1
En el primer momento creímos los tres
conocer al hombre para siempre, hacia atrás y hacia adelante. Habíamos estado
tomando cerveza tibia en la vereda del Universal, mientras empezaba una noche
de fines de verano; el aire se alertaba alrededor de los plátanos y los truenos
jactanciosos amagaban acercarse por encima del río.
—Vean —susurró Guiñazú, retrocediendo en
la silla de hierro—. Miren, pero no miren demasiado. Por lo menos, no miren con
avidez y, en todo caso, tengan la prudencia de desconfiar. Si miramos
indiferentes, es posible que la cosa dure, que no se desvanezcan, que en algún
momento lleguen a sentarse, a pedir algo al mozo, a beber, a existir de veras.
Estábamos sudorosos y maravillados,
mirando hacia la mesa frente a la puerta del café. La muchacha era diminuta y
completa; llevaba un vestido justo, abierto sobre el pecho, el estómago y un
muslo. Parecía muy joven y resuelta a ser dichosa, le era imposible cerrar la
sonrisa. Aposté a que tenía buen corazón y le predije algunas tristezas. Con un
cigarrillo en la boca, ansiosa y amplia, con una mano en el peinado, se detuvo
junto a la mesa y miró alrededor.
—Supongamos que todo está en orden —dijo
el viejo Lanza—. Demasiado
próxima a la perfección para ser una enana, demasiado segura y demagógica para
ser una niña disfrazada de mujer. Hasta a nosotros nos miró, tal vez la luz la
ciegue. Pero son las intenciones las que cuentan.
—Pueden seguir mirando —permitió
Guiñazú—, pero no hablen todavía. Acaso sean tal como los vemos, acaso sea
cierto que están en Santa María.
El hombre era de muchas maneras y éstas
coincidían, inquietas y variables, en el propósito de mantenerlo vivo, sólido,
inconfundible. Era joven, delgado, altísimo; era tímido e insolente, dramático
y alegre.
Irresolución de la mujer; después movió
una mano para desdeñar las mesas en la vereda y a sus ocupantes, la alharaca de
la tormenta, el planeta sin primores ni sorpresas que acababa de pisar. Dio un
paso para acercarle una silla a la muchacha y ayudarla a sentarse. Le sonrió
para saludarla, le acarició el pelo y luego las manos, mientras descendía con
lentitud hasta tocar su propio asiento con los pantalones grises, muy estrechos
en las pantorrillas y en los tobillos. Con la misma sonrisa que usaba para la
muchacha y que le había enseñado a copiar, se volvió para llamar al mozo.
—Ya cayó una gota —dijo Guiñazú—. La
lluvia estuvo amenazando desde la madrugada y va a empezar justo ahora. Va a borrar,
a disolver esto que estábamos viendo y que casi empezábamos a aceptar. Nadie
querrá creernos.
El hombre estuvo un rato con la cabeza
vuelta hacia nosotros, mirándonos, tal vez. Con la onda oscura y lustrosa que
le disminuía la frente, con el anómalo traje de franela gris donde el sastre
había clavado una pequeña rosa dura, con su indolencia alerta y esperanzada,
con una amistad por la vida más vieja que él.
—Pero puede ser —insistió Guiñazú— que
los demás habitantes de Santa María los vean y sospechen, o por lo menos tengan
miedo y odio, antes de que la lluvia termine por borrarlos. Puede ser que
alguno pase y los sienta extraños, demasiado hermosos y felices y dé la voz de
alarma.
Cuando llegó el mozo, demoraron en
ponerse de acuerdo; el hombre acariciaba los brazos de la muchacha, proponiendo
con paciencia, dueño del tiempo y repartiéndolo con ella. Se inclinó sobre la
mesa para besarle los párpados.
—Ahora vamos a dejar de mirarlos
—aconsejó Guiñazú.
Yo escuchaba la respiración del viejo
Lanza, la tos que nacía de cada chupada al cigarrillo.
—Lo sensato es olvidarlos, no poder
rendir cuentas a nadie.
Empezó el chaparrón y recordamos haber
dejado de oír los truenos sobre el río. El hombre se quitó el saco y lo puso
sobre la espalda de la muchacha, casi sin necesidad de movimientos, sin dejar
de venerarla y decirle con la sonrisa que vivir es la única felicidad posible.
Ella tironeó de las solapas y estuvo mirando divertida las rápidas manchas
oscuras que se extendían por la camisa de seda amarilla que el hombre había
introducido en el aguacero.
La luz de la U de Universal refulgía en
la humedad de la rosita hierática y mezquina que dilataba el ojal del saco. Sin
dejar de mirar a su marido —yo acababa de descubrir los anillos en las manos
unidas sobre la mesa— ella torció la cabeza para rozar la flor con la nariz.
En el portal donde nos habíamos
refugiado, el viejo Lanza dejó de toser y dijo una broma sobre el caballero de
la rosa. Nos pusimos a reír, separados de la pareja por el estruendo de la
lluvia, creyendo que la frase servía para definir al muchacho y que ya
empezábamos a conocerlo.
2
Todo lo que fuimos sabiendo de ellos no
tuvo interés para mí, hasta cerca de un mes después, cuando la pareja se
instaló en Las Casuarinas.
Supimos que habían estado en el baile
del Club Progreso, pero no quién los invitó. Alguno de nosotros estuvo mirando
bailar a la muchacha toda la noche, diminuta y vestida de blanco, sin olvidar
nunca, cuando se aproximaba al largo y oscurecido mostrador del bar donde su
marido conversaba con los socios más viejos e importantes, sin olvidar
sonreírle con un destello tan tierno, tan espontáneo y regular, que se hacía
imposible no perdonarla.
En cuanto a él, lánguido y largo,
lánguido y entusiasta, otra vez lánguido y con el privilegio de la ubicuidad,
bailó solamente con las mujeres que podían hablarle —aunque no lo hicieran— de
la incomprensión de los maridos y del egoísmo de los hijos, de otros bailes con
valses, one-steps y el pericón final, con limonadas y clericots aguados.
Bailó sólo con ellas y sólo aceptó
inclinar unos segundos sobre hijas y solteras el alto cuerpo vestido de oscuro,
la hermosa cabeza, la sonrisa sin pasado ni prevenciones, la confianza en la
dicha inmortal. Y esto, con distracción cortés y de paso. Ellas, las vírgenes y
las jóvenes esposas sanmarianas —cuenta el observador—, las que de acuerdo al
breve vocabulario femenino no habían empezado aún a vivir y las que habían
dejado prematuramente de hacerlo y rumiaban desconcertadas el rencor y la
estafa, parecían estar allí nada más que para darle, sin falta, un puente entre
mujeres y hombres maduros, entre la pista de baile y los incómodos taburetes
del bar en penumbra donde se bebía con lentitud y se hablaba de la lana y el
trigo. Cuenta el observador.
