ¿No creéis que debemos sentirnos felices ahora? –alisando su pelo cobrizo, olisqueó la atmósfera, saboreándola, y recorrió con sus botas la larga y suave hierba.
–Vamos –dijo–, quitémonos los trastos espaciales y gocemos de la vida entre los intervalos de sufrimiento.
–¿Por qué pensáis que sufrís? –preguntó el capitán Searle, mirándoles a todos–. Firmasteis por diez años, con los ojos bien abiertos.
–Yo me encandilé con lo del Calixto celestial –masculló Drouillard–. Creía que haríamos por lo menos veinte viajes. No pensaba que tendría que pasarme casi todo el periodo en un largo viaje. Sesenta meses para llegar aquí y sesenta más de vuelta, y los doce que tendremos que estar mientras esperamos condiciones planetarias favorables. Eso hace en total once años. Y once años es demasiado tiempo –se rascó la azul barbilla, sonoramente–. Es demasiado por un montón de uranio, grande o pequeño.
–Si podemos conseguirlo –dijo Maguire–. Tal vez pertenezca a alguien que no quiera venderlo.
Señaló hacia un lado y añadió:
–Pienso eso porque ahí llega alguien.
Apoyándose en el borde de un caliente tubo de propulsión, se colocó bien el arma en la funda, mordió una jugosa brizna de hierba, y observó al recién llegado que se acercaba.
Los otros reaccionaron igual, preparándose para lo que pudiera pasar, pero sin alarma. No había nada amenazador en la apariencia de aquella forma de vida inteligente del planeta. Además, tenían plena confianza en su propio poder, una seguridad basada en el hecho de que los humanos se habían establecido en muchos géneros de mundos, hostiles unos y simplemente extraños otros. Y, por supuesto, no tenían ni remota idea de la trampa.
El que llegaba era un humanoide muy pequeño, hecho que no les sorprendió en absoluto. El andar por el cosmos trae muchas sorpresas, y al cabo de un tiempo uno pierde la capacidad de asombro. Uno aprende a esperar cualquier cosa, hasta un remedo en miniatura de uno mismo, sin perder la calma. Así pues, los tripulantes ni siquiera enarcaron las cejas al ver acercarse al primer representante de aquel planeta.
Se dirigía recto hacia ellos, sin mostrar miedo alguno, y les observaba con una especie de ingenuidad infantil. Era pequeño, de no más de un metro de altura, y con rasgos afilados como de pájaro y agudos y rápidos ojos como dardos. Llevaba a la cabeza un cónico sombrero de fieltro de vivido púrpura, tan echado hacia atrás que hacía resaltar aún más sus aguzadas orejas. Sus ropas eran de un verde también muy chillón, con adornos plateados. Sus zapatos, alargados, estrechos y verdes, llevaban botones de plata. Y no tenía más armas que un palo nudoso en el que se apoyaba mientras les observaba con brillantes y perlados órganos ópticos.
–Son pequeños –murmuró Wingrove a los otros–. Podríamos haberlo sospechado por aquella ciudad de juguete que vimos poco antes de aterrizar.
Ofreciendo al enano una sonrisa amable, se señaló a sí mismo y dijo:
–Reed Wingrove.
El otro le lanzó una mirada viva y penetrante, pero no contestó. Rompieron el embarazoso silencio presentándose uno a uno. Inmóvil, salvo por sus ojos en continuo movimiento, el enano cavilaba apoyado en su palo.
–Rifkin –dijo al fin, con una vocecilla aguda.
–Sabe hablar –comentó Drouillard–. ¡Ya es algo! No tendremos que hablar por señas. Es un fastidio tener que mover los brazos como si fueran serpientes. Podremos aprender su idioma o enseñarle el nuestro.
–No veo la necesidad –dijo Rifkin, en perfecto inglés.
Fue como una descarga eléctrica. Aquella calma de veteranos del espacio se esfumó. Drouillard pegó un salto. El capitán Searle echó mano a su arma, luego la retiró, y miró a su alrededor ceñudo, buscando al ventrílocuo. Maguire soltó precipitadamente el tubo de propulsión al que imprudentemente se había agarrado por la parte más caliente, quemándose la mano, y lanzó un gemido de dolor.
Esforzándose por controlarse, Wingrove preguntó:
–¿Comprendes nuestra forma de hablar?
–Claro –dijo Rifkin, con desarmante despreocupación. Con su nudoso palo decapitó algo parecido a una margarita.
–¿Y cómo demonios...? –empezó el capitán Searle, observando aún a los otros por si veía sospechosos movimientos de boca.
Ignorando su orden, Wingrove continuó decidido:
–¿Se habla inglés aquí?
–¡Qué estupidez! –comentó Rifkin.
No parecía ser una respuesta satisfactoria. Era demasiado obvio para ser un comentario adverso. De hecho, «estupidez» era decir poco: era una ridiculez absoluta.
Wingrove intentó enfocarlo de otro modo y dijo:
–Entonces, ¿cómo lo sabes tú?