Bailaron juntos la última pieza y
mintieron tenaces y al unísono para librarse de las invitaciones a comer. El se
fue inclinando, paciente y contenido, sobre las manos viejas que oprimía sin
atreverse a besar. Era joven, flaco, fuerte; era todo lo que se le ocurría ser
y no cometió errores.
Durante la cena, nadie preguntó quiénes
eran y quién los había invitado. Una mujer esperó un silencio para recordar el
ramo de flores que había tenido la muchacha en el costado izquierdo del vestido
blanco. La mujer habló con parsimonia, sin opinar, nombrando simplemente un
ramo de flores de paraíso sujeto al vestido por un broche de oro. Arrancado tal
vez de un árbol en cualquier calle solitaria o en el jardín de la pensión, de
la pieza o del agujero en que estuvieron viviendo durante los días inmediatos
al Victoria y que ninguno de nosotros logró descubrir.
3
Casi todas las noches, Lanza, Guiñazú y
yo hablábamos de ellos en el Berna o en el Universal, cuando Lanza terminaba de
corregir las pruebas del diario y se nos acercaba rengueando, lento, bondadoso,
moribundo y encima de las manchas de sol que habían caído sin viento de las
tipas.
Era un verano húmedo y yo estaba por
entonces al borde de la salvación, próximo a aceptar que había empezado la
vejez; pero todavía no. Me juntaba con Guiñazú y hablábamos de la ciudad y de
sus cambios, de testamentarías y de enfermedades, de sequías, de cuernos, de la
pavorosa rapidez con que aumentaban los desconocidos. Yo esperaba la vejez, y
acaso Guiñazú esperara la riqueza. Pero no hablábamos de la pareja antes de la
hora variable en que Lanza salía de El Liberal. Llegaba rengo y más flaco,
terminaba de toser y de insultar al regente y a toda la raza de los Malabia,
pedía un café como aperitivo y refregaba el pañuelo mugriento en los anteojos.
Por aquel tiempo yo miraba y oía más a Lanza que a Guiñazú, trataba de aprender
a envejecer. Pero no servía; ésa y dos cosas más no pueden ser tomadas de otro.
Alguno, cualquiera de nosotros,
mencionaba a la pareja, y los demás íbamos aportando lo que podíamos, sin
preocuparnos de que fuera poco o mucha,
como verdaderos amigos.
—Bailan, son bailarines, eso puede
afirmarse, y no es posible decir otra cosa, si hemos jurado decir solamente
verdades para descubrir o formar la verdad. Pero no hemos jurado nada. De modo
que las mentiras que pueda acercar cada uno de nosotros, siempre que sean de
primera mano y que coincidan con la verdad que los tres presentimos, serán
útiles y bienvenidas. El Plaza ya no es lo bastante moderno y lujoso para
ellos. Hablo de los forasteros en general, y me alegro de que sea así. En
cuanto a éstos, vinieron por la balsa y fueron directamente al Victoria, dos
piezas con baño y sin comida. Podemos imaginarlos abrazados en la borda
—mirando con interés y desamor, defendiéndose de los peligros del desdén y el
optimismo— desde que el barco empezó a empinarse sobre la correntada de mitad
del río y viró hacia Santa María. Medían cada metro de los edificios de más de
un piso, calculaban la extensión del campo de operaciones, preveían puntos
débiles y emboscadas, valoraban la intensidad de uno de nuestros mediodías de
verano. Ellos, él con el brazo izquierdo amparando casi la totalidad del cuerpo
de la enana pensativa y ella mirando hacia nosotros como un niño pensativo,
mordiendo los pétalos de las rosas que él había bajado a comprarle en el muelle
de Salto. Ellos, después, rodando hacia el Victoria en el coche de modelo más
nuevo que pudieron encontrar en la fila estrepitosa del embarcadero; seguidos
una hora después por el carricoche cargado de valijas y un baúl. Traían una
carta para el gordo, amanerado bisnieto de Latorre; y es forzoso que hayan
sabido desde la tarde del primer día que nosotros no lo conocíamos, que no
estábamos interesados, que tratábamos de olvidarlo y segregarlo del mito latorrista, construido con impaciencia, candor y malicia por los
hombres nostálgicos y sin destino de tres generaciones. Supieron, en todo caso,
que el bisnieto estaba en Europa. —No importa —dijo él, con su rápida sonrisa
exacta—. Es un lugar simpático, podemos quedarnos un tiempo.
De modo que se quedaron, pero ya no pudo
ser en el Victoria. Dejaron las dos habitaciones con baño, se escondieron con
éxito y sólo pudimos verlos en la comida única y nocturna en el Plaza, en el
Berna o en los restaurantes de la costa, mucho más pintorescos y baratos. Así,
una semana o diez días, hasta el baile en el Club Progreso. Y, en seguida, una
pausa en la que los creímos perdidos para siempre, en la que describimos con
algún ingenio su arribo a cualquier otra ciudad costera, confiados y un poco
envanecidos, un poco displicentes por la monótona regularidad de los triunfos,
para seguir representando La vida será siempre hermosa o la Farsa del
amor perfecto. Pero nunca nos pusimos de acuerdo respecto al nombre del empresario,
y me empeñé en oponer a todas las teorías soeces una interpretación teológica
no más absurda que el final de esta historia. Terminó la pausa cuando supimos
que estaban viviendo, o por lo menos dormían, en una de las casitas de techo
rojo de la playa, una de la docena que había comprado Specht —por el precio que
quiso, pero al contado— al viejo Petras, cuando se inició la parálisis del
astillero y los melancólicos empezamos a decir que ninguna locomotora correría
por los rieles que habían hecho medio camino, un cuarto y un cuarto, entre El
Rosario y Puerto Astillero. Dormían en la casita de Villa Petras, de doce de la
noche a nueve de la mañana. El chófer de Specht —Specht era entonces presidente
del Club Progreso— los traía y los llevaba. Nunca pudimos saber dónde desayunaban; pero las otras tres comidas las hacían en la
casa de Specht, frente a la plaza vieja, circular, o plaza Brausen, o plaza del
Fundador. También se supo que nunca firmaron un contrato de alquiler por la
casa en la playa. Specht no estaba interesado en hablar de sus huéspedes y
tampoco en huir del tema. Confirmaba en el club:
—Sí, nos visitan todos los días. La
distraen. Como no tenemos hijos.