–Porque puedo faunarlo –informó Rifkin, como quien explica algo evidente a un niño–. ¿Es que no te das cuenta? ¿Cómo podría comunicarse la gente si no pudiese faunar las normas verbales del otro?
–Morbleau! –masculló Drouillard; miró receloso a su alrededor, imitando inconscientemente a Searle–. A chaque saint sa chandelle!
–Si chacun tire de son cote! –comentó Rifkin con devastadora imparcialidad.
Drouillard se mesó los cabellos, y luego se acuclilló en el suelo y empezó a comer hierba. Parecían haber perdido el control. Con creciente irritación, el capitán Searle le observó un rato y luego no pudo soportarlo más.
–¡Deja... de hacer... ESO! –aulló, haciendo pausas para subrayar; le empujó con su pesada bota. Cuando Drouillard se levantó, Searle exigió–: Vamos, ¿qué fue lo que hablasteis?
–Francés –dijo soñadoramente Drouillard–. Lo hablan en el sitio de donde soy, en el Canadá –miró asombrado al enano–. ¡Y él lo sabe!
–¿Pero cómo voy a saberlo? –le contradijo Rifkin–. ¡Uno no puede saber lo que nunca ha aprendido! –dio un resoplido de disgusto–. Lo fauné.
–Explícame eso –dijo Searle–. ¿Cómo lo faunas?
–Hay un importante problema –decidió Rifkin, meneando sus puntiagudas orejas–. Un verdadero problema, porque si no conocéis la respuesta, es evidente que vosotros no podéis faunar una norma verbal.
–¿Puedo hacer una pregunta? –dijo Searle.
–Si vosotros no podéis hacerlo –siguió Rifkin, no tengo modo de explicároslo. Sus penetrantes ojillos se encontraron con los de Searle–. ¿Podrías hacer que una piedra apreciase la música de una flauta?
–No –admitió Searle.
–¡Pues es igual! –Rifkin apoyó su leve peso en el palo–. Dudo que siquiera Mab pudiera explicároslo, o Morgaine, en realidad. Le pedís lo imposible.
–Dejémoslo así y considerémonos afortunados –sugirió Wingrove al insatisfecho Searle–. Aquí estamos, aterrizamos ilesos, y hemos establecido comunicación con los habitantes, todo esto en una hora. Apuesto a que hemos batido un récord.
–Déjame esto a mí –ordenó Searle; se volvió a Rifkin–: Estamos deseosos de saber el máximo posible sobre este mundo vuestro y...
–¿Por qué? –preguntó Rifkin.
¿Había astucia en aquellos penetrantes ojillos? ¿Había una chispa de cinismo, una profundidad de culpa? ¡Quién podía saberlo!
 Searle continuó pacientemente:
–La comprensión mutua es la base de la amistad, algo esencial si hemos de mantener contacto para nuestro común progreso –esperó el efecto de aquellas palabras pero no parecieron producir efecto alguno–. Ahora, si uno de mis hombres pudiese realizar una visita de cortesía a vuestra población más próxima...
–Será bienvenido –aseguró Rifkin; y luego añadió–. A Ballygullion.
–¿A dónde?–gritó Maguire, con los pelos de punta.
–Ballygullion –repitió Rifkin.
–¿Qué tiene ese nombre? –exigió Searle, mirando con dureza a Maguire.
–Bueno, ¡es el pueblo donde yo nací! –dijo Maguire boquiabierto.
–¡Naturalmente! –comentó Rifkin, calificando tranquilamente lo incomprensible de obvio.
Apretando los puños, Searle dijo a Rifkin:
–¿Por qué naturalmente? ¿Cómo puede él haber nacido aquí? Este planeta era completamente desconocido para nosotros antes de nuestra llegada –recorrió con una mirada tensa y aturdida el escenario general–. Hay algo decididamente fuera de órbita en este lugar.
–Una ciudad tiene cualquier nombre que uno quiera darle –explicó Rifkin, de nuevo como si fuese un profesor de parvulario–. Unos le llaman de este modo, otros de otro. Puede tener un nombre hoy y otro mañana. Puedo recordar una rara ocasión en que tres personas se refirieron a ella por el mismo nombre durante una semana entera. Eran tres individuos muy perezosos.
–Pellízcame para que despierte –pidió Drouillard, ofreciendo un brazo a Wingrove.
–¿Pero cuál es el problema? –dijo Rifkin–. Uno puede faunar fácilmente el nombre que le dé cualquier persona en cualquier momento.
–Así pues, hoy que es miércoles se llama Ballygullion... –dijo Maguire débilmente.
–Si te gusta el nombre. Tiene que gustarte. Lo fauné cuando te miraba, y me di cuenta de que tenia que gustarte.
–Bueno, basta ya –cortó Searle; miró frío y autoritario a Maguire–. Alguien tiene que fastidiarse y aclarar esto. ¿Quién mejor que un nativo? Acepto tu oferta de ir.
–¿Quién? –dijo Maguire aturdido–. ¿Yo?
Todos hicieron coro:
–¡Tú!
Los ojos de Rifkin relumbraban al llevárselo.