Pensamos que la señora Specht, si
quisiera hablar, podría darnos la clave de la pareja, sugerirnos definiciones y
adjetivos. Los que inventábamos, no llegaban a convencernos. Eran, ella y él,
demasiado jóvenes, temibles y felices para que el precio y el porvenir
consistieran en los que se ofrece a los criados: casa, comida y algún dinero de
bolsillo que la señora Specht les obligara a recibir sin que ellos lo pidieran.
Tal vez este período haya durado unos
veinte días. Por aquel tiempo el verano fue alcanzado por el otoño, le permitió
algunos cielos vidriados en el crepúsculo, mediodías silenciosos y rígidos,
hojas planas y teñidas en las calles.
Durante aquellos veinte días, el
muchacho y la pequeña llegaban a la ciudad todas las mañanas a las nueve,
traídos por el coche de Specht desde la frescura de la playa hasta el estío
rezagado en la plaza vieja. Podíamos verlos —yo no tuve dificultad— sonriendo
al chófer, al olor a cuero del automóvil, a las calles y a su menguado trajín
matinal; a los árboles de la plaza y a los que asomaban por encima de las
tapias, a los hierros y los mármoles de la entrada de la casa, a la mucama y a
la señora Specht. Sonriendo después, todo el día, la misma sonrisa de hermandad
con el mundo, menos pura y convincente la de ella, con dimensiones y brillos
apenas equivocados. Y, a pesar de todo, siendo útiles desde la mañana hasta el
regreso, inventándose tareas, remendando muebles, limpiando las teclas del
piano, preparando en la cocina alguna de las recetas que él sabía de memoria o
improvisaba. Y eran útiles, principalmente, modificando los vestidos y los
arreglos de la señora Specht, celebrando después los cambios con admiraciones
discretas y plausibles. Eran útiles alargando las veladas hasta el primer
bostezo de Specht, coincidiendo con él en lugares comunes desilusionados e
inmortales, o limitándose a escuchar con avidez proezas autobiográficas. (Ella,
no del todo, claro; ella susurrando en dúo con la señora Specht la llana música
de fondo —modas, compotas y desdichas— que conviene a los temas épicos de la
charla masculina.)
—No el caballero de la rosa —terminó por
proponer Lanza— sino el chevalier servant. Dicho sin desprecio,
probablemente. Eso se verá.
Se supo que Specht los echó sin
violencia la mañana siguiente a una fiesta que dio en su casa. Como siempre, el
chófer llegó aquel domingo a las nueve al chalet de la playa; pero en lugar de
recogerlos entregó una carta, cuatro o cinco líneas definitivas y corteses
escritas con la letra clara y sin prisas que se dibuja en las madrugadas. Los
echó porque se habían emborrachado; porque encontró al muchacho abrazado a la
señora Specht; porque le robaron un juego de cucharas de plata que tenían
grabados los escudos de los cantones suizos; porque el vestido de la pequeña
era indecente en un pecho y en una rodilla; porque al fin de la fiesta bailaron
juntos como marineros, como cómicos, como negros, como prostitutas.
La última versión pudo hacerse verdadera
para Lanza. Una madrugada, después del diario y del Berna, los vio en uno de
los cafetines de la calle Caseros. Empezaba a terminar una noche caliente y
húmeda, y la puerta del negocio estaba abierta, sin la cortina velluda, sin
promesas ni trampas. Se detuvo para burlarse y encender un cigarrillo y los
vio, solos en la pista, rodeados por la fascinación híbrida de la escasa gente
que quedaba en las mesas, bailando cualquier cosa, un fragor, un vértigo, un
prólogo del ayuntamiento.
—Porque aquello tendría, estoy seguro,
un nombre cualquiera que no pasa de eufemismo. Y tampoco aquello pasaba de
danza tribal, de rito de esponsales, de las vueltas y las detenciones con que
la novia rodea y liga al varón, de las ofertas que se interrumpen para irritar
a la demanda. Sólo que aquí era ella la que se dejaba estar, un poco torpe, con
los movimientos amarrados, frotando el suelo con los pies y sin despegarlos,
haciendo oscilar el cuerpo diminuto y abundante, persiguiendo al hombre con su
paciente sonrisa deslumbrada y con las palmas de las manos, que había alzado
para protegerse y mendigar. Y era él quien bailaba alrededor, quebrándose de
cintura al alejarse y venir, prometiendo y rectificando con la cara y con los
pies. Bailaban así porque estaban los demás, pero bailaban sólo para ellos, en
secreto, protegidos de toda intromisión. El muchacho tenía la camisa abierta
hasta el ombligo; y todos nosotros podíamos verle la felicidad de estar
sudando, un poco borracho y en trance, la felicidad de ser contemplado y de
hacerse esperar.
4
Entonces, por primera vez y como estaba
predicho, tuvieron que acercarse a nosotros. En mitad de una mañana el hombre
llegó al estudio de Guiñazú, recién bañado y oliendo a colonia, envolviéndose
los dedos con un billete de cincuenta pesos doblado a lo largo.
—No puedo pagar más, por lo menos al
contado. Dígame si alcanza como precio de una consulta.
“Lo hice sentar mientras pensaba en
ustedes, inseguro de que fuera él. Me recosté en el sillón y le ofrecí un café,
sin contestarle, exigiéndole permiso para firmar unos escritos. Pero cuando
sentí que mi antipatía sin causa no podía sostenerse y que la iban sustituyendo
la curiosidad y una forma casi impersonal de la envidia; cuando admití que lo
que cualquiera hubiera llamado insolencia o descaro podía ser otra cosa,
extraordinaria y casi mágica por lo rara, comprendí sin dudas que mi visitante
era el tipo de la camisa amarilla y la rosita en el ojal que habíamos visto
aquella noche de lluvia en la vereda del Universal. Quiero decir, aunque me
empecine en la antipatía: un hombre congénitamente convencido de que lo único
que importa es estar vivo y, en consecuencia, convencido de que cualquier cosa
que le toque vivir es importante y buena y digna de ser sentida. Le dije que
sí, que por cincuenta pesos, tarifa de amigo, podía decirle, con aproximación
de meses, qué pena estaba autorizado a esperar de códigos, fiscales y jueces. Y
qué podía intentarse para que la pena no se cumpliera. Quería escucharlo y
quería, sobre todo, sacarle el billete verde que enredaba distraído en los
dedos como si estuviera seguro de que conmigo bastaba mostrarlo.
“Desplegó por fin el billete y lo puso
encima del escritorio; lo guardé en mi cartera y hablamos un minuto de Santa
María, panoramas y clima. Me contó una historia sobre la carta que había traído
para Latorre y me preguntó si le era posible quedarse a vivir en el chalet de
la playa —él y ella, claro, tan joven y esperando un niño— a pesar del
distanciamiento con Specht, a pesar de que no existía otra cosa que lo que él
llamaba un contrato verbal de alquiler. Lo pensé un rato y elegí decirle que
sí; le expliqué lentamente cuáles eran sus derechos, citando números y fechas
de leyes, anécdotas que sentaban jurisprudencia. Aconsejé depositar en el
juzgado una suma razonable en concepto de alquiler y emplazar a Specht para el
perfeccionamiento del contrato existente, verbal y de hecho.
“Vi que estas palabras le gustaban;
movía la cabeza asintiendo, con una media sonrisa placentera, como si escuchara
una música preferida, distante, bien ejecutada. Me pidió, acusándose por no
haber entendido, que le repitiera una o dos frases. Pero nada más, no exhibió
ningún verdadero entusiasmo o alivio, desgraciadamente. Porque cuando di por
terminada la pausa y le dije con voz soñolienta que todo lo anterior
correspondía fielmente a la teoría de derecho aplicable al caso, pero que, en
la sucia práctica sanmariana, sería suficiente que Specht hablara por teléfono
con el jefe del Destacamento para que él y la joven señora que esperaba un niño
fueran trasladados desde el chalet a un punto cualquiera situado a dos leguas
del límite de la ciudad, se puso a reír y me miró como si yo fuera su amigo y
acabara de hacer una broma memorable. Parecía tan entusiasmado, que saqué la
cartera para devolverle los cincuenta pesos. Pero no cayó en la trampa. Extrajo
del bolsillo delantero del pantalón un relojito de oro que en algún tiempo se
había llamado chatelaine, lamentó tener compromisos y la inseguridad de
que aquella charla de negocios pudiera convertirse algún día en el diálogo de
la verdadera amistad. Le apreté la mano con fuerza, sospechando que estaba en
deuda con él por cosas de mayor importancia que los cincuenta pesos que acababa
de estafarle.”
5
Entonces desaparecieron, fueron vistos
mezclados con viajantes en los sábados del Club Comercial, otra vez no se supo
de ellos, y surgieron de golpe, instalados en Las Casuarinas.
Muy cerca de nosotros y del escándalo,
esta vez. Porque Guiñazú era abogado de doña Mina Fraga, la dueña de Las
Casuarinas; yo la visitaba cuando el doctor Ramírez no estaba en Santa María, y
Lanza había terminado de pulir, el invierno anterior, una pieza necrológica
titulada Doña Herminia Fraga, de siete exactos centímetros de columna, quejosa
aunque ambigua y que aludía principalmente a las virtudes colonizadoras del
difundo padre de doña Mina.
Cerca del escándalo porque doña Mina,
entre la pubertad y los veinte años, se había escapado tres veces. Se fue con
un peón de estancia y la trajo el viejo Fraga a rebencazos, según la leyenda,
que agrega la muerte del seductor, su entierro furtivo y un acuerdo económico
con el comisario de 1911. Se fue, no con, sino detrás del mago de un circo que
era apropiadamente feliz con su vocación y su mujer. La trajo la policía, a
instancias del mago. Se fue, en los días de la casi revolución del 16, con un
vendedor de medicinas para animales, un hombre bigotudo, afectado y resuelto
que había hecho buenos negocios con el viejo Fraga. Esta fue la más larga de
sus ausencias y volvió sin ser llamada ni traída. En esta época Fraga estaba
terminando Las Casuarinas, un caserón en la ciudad, para dote de su hija o
porque estaba harto de vivir en la estancia. Se habló entonces de una crisis
religiosa de la muchacha, de su entrada en un convento y de un cura inverosímil
que se negó a propiciar el plan porque no creía en la sinceridad de doña Mina.
Lo cierto es que Fraga, que recordaba sin jactancia no haber pisado nunca una
iglesia, hizo levantar una capilla en Las Casuarinas antes de que estuviera
terminada la casa. Y cuando murió Fraga la muchacha arrendó a los precios más
altos posibles la estancia y todos los campos heredados, se instaló en Las
Casuarinas y convirtió la capilla en habitaciones para huéspedes o jardineros.
Durante cuarenta años, fue pasando de un nombre a otro, de Herminia a doña
Herminita y a doña Mina. Terminó en la vejez, en la soledad y en la
arterioesclerosis, ni vencida ni añorante.
Allí estaban, entonces, los amantes
caídos sobre nosotros desde el cielo de una tarde de tormenta. Instalados como
para siempre en la capilla de Las Casuarinas, repitiendo ahora, día y noche, en
condiciones ideales respecto a decorados, público y taquilla, la obra cuyo ensayo
general habían hecho en casa de Specht.
Las Casuarinas está bastante alejada de
la ciudad, hacia el norte, sobre el camino que lleva a la costa. Allí los vio
Ferragut, el escribano asociado con Guiñazú, una mañana de domingo. A los tres
y al perro.
—Había estado lloviendo en la madrugada;
un par de horas de agua y viento. De manera que a las nueve el aire estaba
limpio y la tierra un poco húmeda, retinta y olorosa. Dejé el coche en la parte
alta del camino y los vi casi en seguida, como en un cuadro pequeño, de esos de
marco ancho y dorado, inmóviles y sorprendentes mientras yo iba bajando hacia
ellos. El en último plano, con un traje azul de jardinero, hecho de medida,
juraría; arrodillado frente a un rosal, mirándolo sin tocarlo, haciendo
sonrisas de probada eficacia contra hormigas y pulgones; rodeado, en beneficio
del autor del cuadro, por los atributos de su condición: la pala, el rastrillo,
la tijera, la máquina de cortar pasto. La muchacha estaba sentada sobre una
colchoneta de jardín, con un sombrero de paja que casi le tocaba los hombros,
con una gran barriga en punta, las piernas a la turca cubiertas por una amplia
pollera de colores, leyendo una revista. Y junto a ella, en un sillón de mimbre
con toldo, doña Mina sonreía a la gloria matutina de Dios, el asqueroso perro
lanudo en la falda. Todos estaban en paz y eran graciosos; cada uno cumplía con
inocencia su papel en el recién creado paraíso de Las Casuarinas. Me detuve
intimidado en el portoncito de madera, sabiéndome indigno e intruso; pero la
vieja me había hecho llamar y ya estaba moviendo una mano y arrugando la cara
para distinguirme. Estaba disfrazada con un vestido sin mangas, abierto sobre
el pecho. Me presentó a la muchacha —“una hijita”—, y cuando el tipo terminó de
amenazar a las hormigas y vino balanceándose y armando la sonrisa, doña Mina se
puso a reír, remilgada, como si le hubiera dicho una galantería lúbrica.