Diez días tardó Bill Maguire en volver, y se encontró a la tripulación preparándose para actuar. Entró por la portilla principal, respiró pesadamente, y miró hacia abajo, a la escalerilla por la que había subido.
–¿Quién ha puesto las escaleras?
Dejando el arma que acababa de engrasar, el capitán Searle le miró furioso.
–Has llegado por los pelos. Estábamos a punto de salir a destrozar ese pueblo de enanos para encontrarte, a ti o a tu cadáver.
–No sabía quo me apreciarais tanto –dijo Maguire.
–Un hombre es un cuarto de mi tripulación –continuó Searle, sin abandonar su severidad–. No pierdo un hombre sin hacerlo pagar. ¿Por qué demonios tardaste tanto?
–El vino, las mujeres, la juerga –informó alegremente Maguire.
–¿Cómo? –dijo Reed Wingrove, dejando lo que estaba haciendo.
–¿Eh? –gritó Drouillard, chasqueando los dedos. Tenia la expresión de no haber estado allí al caer el maná.
–¡Sentaos! –bramó Searle.
Volvió su atención al pródigo impenitente. Su voz era ligeramente ácida cuando dijo:
–¿Y no se te pasó por la cabeza en ningún momento cuál era nuestra misión aquí?
–Procuré evitarlo –dijo Maguire, sin vergüenza alguna–. ¿Quién puede pensar en las nuevas fronteras o en los nuevos planetas o en depósitos minerales estando con Mab? –lanzó un silbido largo y satisfecho–. Es alta, de ojos negros, toda una Sílfide, me estremezco mirándola. Me dan ganas al verla de enterrarme aquí para siempre.
–¿Qué te han dado esos tipos? –preguntó el capitán Searle, observándole cuidadosamente.
–Una cosa que llaman hidromiel. Está hecha de miel, hierbas y rocío fresco. Es lo más maravilloso...
–No puede haber miel sin abejas –replicó Wingrove–. ¿No querrás decirnos que hay abejas aquí también, como en la Tierra?
–Hay millones –declaró Maguire–. Rebaños y rebaños de ellas. Grandes, gordas, afanosas, todas tan dóciles como galos. La gente de aquí habla con ellas y las abejas contestan. Pueden faunarse unos a otros, ¿comprendéis?
–No comprendo –dijo Searle, obligando con un gesto a callarse a Wingrove–. Ni me importa –su mirada seguía siendo penetrante al fijarse en Maguire–. ¿Quién es esa Mab que te ha sorbido el seso?
–Una de las hijas gemelas de Rifkin –Maguire estaba demasiado entusiasmado para ofenderse por el tono–. Son maravillosas. La otra se llama Peg. Si no fuese por mi educación de hombre civilizado podría...
–Oh no, no podrías. Con una te sobra, ¿para qué querrías dos? –Searle miró ceñudo el mamparo de metal y murmuró, sin dirigirse a nadie en concreto–: Parece que nos equivocamos cuando elegimos a este pelirrojo romántico. Bueno, ¿y ahora qué?
–Dejadme ir –pidió ansiosamente Drouillard. En sus ojos obscuros ardía el celo del hombre a quien se ofrece recuperar las oportunidades perdidas.
–Calma, Casanova –dijo Maguire–. No podemos llevarnos a las chicas a casa –se apoyó desafiante en el borde de una mesa, y luego frunció el ceño desconcertado y se agachó, examinando el suelo–. ¿Quién ha estado alzando los muebles? ¿No podríais encontrar algo mejor que hacer?
–Nadie ha tocado esa mesa –le dijo Wingrove–. Parece más grande porque tú eres más pequeño. Ya me di cuenta de que parecías como empequeñecido cuando volviste. Reconoce que has gastado cinco centímetros de tus tacones persiguiendo afanosamente lo que fuese, que no era desde luego lo que vinimos a hacer aquí.
–Nada les pasa a mis tacones –replicó Maguire, levantando una pierna para examinar la bota–. Habéis levantado esta mesa cuatro o cinco centímetros.
–Cálmate –contestó Wingrove–. Te pasaste con esa hidromiel. No te enfades.
Searle intervino impaciente:
–Dejad de discutir –miró a Maguire con autoritaria desaprobación–. ¿Qué fue lo que dijiste de llevarnos a las chicas?
–Vinieron conmigo, por dar un paseo. Las dejé fuera. Les dije que no tardaría.
–¡Maldita sea! –Drouillard se lanzó hacia la compuerta, con la suficiente rapidez para adelantarse a los otros y salir antes de que Searle pudiese dar orden de no salir.
Le oyeron bajar apresuradamente la escalerilla. Luego llegó el rumor de una breve charla, en la que los tonos profundos de su voz se mezclaron con un par de voces tintineantes como campanitas. Más ruidos de escalera. Drouillard reapareció, guiando a sus invitadas con injustificada seguridad.
–Aquí están, capitán –reflejaba la emoción de alguien a quien súbitamente se le proporciona un nuevo interés en la vida.