Ricardo era el nombre del tipo. Había estado arañando la tierra hasta
ensuciarse las uñas y ahora se las miraba preocupado pero sin perder la
confianza: “Vamos a salvar casi todo, doña Mina. Como le había dicho, los
plantaron demasiado juntos. Pero no importa”. No importaba, todo era fácil;
resucitar rosales secos o cambiar agua en vino.
—Perdón —dijo Guiñazú—. ¿Sabía, él, que
eras el escribano, que la vieja te había llamado, que existe una cosa llamada
testamento?
—Sabía, estoy seguro. Pero tampoco esto
importaba.
—El sí, debe estar seguro.
—Y cuando la vieja le pasó el perro
agónico y legañoso a la muchacha que continuaba apoyando las nalgas en los
talones y manoteó a ciegas el bastón para levantarse e ir conmigo hacia la
casa, el tipo dio un salto y quedó inclinado junto a ella para ofrecerle el
brazo. Iban adelante, muy lento; él le explicaba, a medida que la iba inventando,
la idiosincrasia del desconocido que había plantado los rosales; ella se
detenía a reír, para pellizcarle, para golpearse los ojos con un pañuelito. En
el escritorio el tipo me la entregó sentada y pidió permiso para seguir
conversando con las hormigas. —Bueno —tanteó Guiñazú, jugando con un vaso—. Tal
vez Santa María tenga razón al condenar lo que está pasando en Las Casuarinas.
Pero si el dinero, en lugar de ir a cualquier pariente del campo, les cae al
jardinero amateur y a la dama de compañía y al niño que no acaba de
nacer... ¿Cuánto puede vivir la vieja? —me preguntó.
—No se puede decir. De dos horas a cinco
años, pienso. Desde que tiene huéspedes abandonó el régimen de comidas. Para
bien o para mal.
—Sí —continuó Guiñazú—, ellos pueden
ayudarla. —Se volvió hacia Ferragut: —
¿Tiene mucho dinero?
¿Cuánto? —Tiene mucho dinero —dijo Ferragut. —Gracias. ¿Modificó ese
domingo el testamento? —Me confesó, porque me estuvo hablando todo el tiempo en
tono de confesión, que era la primera vez en su vida que se sentía querida de
verdad. Que la enana preñada era más buena con ella que toda verdadera hija
imaginable, que el tipo era el mejor, más fino y comprensivo de los hombres y
que si la muerte venía ahora a buscarla, tendría, ella, doña Mina, la felicidad
de saber que el repugnante perro incontinente quedaría en buenas manos.
Lanza
empezó a reír convulsivamente atorándose
con sonidos tristones. Nos miró las caras y encendió un cigarrillo.
—Tenemos poco de que alimentarnos
—dijo—. Y todo se declara valioso. Pero ésta es una vieja historia. Sólo que
rara vez, por lo que sé, se ha dado de manera tan perfecta. De modo que en el
testamento anterior, dígame usted, dejaba la fortuna a curas o parientes.
—A parientes. —Y esa mañana modificó el
testamento.
—Y esa mañana modificó el testamento
—repitió Ferragut.
6
Vivían en Las Casuarinas, desterrados de
Santa María y del mundo. Pero algunos días, una o dos veces por semana,
llegaban a la ciudad de compras en el inseguro Chevrolet de la vieja.
Los pobladores antiguos podíamos evocar
entonces la remota y breve existencia del prostíbulo, los paseos que habían
dado las mujeres los lunes. A pesar de los años, de las modas y de la
demografía, los habitantes de la ciudad continuaban siendo los mismos. Tímidos
y engreídos, obligados a juzgar para ayudarse, juzgando siempre por envidia o
miedo. (Lo importante a decir de esta gente es que está desprovista de
espontaneidad y de alegría; que sólo puede producir amigos tibios, borrachos
inamistosos, mujeres que persiguen la seguridad y son idénticas e
intercambiables como mellizas, hombres estafados y solitarios. Hablo de los
sanmarianos; tal vez los viajeros hayan comprobado que la fraternidad humana
es, en las coincidencias miserables, una verdad asombrosa y decepcionante.)
Pero el desprecio indeciso con que los
habitantes miraban a la pareja que recorría una o dos veces por semana la
ciudad barrida y progresista era de esencia distinta a la del desprecio que
habían usado años atrás para medir los pasos, las detenciones y las vueltas de
las dos o tres mujeres de la casita en la costa que jugaron a ir de compras en
las tardes del lunes de algunos meses. Porque todos sabíamos un par de cosas
del muchacho lánguido sonreidor y de la mujer en miniatura que había aprendido
a equilibrar sobre los altos tacos la barriga creciente, que avanzaba por las
calles del centro, no demasiado lenta, echada hacia atrás, apoyada con la nuca
en la mano abierta de su marido. Sabíamos que estaban viviendo del dinero de
doña Mina; y quedó establecido que, en este caso, el pecado era más sucio e
imperdonable. Tal vez porque se trataba de una pareja y no sólo de un hombre, o
porque el hombre era demasiado joven, o porque ellos dos nos eran simpáticos y
demostraban no enterarse.
Pero también sabíamos que el testamento
de doña Mina había sido modificado; de manera que, al mirarlos pasar,
agregábamos al desdén una tímida y calculada oferta de amistad, de comprensión
y tolerancia. Ya se vería qué, cuando fuera necesario.
Lo que se vio en seguida fue la fiesta
de cumpleaños de doña Mina. Por nosotros la vio Guiñazú.
Dijeron —y lo decían mujeres viejas y
ricas, que fueron invitadas y dieron excusas— que a doña Mina le era imposible
cumplir años en marzo. Hasta ofrecieron mostrar fotografías verdosas, imágenes
conservadas de la infancia respetable de doña Mina, donde ella debía estar
ocupando el centro, la única niña sin sombrero, en el jardín inconcluso de Las
Casuarinas, en su fiesta de cumpleaños, entre niñas con bonetes peludos, con
abrigos de solapas, cuellos y alamares de pieles.