Searle las miró lenta, metódicamente. y con el mismo recelo con que un elefante tantea una trampa. Eran un par de rubias ceniza, pequeñas y bien formadas, que parecían exactamente iguales. Su altura no le pareció de más de ochenta centímetros. Llevaban ambas capas púrpura y ropas de un verde claro con adornos de plata. Cogidas de la mano, le miraban con vivos ojos, grandes, azules y húmedos. Habla algo especial en aquellos ojos, y tuvo que pensarlo un rato para dar con la palabra correspondiente: élficos.
–¿Quién es Mab? –preguntó.
–Yo –la de la izquierda se acercó más a él.
Retrepándose en su silla, Searle lanzó un suspiro y dijo a Maguire:
–¿Así que es alta y de ojos obscuros?
–¿Es que no lo ves? –Maguire señaló hacia la prueba, indicando lo incontrovertible.
Todos tuvieron que mirar otra vez a Mab, detenida y cuidadosamente. No había duda de que tenía los ojos azules y de que era muy pequeña. Los hoyuelos de sus mejillas se profundizaron.
Al cabo de un rato, Searle lanzó un enfático:
–¡No!
–De acuerdo –dijo Maguire–. O estáis ciegos o yo estoy loco.
Mab se echó a reír con un tono tintineante y agudo.
–Está loco –opinó Drouillard; su mirada se clavaba firmemente, por sí sola, en Peg–. Pero no se lo reprocho. Yo podría volverme loco también por esa de los ojos verdes y el pelo castaño –su mirada se hizo audaz y ardiente–. Se parece a la chica de mis sueños.
Reed Wingrove le dio un codazo y preguntó:
–¿Cuál del pelo castaño?
–Usa los ojos –invitó Drouillard, que seguía devorando el objeto de su atención.
–Estoy utilizando los míos –chilló Maguire–. ¿Ves?, Peg es una rubia de ojos azules.
–Dios mío –exclamó Drouillard, burlón–. No puedes ver siquiera a la que has elegido.
El capitán Searle respiró profundamente, cogió su arma, la tanteó para calibrar su peso y equilibrio y luego dijo, con la firme decisión de quien ha aclarado sus ideas:
–Reed, enséñales a estas chicas la salida. Cierra la compuerta cuando salgan y déjala cerrada –y alzó el arma; Maguire y Drouillard se pusieron rígidos–. No os hagáis los remolones. Ninguno de los dos. ¡Vamos, es una orden!
Al ver que Maguire retrocedía, apartándose de él y aproximándose a la compuerta, añadió con tono más firme:
–Ten cuidado, Bill. Te juro que si no me obedeces te arrepentirás.
–Pero no puedes hacer eso -–contradijo Mab con su vocecita tintineante–. Yo he faunado que en último extremo no serías capaz de disparar contra él.
Sin soltar la mano de Peg, cruzó la compuerta, saliendo con ágiles y leves pasos. Maguire la siguió, como un sonámbulo. Y lo mismo Drouillard.
Silenciosa, introspectivamente, Reed Wingrove cerró la compuerta tras ellos. Volvió a su sitio, y sus pisadas resonaron en las planchas de la nave. Había en el aire un olor suave y dulzón, un olor femenino, atractivo y hechizante. El capitán Searle no se había movido. Seguía sentado a la mesa, con su arma inútil en la mano y los ojos lúgubres clavados en la pared.
Pasaron varios minutos hasta que Wingrove dijo:
–¿Te fijaste qué dibujo tan curioso llevaban en sus botones de plata? También los llevaba Rifkin. Como cuatro corazones dispuestos en círculo con las puntas unidas. Me resulta familiar, pero no consigo situarlo.
Searle no contestó. Seguía contemplando impasible la pared, mientras cavilaba sobre la situación.
 Pasaron tres semanas sin ninguna señal de los ausentes. Wingrove volvió de uno de los breves paseos que había tomado por costumbre dar últimamente, se sentó en la hierba junto al caviloso y ceñudo Searle, y se puso a gozar del fresco de la sombra de la nave.
–¿Por qué no me dejas visitar la ciudad, capitán? Quizá descubriese algo.
–No.
–¿Por qué no vas tú mismo, entonces?
–No.
–Bueno, está bien –Wingrove se echó hacia atrás y entrecerró los ojos, contemplando el cielo claro–. ¿Aún rumiando el problema?
–Sí –Searle se mordió el labio inferior–. Lo he estudiado desde todos los ángulos posibles, y siempre acabo en el mismo sitio... aquí, sin salida. Podemos manejar la nave con su mínimo oficial de cuatro hombres, y en caso de apuro podríamos manejarla con tres. No podemos volver a casa nosotros dos solos... es imposible.
–Sí, ya lo sé.
–Estamos atrapados en este planeta, y seguiremos estándolo hasta que uno de esos dos chiflados lunáticos considere oportuno volver.
–Podríamos estar atrapados en un sitio peor –aventuró Wingrove, indicando el cielo azul y el frondoso paisaje–. Cuanto más estoy aquí, más me siento en casa.
Se echó a un lado, cogió una flor, y la examinó cuidadosamente.
–Mira... un azulejo.
–¿Y qué? –Searle no le dedicó más que una mirada despectiva.
–En la Tierra también hay azulejos.
–No me lo recuerdes –dijo lúgubremente Searle.
–Y hay margaritas y menta. Encontré también eso en mis excursiones por las colinas –lanzó una extraña y breve risa–. Resulta ridículo, un veterano del espacio interesándose por las margaritas y la menta. Indica lo que puede pasar si recibes demasiado.
–¿Demasiado de qué? –le preguntó Searle, frunciendo el ceño.
–Cuando estaba en el torrente cantaba un pájaro que me emocionó –continuó Wingrove, ignorando la pregunta–. Era un canto maravilloso. Más tarde lo localicé. Era un bulbul, parecido a un tordo. También hay en la Tierra, en Persia, creo. ¿Extraño, verdad?
–Condiciones similares podrían producir efectos similares, resultados similares.
–Puede –admitió Wingrove–. Pero tengo la sensación de que eso no es todo. Hay demasiadas similitudes. Tiene que haber otra explicación mejor de tantas coincidencias –meditó un rato, mascando una brizna de hierba, y luego siguió–: Hoy volví a ver otra vez aquel signo de los cuatro corazones. Estaba grabado en varios sitios, en paredes, en árboles y en rocas. Debe ser una especie de tótem tribal. Siempre que lo veo me resulta familiar... pero no soy capaz de situarlo. Me gustaría recordar...
–¿No te acercaste al pueblo?
–No, capitán. Lo evité, siguiendo tus órdenes.
–¿No te encontraste tampoco con nadie?
–Ese chisme de los cuatro corazones es un misterio –dijo Wingrove, mordiendo la brizna–. Me obsesiona.
–¿No te encontraste con nadie? –insistió Searle.
–He visto docenas de veces esos cuatro corazones en la Tierra, pero no puedo recordar exactamente...
Searle se levantó y se plantó ante él, con las piernas separadas, mirándole ceñudo.
–¡Vamos, olvida eso! No quiero más evasivas. Llevas paseando por ahí mañana y tarde más de una semana. Te vas con un brillo en los ojos y vuelves como un zombi. ¿Con quién te ves?
–Con Melusina –dijo Wingrove a regañadientes. Se incorporó, y tiró la brizna de hierba.
–¡Vaya! –Searle golpeó su puño derecho contra la palma de su mano izquierda–. ¿Otra de esas enanas encantadoras?
–Es encantadora, pero no es enana.
–¡Eso crees tú! –dijo ásperamente Searle; se puso a pasear–. Todo esto después de lo que te avisé. Te hable una y otra vez de tos poderes que poseen, poderes que desconocemos y que no somos capaces de entender.
Wingrove no decía nada.
Abandonando su incesante desfile, Searle le miró y continuó:
–Sabes perfectamente lo que está haciéndote Melusina. Está extrayendo un ideal elaborado con el contenido de la capa más profunda de tu mente, lo centra en ella, emboba tus sentidos y se convierte en la encarnación sólida de tus propios sueños y deseos. Es una mezcla de telepatía e hipnotismo, o algo relacionado con ambos. Un arma psicológica, un arma formidable, porque explota el lado débil de cualquier ejército. Convence a un individuo de que se convierta en un imbécil y se engañe a sí mismo sólo porque está deseando engañarse. ¡Es despreciable!
–-Es maravilloso –dijo Wingrove, contemplando el cielo.
–¿Vas a desertar tú también, como los otros?
–Todavía no –Wingrove se levantó, cogió el azulejo y lo retorció perezosamente entre sus dedos–. Me siento arrastrado en dos direcciones. Quizá sea más terco que Bill y que Jacques, o más disciplinado, o menos susceptible. O quizá Melusina sea más lenta, más suave, y no tenga prisa en llevarme –sus ojos se encontraron con los de Searle por un breve instante–. No creo que a ella le gustase que te dejara solo.
–Es muy amable –dijo sarcásticamente Searle–. Sobre todo porque no tiene ninguna garantía de que yo no pueda, tarde o temprano, encontrar medio de marcharme solo.
–Nunca podrías.
–Lo sé, y tú también. Pero ella no. Estos seres quieren que su mundo viaje de incógnito encerrando en una trampa a todos los que lo encuentran. Juegan limpio. Nada de bombas ni balas ni derramamiento de sangre. Sólo tienen que ofrecer a un tipo lo que su corazón desea... y silenciarle por la presión de unos labios de mujer.
–¡Ah! –suspiró Wingrove–. Qué maravilloso destino.
–No me hace gracia –replicó Searle, claramente irritado–. La cosa es muy seria. Es un claro sabotaje a los planes terrestres. Sabes lo que está pasando y por qué. Sabes que te están engañando... ¿y aún sigue atrayéndote esa Melusina?
–¡Y cómo!
–¿Sabiendo que no es exactamente como la ves? ¿Sabiendo que lo que ves es un astuto reflejo de las profundidades de tu propia mente?
–¿Y qué más me da? Yo sólo veo lo que ella me parece. No tengo otra base para juzgar. Ella me parece la culminación de todo lo que he deseado siempre, hasta en sus hábitos más insignificantes, hasta en sus gestos y ademanes más nimios. Ni aunque la hubiese pedido según mis deseos se ajustaría mejor.