Pero no mostraron las fotografías ni
fueron. A pesar de que el muchacho lo había prometido o, por lo menos, hizo
todo lo posible. Mandó hacer unas invitaciones en papel blando amarillo con
letras negras en relieve. (Lanza corrigió las pruebas.) Durante tres o cuatro
días recorrieron las calles de la ciudad y los caminos de las quintas en un
tílburi misteriosamente desenterrado. Con llantas de gomas nuevas, recién
pintado de verde oscuro y de negro débil, con un gigantesco caballo de estatua,
gordo, asmático, un animal de arado o de noria que ahora arrastraba a la
pareja, enfurecido, babeante y al borde del síncope. Y ellos pasaban con
uniforme de repartidores de invitaciones, erguidos sin dureza detrás de la
rotunda grupa de la bestia, con sus gemelas, distraídas sonrisas, con el látigo
inútil.
—Pero no consiguieron nada, o muy poco—
nos contó Guiñazú—. Tal vez, se me ocurre, si él hubiera podido hacerse ver y
escuchar por cada una de las viejas a cuya casa iba a mendigar... La verdad es
que aquel sábado no lograron atraer a nadie, hombre o mujer, con derecho
indiscutible a ser nombrado en las columnas sociales de El Liberal. Llegué más
cerca de las nueve que de las ocho y ya había gente con botellas afincada en la
oscuridad del jardín. Subí la escalinata sin ganas, o con ganas de terminar
pronto con todo aquello, respirando la ternura de la leña quemada en algún
sitio próximo, escuchando la música que venía desde adentro, la música noble,
adelgazada y orgullosa que no había sido hecha ni sonaba para mí ni para
ninguno de los habitantes de la casa o del jardín.
En el vestíbulo oscuro una pardita con
delantal y cofia se alzó frente al montón de sombreros y abrigos de mujeres.
Pensé que la hubieran disfrazado y puesto allí para anunciar en voz alta a los
visitantes.
Primero, por casualidad, porque él
estaba cerca de la cortina de pana y naftalina, vi al tipo, al muchacho, al
hombre de la rosita en el ojal. Después crucé entre la morralla endomingada y
fui a saludar a doña Mina. Cabía mal en el sillón de patas retorcidas, recién
tapizado; no dejó de acariciar el hocico del perro hediondo. Tenía encajes en
las manos y en el escote. Le dije dos cumplidos y retrocedí un paso; entonces
vi rápidamente los ojos, los de ella y los de la enana perfecta, sentada en la
alfombra, la cabeza apoyada en el sillón. Los de la preñada tenían una
expresión de dulzura estúpida, de felicidad física inconmovible.
Los ojos de la vieja me miraban
contándome algo, seguros de que yo no era capaz de descubrir de qué se trataba;
burlándose de mi incomprensión y también, anticipadamente, de lo que pudiera
comprender equivocándome. Los ojos, estableciendo por un instante conmigo una
complicidad despectiva. Como si yo fuera un niño; como si se desnudara frente a
un ciego. Los ojos todavía brillantes, sin renuncia, acorralados por el tiempo,
chispeando un segundo su impersonal revancha entre las arrugas y los colgajos.
El muchacho de la rosa estuvo poniendo
discos durante media hora más. Cuando estuvo harto o se sintió seguro, fue a
buscar a la enana encinta, la alzó y empezaron a bailar en medio de la sala,
rodeados por el espontáneo retroceso de los demás, decididos a vivir, a
soportar con alegría, a prescindir de esperanzas concretas. El balanceándose
con pereza, entreverando los pies en la alfombra vinosa y chafada; ella aún más
lenta, milagrosamente no alterada de veras por la enorme barriga que iba
creciendo a cada vuelta de la danza sabida de memoria, que podía bailar sin
errores, sorda y ciega.
Y nada más hasta el fin, hasta la
construcción exasperada del monumento vegetal que da interés a esta historia y
la despoja de sentido. Nada realmente importante hasta la pira multicolor y
jugosa, abrumadora, de intención desconocida, quemada en tres días por la
escarcha de mayo.
Lanza y Guiñazú habían visto mucho más,
habían estado, en dos o tres ocasiones, más próximos que yo al corazón engañoso
del asunto. Pero a mí me tocó el inservible desquite de ir a Las Casuarinas a
las tres de la mañana; de que el muchacho viniera a buscarme con el gigantesco
caballo jadeante en la noche azul y fría; de que me ayudara a abrigarme con una
distraída cortesía desprovista de ofensa; de que me anticipara en el camino
—mientras insultaba cariñosamente al caballo e iba exagerando la atención a las
riendas— el final que habíamos estado
previendo y acaso deseando, por la simple necesidad de que pasen cosas.
Las ancas del caballo resoplante
moviéndose acompasadas bajo la luna, el ruido ahuecado del trote, dispuesto a
llevarme a cualquier lado. El muchacho iba mirando el camino desierto con la
esperanza de descubrir peligros u obstáculos, las manos protegidas por gruesos
guantes viejos, innecesariamente alejadas del cuerpo.
—La muerte —dijo. Le miré los dientes
rabiosos; la nariz demasiado bien hecha; la expresión adecuada a la noche de
otoño, al frío que atravesábamos, a mí, a lo que él suponía encontrar en la
casa—. De acuerdo. Pero no el miedo, ni el respeto, ni el misterio. El asco, la
indignación por una injusticia definitiva que hace, a la vez, que todas las
anteriores injusticias no importen y se conviertan en imperdonables. Estábamos
durmiendo y nos despertó el timbre; yo le había puesto un timbre al lado de la
cama. Trataba de sonreír y todo parecía ir bien por su voluntad y con su
permiso, como siempre. Pero estoy seguro de que no nos veía, esperando con toda
la cara un ruido, una voz. Enderezada encima de las almohadas, deseando oír
algo que no podíamos decirle nosotros. Y como la voz no llegaba, empezó a mover
la cabeza, a inventarse un idioma desconocido para hablar con cualquier otro,
tan velozmente que era imposible que la entendieran, anticipándose a las
respuestas, defendiéndose de ser interrumpida. Personalmente, creo que estaba
disputándose algo con una amiga de la juventud. Y después de unos diez minutos
de murmullo vertiginoso se hizo indudable que la amiga, una niña casi, estaba
siendo derrotada y que ella, doña Mina, iba a quedarse para siempre con el
atardecer glicinoso y jazminoso, con el hombre de párpados lentos, rizado, un
bastoncito de Jacaranda en la axila. Por lo menos, fue eso lo que entendí y
sigo creyéndolo. La rodeamos de botellas con agua caliente, le hicimos tomar
las píldoras, até el caballo y me vine a buscarlo. Pero era la muerte. Usted no
puede hacer otra cosa que firmar el certificado y pedir mañana la autopsia.
Porque toda Santa María está condenada a pensar que yo la envenené, o que
nosotros, mi mujer, el feto y yo, la envenenamos para heredarla. Pero, por
suerte, como usted comprobará cuando le abra los intestinos, la vida es mucho más complicada.