–¡Eres un estúpido! –dijo Searle–. La han hecho especialmente para ti.
–Lo sé –inesperadamente, Wingrove replicó–: ¿Podrías desear algo mejor que lo que más deseas?
–Dejemos eso –replicó Searle–. El enredado eres tú, no yo –reanudó su paseo–. Demonios, son aún más fuertes de lo que yo pensaba; más listos, más astutos, más expertos.
–No sabes lo estupendo que es –le aseguró Wingrove–. Deberías probarlo. Melusina tiene una amiga que se llama Niveta. Podría traerla para que !a conocieras y...
–Así que por eso no tiene prisa y es tan amable –masculló Searle–. Por eso te deja volver. ¡Quiere atrapar a los dos pájaros! No sólo a ti, sino a ti y a mí... se sentirá muy satisfecha cuando no haya aquí más que una nave vacía, pudriéndose al sol como un esqueleto.
–Bueno, no sé, capitán. Tenemos doce meses de plazo. Después de un tiempo, quizá podamos convencerlas y entonces llevárnoslas...
–-Nunca volveréis a la Tierra –declaró Searle con firmeza–. No volveréis a verla. Nunca –se aproximó más, hablando con vehemencia–. Mira, Reed, he encontrado un yacimiento de uranio. Nuestra tarea es descubrir cosas así, para eso nos equipan y nos pagan. Nuestro deber es informar de este hallazgo a la Tierra. Si fracasamos, si nos perdemos y nunca regresamos, otra nave de la Tierra tardará cincuenta o quinientos años en redescubrir este lugar. ¿Te haces cargo de eso?
–Pues claro.
–Entonces tienes que darte cuenta también de que, puesto que esos enanos pueden faunar nuestras normas verbales (y no sé lo que significa eso) y captar nuestros cuadros mentales, pueden también detectar nuestros propósitos, nuestras motivaciones. Si no las aprueban, como es muy probable, su mejor táctica será destruirnos o, al menos, impedirnos volver. De nada vale una nave sin su tripulación. No tienen más que eliminar a la tripulación, y la nave se convierte en un montón de chatarra oxidándose en un punto del cosmos. Se pudrirá aquí, y con ella el plan de la Tierra.
–Es mejor que se pudra la nave que no su tripulación –comentó una voz.
Searle se volvió.
Era Maguire, sombrero rojo, ropa verde, y poco más de un metro de altura.
Con Maguire había una docena de enanos, machos unos y hembras otros. Searle reconoció a Rifkin a un lado, y también a Mab, que colgaba posesiva del brazo de Maguire. Todo el grupo alcanzaba ahora casi a los hombros de Maguire en vez de llegar apenas a su cintura como antes.
Dos criaturas de acuosos ojos que estaban a la izquierda se acercaron a Wingrove, moviéndose con la chispeante gracia de las bailarinas de ballet. Una de ellas posó su manecita sobre el inmenso puño del terrestre.
–Melusina –dijo Wingrove, mirando a Searle.
Searle no le prestó atención. Acercándose más a la entrada de la nave, dijo a Maguire:
–Habéis encogido. Y seguís encogiendo. Os hundiréis en vuestras botas.
–Lo sé –dijo Maguire–. Este mundo produce grandes efectos sobre uno si no estás continuamente escudado por metal –se encogió de hombros con indiferencia–. ¿Qué más da? ¡No me importa nada! Voy reduciéndome a un tamaño adecuado en vez de seguir siendo grande y feo. Y lo mismo Jacques. Y Reed. Y tú, si sales mucho de la nave.
Poniendo un cuidadoso pie en el peldaño del fondo de la escalerilla, Searle se preparó para una maniobra rápida.
–Me divierto ahora que soy joven y puedo disfrutar –siguió Maguire–. A mí me gusta y no perjudico a nadie, así que pienso seguir. Para empezar, ya me he comprometido con Mab.
–Felicidades –dijo sardónicamente Searle.
Su mente sopesaba afanosa si podría atrapar a Maguire en una maniobra rápida y echarle de cabeza por la entrada de la nave hacia el interior. También si podría confiar en que Wingrove les siguiese por voluntad propia. Tres bastarían para volver con la nave a casa. Al perdido Drouillard podría recogerlo más tarde otra nave y sacarle de aquel enredo. Su gran mano apretó la baranda de la escalerilla.
–¡Se propone agarrarte! –avisó Rifkin.
Maguire sonrió y preguntó a Searle:
–¿Para qué conspiras si ellos pueden faunarte siempre?
Relajando la mano, Searle gruñó:
–¿A qué habéis venido? –centraba la atención en Maguire, evitando mirar a los otros.
–Jacques se ha prometido también. Así que vamos a hacer una fiesta. Aquí hacen muchas fiestas. Queremos que asistas.
–¿Por qué?
–¿Por qué no? Sería absurdo que te quedases ahí sentado en la nave cavilando mientras nosotros nos divertíamos. ¿Qué adelantarías con eso? Vamos, capitán, queremos que vengas; ¿qué nos dices?
–Quiero que volváis los dos aquí –gritó Searle–. Y será mejor que volváis rápido. Aún podéis convencerme de que no lo escriba todo en el libro de ruta; os expulsarán del cuerpo... Se me está acabando la paciencia.
–Vaya una amenaza –se burló Maguire–. Pueden echarme cuando quieran. No me importa nada. Y supongo que a Jacques le importe lo mismo que a mí... o menos. Piensa casarse con Peg y regentar aquí un pequeño establecimiento que se llama Cookery Nook. Comeremos alimentos frescos en vez de proteínas en polvo y píldoras vitamínicas. Beberemos hidromiel en vez de agua destilada. Cantaremos y nos olvidaremos por completo de la nave exploradora 87D –miró de reojo a Wingrove–. Y lo mismo hará Reed dentro de poco, si sabe lo que le conviene –luego volvió a mirar a Searle–. Deja ya de luchar, capitán, hay que saber perder.
–¡Podéis iros al diablo! –declaró Searle.
Una docena de agudos y brillantes ojillos le recorrieron antes de que siguieran su consejo y se fueran. Sentado en el último peldaño de la escalerilla, los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos, miraba fijamente la hierba entre sus pies y la flor de azulejo que se marchitaba cortada a un lado.
Maguire se había ido, y Mab y Rifkin y los demás. Sabía que también se había ido Wingrove, con Melusina y su compañera. Estaba solo, terriblemente solo. Con la masa inútil de la 87D tras él, siguió sentado allí, cavilando, inmóvil, largo, largo rato.
 Pasó los veintidós días siguientes solo, con sus alimentos desecados, su agua destilada y un total silencio. Pasó la mayor parte de este tiempo escribiendo en el libro de navegación, dando pequeños paseos por un pequeño radio, meditando amargamente, y jugando con un amistoso escarabajo color bronce que no podía ni oír ni hablar.
Al vigésimo segundo día estaba harto. Se sentó exactamente en la misma posición en que le habían dejado varios días antes, en el último peldaño de la escalerilla, los codos en las rodillas, la cabeza entre las mano... Hasta el escarabajo se habla ido a alguna misteriosa misión propia.
Sonó un leve rumor en la hierba. Alzó un puco los ojos, vio puntiagudos zapatos verdes con botones de planta. Eran pequeños y muy lindos.
–¡Vete! –dijo ásperamente.
–Mírame.
–¡Lárgate!
–Mírame –su tono no tenía el campanilleo inminente de las otras voces. Hablaba con suavidad y ternura, de un modo que él conocía de antes.
–Te digo que desaparezcas.
–No tendrás miedo de mí, ¿verdad Walter?
Los recuerdos que se agolparon en su mente le hicieron estremecerse. A regañadientes, involuntariamente, alzó los ojos. Su mirada quedó fija en aquella pequeña figura, en aquella cara de brillantes ojos, y no vio nada tal como realmente era. Vio una mujer rubia de ojos castaños y labios generosos. Se levantó lentamente, con la mirada aún fija en la de ella. Tenía la frente cubierta de sudor. Sentía las manos torpes.
–Betty murió estrellada en una nave lunar. Sabría que te parecerías a ella... que serías exactamente igual que ella... ¡Bruja!
Tragó saliva, intentando por todos los medios que su cerebro lograra controlar sus ojos. No era fácil.
–Pero sé que no eres Betty. No puedes serlo.
–Ya sé que lo sabes –se le acercó más; esbeltos muslos, esbeltas caderas, incluso su andar era aquel andar característico que tan bien recordaba–. Yo soy Nivela... hoy. Pero mañana mi nombre puede ser otro.
Alzó la mano para recogerse un rizo de oro obscuro, un gesto familiar que hizo estremecerse a Searle.
–Si soy la imagen que retienes, el recuerdo que atesoras, ¿no soy al mismo tiempo en realidad el recuerdo y la imagen? ¿No lo soy para siempre? ¿No soy... Betty?
 Se llevó una mano a los ojos para borrar aquella visión. Pero entonces le llegó su aroma, un aroma que él conocía. Habló, y sus palabras brotaron como una marea.
–No se lo dije a Wingrove. Esperaba que él lo descubriese por sí solo y que confirmase así mis propias ideas. Yo también anduve un poco por ahí mientras el daba sus paseos, y un día encontré un dolmen, una gran mesa mágica de piedra. Los cuatro corazones grabados sobre el dolmen aún tenían un tallo en el centro. Pude darme cuenta enseguida de que era un trébol de cuatro hojas.
El aroma era fuerte ahora, y se acercaba más. Searle hablaba como un hombre que lucha con el tiempo.
–Entonces recordé que Mab y Peg son nombres favoritos entre vuestra especie, y que Morgaine era más conocida como Morgan le Fay. Recordé que hay entre nosotros una leyenda según la cual, en lejanos tiempos casi olvidados, vuestra gente se fue porque les rechazaban, no les querían. Se fueron, llevándose consigo las semillas de sus hierbas, frutos y flores, y sus artes incomprensibles, sus ciencias mal entendidas a las que muchos aún llaman magia. Se fueron de algún modo extraño por su cuenta, buscando otro mundo más acogedor parecido al que conocían desde hacía mucho, buscando el final del arco iris.