La mujercita, vestida de luto, como si
hubiera traído las flamantes ropas negras en sus valijas en previsión de
aquella noche, había encendido velas junto a la cabeza desconcertada de doña
Mina, había desparramado unas cuantas violetas prematuras y pálidas sobre los
pies de la cama y nos esperaba de espaldas y arrodillada, con la cara entre las
manos y encima de la colcha blanca y barata, traída tal vez del cuarto de la
sirvienta.
Continuaron viviendo en la casa y, como
decía Lanza en el Berna espiando la cara de Guiñazú —más fina por aquellos
días, más taimada y profesional— nadie podría echarlos mientras no se abriera
el testamento y quedara demostrado que existía alguien con derecho a echarlos,
o que era de ellos el derecho a marcharse luego de haber vendido. Guiñazú le
daba la razón y sonreía.
—No hay apuro. Como albacea, puedo
esperar tres meses para llevar el testamento al juzgado. Salvo que aparezca
algún pariente con pretensiones razonables. Entretanto, ellos siguen viviendo
en la casa; y son de esa rara gente que queda bien en cualquier parte, que
mejora o da sentido a los lugares. Todos estamos de acuerdo. Los he visto bajar
de compras cada semana, como siempre, y hasta pude averiguar cómo se las
arreglan para seguir comprando. Pero no hablé con ellos. Y no hay motivo para
apurarse. Es probable que hayan tomado por su cuenta la sala grande de Las
Casuarinas y la estén convirtiendo en museo para perpetuar la memoria de doña
Mina. Según creo, disponen de vestidos, sombreros, parasoles y botinas
suficientes para ilustrar esa vida prócer desde la guerra del Paraguay a
nuestros días. Y tal vez hayan descubierto paquetes de cartas, daguerrotipos y
bigoteras, píldoras para desarrollar el busto, una lapicera de marfil labrado y
ampollas de afrodisíaco. Con esos elementos, si saben usarlos, lograrán que
cualquier visitante del museo pueda reconstruir fácilmente la personalidad de
doña Mina, para orgullo de todos nosotros, constreñidos por la historia a la
pobreza de un solo héroe, Brausen el Fundador. Nada nos apura.
(Pero yo sospechaba que lo estaba
apurando el deseo, la impura esperanza de que el muchacho de la rosa volviera a
visitar la escribanía para pedir la apertura del testamento o la sucesión. Que
lo estaba esperando para desquitarse del confuso encanto que le impuso el
muchacho la mañana en que fue a visitarlo y le pagó cincuenta pesos por nada.)
—Nada nos apura —seguía Guiñazú—; y por
el momento, en apariencia, nada los apura a ellos. Porque, para los
sanmarianos, la maldición tácita que exiló de nuestras colectivas inmundicias
hace medio siglo la inmundicia personal de doña Mina, quedó sin efecto y sin
causa a partir de la noche del velorio. Desde entonces, después del duelo, los
más discretos de nosotros, los chacareros y los comerciantes voluntariosos, y
hasta las familias que descienden de la primera inmigración, empezaron a querer
a la pareja sin trabas, con todas las ganas que tenían de quererla. Empezaron a
ofrecerle sus casas y créditos ilimitados. Especulando con el testamento,
claro, haciendo prudentes o audaces inversiones de prestigios y mercaderías,
apostando a favor de la pareja. Pero, además, insisto, haciendo todo esto con
amor. Y ellos, los bailarines, el caballero de la rosa y la virgen encinta que
vino de Liliput, demuestran estar a la altura exacta de esta pleamar de cariño,
indulgencia y adulaciones que alza la ciudad para atraerlos. Compran lo
imprescindible para comer y ser felices, compran lana blanca para el niño y
galletas especiales para el perro. Agradecen las invitaciones y no pueden
aceptarlas porque están de luto. Los imagino de noche en la sala grande, sin
nadie para quien bailar, cerca del fuego y rodeados por las primeras piezas
desordenadas del museo. A cambio de escucharlos, le devolvería con gusto al
tipo los cincuenta pesos de los honorarios y pondría otro billete encima. A
cambio de escucharlos, de saber quiénes son, de saber quiénes y cómo somos
nosotros para ellos. Guiñazú no nos dijo una palabra sobre el testamento, sobre
las modificaciones dictadas por la vieja a Ferragut, hasta que llegó el momento
exacto en que tuvo ganas de hacerlo. Tal vez se haya cansado de esperar la
visita del muchacho, la confesión tácita que lo autorizaría a juzgarlo.
Tuvo ganas de hacerlo un mediodía caluroso
de otoño. Almorzó con nosotros, puso sobre el antepecho de la ventana del Berna
el portafolio castaño que había comprado antes de recibirse y está siempre
flamante, como hecho con el cuero de un animal joven y aún vivo, sin huellas de
litigios, corredores de tribunales, suciedades transportadas. Lo cubrió con el
sombrero y nos dijo que llevaba el testamento para depositarlo en el juzgado.
—Y que se cumpla la justicia de los
hombres —rió—. Gasté mucho tiempo, me distraje imaginando las cláusulas que
podría haber dictado la justicia divina. Tratando de adivinar cómo sería este
testamento si lo hubiera ordenado Dios en lugar -de doña Mina. Pero cuando
pensamos a Dios nos pensamos a nosotros mismos. Y el Dios que yo puedo pensar
—insisto en que dediqué mucho tiempo al problema— no hubiera hecho mejor las
cosas, según se verá muy pronto.
Lo vimos caminar hacia la plaza y
cruzarla apresurado, alto y sin inclinar los hombros, con el portafolio colgado
de dos dedos, seguro de lo que estaba haciendo bajo el sol amarillento y
fuerte, seguro de que llevaba al juzgado, para nosotros, para toda la ciudad,
lo mejor, lo que habíamos logrado merecer.
Empezamos a saberlo al día siguiente,
muy temprano. Supimos que Guiñazú estuvo tomando café y coñac con el juez, por
un rato hablaron poco y se estuvieron mirando, graves y suspirantes, como si
doña Mina acabara de morirse y como si aquella muerte les importara. El juez,
Canabal, era un hombre corpulento, de ojos fríos y abultados, un poco gangoso y
al que yo, exagerando, le había prohibido beber alcohol desde fines de año.
Movió encima del testamento la pesada cabeza, desolándose a medida que volteaba
las páginas con un solo dedo experto. Después se levantó bufando y acompañó a
Guiñazú hasta la puerta.
—Si también se pierde esta cosecha nos
vamos a divertir —dijo uno de los dos.
—Y ahora que le están casi regalando el
trigo al Brasil —dijo el otro.