Cuando Searle acabó de hablar, ella no contestó, pero hubo un roce de mariposa sobre la velluda mano del terrestre. Un dedo índice cogió su pulgar. Era un gesto totalmente personal que sólo él y ella sabían. Era, tenía que ser... ¡Betty!
Una inundación de sentimientos nostálgicos le invadió. Se entregó a ella porque rendirse era más fácil que resistir, y más satisfactorio. Terminó así su soledad, su aislamiento, la miró directamente a los ojos, y sólo vio aquellos ojos que tan bien recordaba.
Juntos caminaron por los campos y flores, alejándose de la nave, alejándose de aquel lejano mundo de cosas olvidadas.

De la seguridad y del engreimiento de los cuatro tripulantes de la nave exploradora 114K no podía haber ninguna duda. Amontonándose en el compartimiento de salida, olisquearon el aire fresco, pisaron el suelo acogedor, y celebraron el éxito de su aterrizaje con grandes gritos y gestos, Dos de ellos encontraron un retorcido montón de chatarra, vagamente cilíndrico en su perfil, a unos cientos de metros en dirección norte. Lo investigaron con un interés puramente protocolario, patearon algunas de aquellas piezas informes y polvorientas, y volvieron a su nave.
–¡Amigos, tenemos suerte! –decía entusiasmado Gustav Berners, un sueco muy alto, que hablaba con el capitán James Hayward.
Rió sonoramente mientras observaba a los otros dos miembros de la tripulación, que se entregaban a una sesión de lucha libre improvisada.
–Cuando la tormenta espacial nos empujó fuera de los límites de la frontera de exploración, creí que estábamos perdidos. ¿Quién habría sospechado que acabaríamos dando con un mundo como éste? Es igual que la Tierra. Me siento ya en casa.
–Ay, la Tierra –dijo Hayward–. Es la palabra más dulce que puede oír un viajero del espacio.
–Hay uranio por lo menos para un millón de años –continuó Berners–. Al pasar por aquella colina, los contadores saltaban como si fuese toda de uranio. Y podremos llevárnoslo sin problemas. No hay aborígenes que puedan disputárnoslo.
–No te fíes de las apariencias –dijo Hayward.
 –Aquí viene uno –anunció uno de los luchadores, dejando de machacar a su camarada.
Se agruparon nerviosos alrededor de aquella especie de gnomo que había aparecido de pronto, apreciando su forma humana, su pequeña estatura, su capa púrpura, su ropa verde, sus adornos de plata.
–Son pequeños –comentó Hayward–. Pigmeos semicivilizados. Lo supongo por esa ciudad de juguete que vimos poco antes de aterrizar.
Dirigiendo al gnomo una cordial sonrisa, se indicó a sí mismo y dijo:
–James Hayward.
 Mirándoles con ojos ágiles y agudos como dardos, el gnomo no contestó. Llenaron el silencio presentándose uno a uno. Inmóvil, salvo por sus brillantes y móviles ojos, el gnomo se apoyaba en su palo, mirándoles fijamente y cavilando.
Al cabo de un rato dijo:
–Waltskin –con una vocecita aguda.
–¡Vaya! –dijo uno de los miembros de la tripulación–. Le llamaremos Walter.
Con una ironía inconscientemente profética, canturreó:
–Walter, Walter, llévame al altar.
–Puede hablar, al parecer –comentó Hayward–. No tendremos que mover los brazos como serpientes para hacernos entender. Podemos aprender su idioma o enseñarle el nuestro.
–No hará ninguna falta –aseguró el recién llegado, en perfecto inglés. Se quedaron de pronto mudos.
Por fin, Berners reaccionó y susurró a Hayward:
–Esto facilitará las cosas. Será como quitarle un caramelo a un niño.
–Te confundes –dijo Hayward–. Quieres decir que será como tomarle el pelo a un niño –sonrió y volvió la atención al enano–. ¿Cómo sabes nuestro idioma?
–No lo sé, puedo faunarlo. ¿Cómo podría comunicarse la gente si no pudiésemos faunar las normas verbales de los otros?
Esto fue demasiado para Hayward. Se encogió de hombros y dijo:
–No lo entiendo. He viajado mucho, pero esto es algo nuevo para mí.
Miró esperanzado hacia la ciudad lejana, pensando en las posibilidades de relajarse un poco.
–En fin, tendremos algo que contar cuando volvamos.
–¿Cuando volváis a dónde? –preguntó Waltskin; el Sol brilló sobre el símbolo extraño de cuatro corazones que adornaban sus botones plateados.
–Cuando volvamos –repitió Hayward.
–Oh, sí –dijo el gnomo, con un cambio sutil de énfasis–, cuando volváis.
Utilizó su palo para decapitar algo parecido a una margarita, y esperó a que la conversación se encaminara hacia el inevitable final. Y cuando el momento llegó, sus ojos brillaron mientras se llevaba a la primera víctima.