Pero antes de que se cerrara la puerta
Canabal empezó a reírse, con una risa sin prólogo, hecha toda con carcajadas
maduras.
— ¡El perro! —gritaba—. La frase en que
habla, la muy curtida y cínica, del amor y del perro. ¡Cómo me gustaría verles
las caras! Y creo que se las voy a ver en este mismo despacho. Creían tenerla
en la bolsa y ahora... ¡el perro y quinientos pesos!
Guiñazú volvió a entrar en la habitación
y sonrió en silencio. Canabal se limpiaba la cara con un pañuelo enlutado.
—Perdone —resopló—, pero en toda mi
vida, ni de picapleitos, conocí algo tan cómico. El perro y quinientos pesos.
—Yo pensé lo mismo —dijo Guiñazú con tolerancia—.
Y también Ferragut está impaciente por verles las caras. Y es cierto que el
asunto me pareció cómico —continuó sonriendo hasta llegar a la ventana abierta
sobre la calle angosta y rectilínea, embellecida por la humedad y el sol
amarillo, sobre la música crapulosa e infantil que trepaba desde el negocio de
radios y discos—. Pero si tenemos en cuenta que la difunta deja una fortuna...
—Por eso mismo —dijo Canabal y volvió a
reírse.
—Una fortuna a unas primas y sobrinas
que tal vez no la hayan visto nunca y que seguramente la odiaban, y varias
decenas de miles a gente que nadie sabe quién es y que habrá que perseguir con
edictos por todo el país... Si tenemos en cuenta, señor juez, que la pareja la
estuvo cuidando y la hizo feliz durante meses, y que ella estaba segura —como
lo estamos nosotros, sin más prueba que la emporcadora experiencia— de que la
pareja confiaba heredarla. Si admitimos que la vieja pensaba en esto cuando lo
llamó a Ferragut para determinar que el muchacho, la enanita y el feto recibirán
en pago de lo anteriormente expuesto quinientos pesos para situarse de por vida
al margen de toda dificultad económica...
—Pero Guiñazú... —dijo el juez, oliendo
el perfume seco y triste de su pañuelo—. Si justamente por eso me reía, hombre.
Ahí está la gracia: en la reunión de todas las cosas que acaba de enumerar.
“No tiene color en los ojos, pensó
Guiñazú. Sólo tiene brillo y convexidad; podría pasarse horas mirando, sin
pestañear, con una hojita de rosa pegada en la córnea.”
—Pero ya no me hace gracia —siguió
Guiñazú—. La historia es demasiado cómica, monstruosamente cómica. Entonces,
terminé por tomarla en serio, por desconfiar de lo que parece 'obvio. Por
ejemplo, para despedirme, piense en el perro; dígame mañana por qué se lo dejó
a él y no a las primas millonarias.
Cerró teatralmente la puerta y escuchó
casi en seguida carcajadas de Canabal, las preguntas babeantes que se hacía en
voz alta para seguir riendo.
Supimos también que Guiñazú —que había
dejado de encontrarnos en el café y el Berna— visitó Las Casuarinas al día
siguiente. Supimos que tomó el té en el jardín con la pareja, que inspeccionó
las defensas de arpillera y lata contra heladas y hormigas desplegadas en las
estacas de los rosales.
Supimos, cuando Guiñazú quiso hablar,
cuando llegó el invierno y Las Casuarinas quedó desierta y los habitantes de
Santa María olvidaban el frío y la granizada para comentar la historia equívoca
e inmortal del testamento, supimos que en aquella tarde húmeda de otoño Guiñazú
anticipó la entrega legal del perro moribundo y diarreico, y de cinco billetes
de cien pesos.
Pero, en realidad, estábamos obligados a
sospechar desde mucho antes que Guiñazú había dado el perro y el dinero.
Tuvimos que suponerlo en la misma celosa mañana del domingo en que alguien vino
a contarnos que la enana se había acomodado para esperar, entre pilas de
valijas y cajas redondas de sombreros, despatarrada para dar cabida al feto de
once meses y al lanudo perro legañoso, en la escalinata del puerto, frente al
amarradero de la balsa.
La doble entrega tenía que ser sabida
desde el momento en que otro vino a contarnos que el muchacho, desde el alba de
aquel mismo día, en el pescante inseguro del coche de Las Casuarinas, golpeando
porque sí al caballo, anduvo recorriendo las quintas y comprando flores. No
tenía preferencias, pagaba del cinturón sin discutir, acomodaba los ramos
debajo de la capota, decía que sí a un vaso de viñeta y trepaba de nuevo al
pescante. Entró y salió de los caminos de tierra, se detuvo para abrir y cerrar
porteras, obligó al animal a galopar bajo el círculo imperfecto de la luna,
entre perros flacos, moteados e invisibles, enfrentó faroles y desconfianzas,
llegó a sentirse débil y sin un peso, hambriento y con sueño, privado de
la fe inicial y de la memoria de cualquier propósito.
Era de mañana cuando el caballo se
detuvo cabeceando junto a la pared del cementerio. El muchacho apartó las manos
de las rodillas para protegerse del olor asqueante de los kilos de flores que
oprimía la capota y estuvo pensando en mujeres, muertes y madrugadas, mientras
esperaba los campanazos de la capilla que abrirían la puerta del cementerio.
Tal vez haya sobornado al guardián, con
sonrisas o con promesas, con el cansancio y la desesperación obcecada de su
cuerpo y de su cara, más vieja y narigona. O acaso el guardián haya sentido lo
que nosotros —Lanza, Guiñazú y yo— creíamos saber: que mueren jóvenes los que
aman demasiado a los dioses. Debe haberlo olido, indeciso, despistado un
momento por el perfume de las flores. Debe haberlo tocado con su bastón hasta
reconocerlo y tratarlo como a un amigo, como a un huésped.
Porque le dejaron entrar el coche,
guiarlo tironeando de la quijada humeante del caballo hasta el panteón
encolumnado, con un ángel negro de alas quebradas y con fechas y exclamaciones
metálicas.
Porque lo vieron de pie y de rodillas en
el pescante, y luego de pie sobre la tierra gorda, negra y siempre húmeda,
sobre el pasto irregular e impetuoso, braceando sin pausas, jadeando por la
mueca resuelta y fatigada que le descubría los dientes, para trasladar al voleo
las flores recién cortadas, del coche a la tumba, un montón y otro, sin
perdonar ni un pétalo ni una hoja, hasta devolver los quinientos pesos, hasta
levantar la montaña insolente y despareja que expresaba para él y para la
muerta lo que nosotros no pudimos saber nunca con certeza.