Traducción de Rolando Costa Picazo en Un
toque de infinito, relatos de Howard Fast, Ciencia-Ficción 3, Emecé
Distribuidora S.A.C.I.F. y M., 1974.
Lógicamente, el mensaje redactado en
obscuros términos modernos, fue difundido en los Estados Unidos por los tres
grandes canales de radio y televisión, en Inglaterra por la BBC, y en todos los
demás países por los canales con mayor alcance. Los millones de millones de
personas que corrieron a consultar la Biblia encontraron una copia exacta
bastante razonable en Éxodo 32, versículos 9 y 10:
«Y dijo el Señor a Moisés: Veo que este
pueblo es de dura cerviz. Déjame solo, que se encarnice mi saña contra ellos y que
los deshaga.»
El anuncio emitido por radio y televisión
decía, simplemente:
«Es necesario manifestar una razón que
impida la destrucción de los habitantes de la Tierra.»
La firma era igualmente simple y directa:
«Soy vuestro Dios y Señor.»
El anuncio se oía una vez por día, a las
once de la mañana en Nueva York, a las diez en Chicago, a las siete en
Honolulu, a las dos de la madrugada en Tokio, a la medianoche en Bangkok, y así
sucesivamente en el resto del globo. La voz era profunda, resonante, y hablaba
en el idioma del lugar donde se hacía el anuncio. La voz era de una intensidad
tal que se oía por encima de cualquier otro programa que se estuviera pasando
en ese momento.
La primera reacción fue inevitable y
esperada. Los rusos denunciaron a los Estados Unidos, afirmando que como los
Estados Unidos, según ellos, habían cometido todos los pecados posibles en el
nombre de Dios, ahora se metían a interceptar las transmisiones de radio y
televisión. Los Estados Unidos le echaron la culpa a los chinos, y éstos al
Vaticano. Los árabes culparon a los judíos, y los franceses a Billy Graham, los
ingleses a los rusos, mientras que el Vaticano conservó la calma iniciando una
serie de investigaciones.
Las dos primeras semanas desde el comienzo
del anuncio fueron dedicadas exclusivamente a las acusaciones. Todo grupo,
organismo, secta o nación que tuviera acceso al poder fue acusado, mientras los
técnicos de radio se afanaban por encontrar el origen de la señal. Poco a poco,
las acusaciones fueron desapareciendo en todos los diarios y en todos los
debates de la radio y la televisión, mientras seguía sin hallarse el origen del
mensaje. Las discusiones públicas que se suscitaron esas dos primeras semanas
son de dominio público, no así las privadas, lo que hace que los siguientes
extractos sean de interés histórico:
El Kremlin
Reznov: -No soy técnico de radio. El
camarada Grinowski es técnico de radio. Si yo fuera el camarada Grinowski,
volvería a la universidad diez años más. Es preferible eso, a diez años en
Siberia.
Grinowski: -El camarada Reznov habla
seguramente como experto en radios.
Bolov: -La insolencia, camarada Grinowski,
no reemplaza a la competencia. El camarada Reznov es un marxista, y eso le
permite llegar al fondo del asunto.
Grinowski: -Usted también es marxista,
camarada Bolov, y al mismo tiempo comisario de comunicaciones. ¿Por qué no ha
llegado usted al fondo del asunto?
Reznov: -No discutamos más. Usted tiene a su
disposición todos los recursos de la ciencia soviética, camarada Grinowski. No
se trata simplemente que intercepten nuestras comunicaciones. Es un ataque
contra nuestra filosofía básica.
Grinowski: -Se han utilizado todos los
recursos de la ciencia soviética.
Reznov: -¿Qué ha descubierto?
Grinowski: -Nada. No sabemos dónde se
originan las señales.
Reznov: -¿Qué quiere usted entonces,
camarada Bolov, ante la declaración del camarada Grinowski?
Bolov: -Se puede fusilar al camarada
Grinowski, o pedir la colaboración del Metropolitano, o ambas cosas. Los del
Metropolitano están esperando afuera.
Reznov: -¿Quién los llamó?
Grinowski (con una sonrisa): -Yo.
La Casa Blanca
Presidente: -¿Dónde está Billy? Le dije que
íbamos a empezar a las dos. ¿Dónde está?
Secretario de Estado: -Lo llamé
personalmente. Mientras tanto, podríamos oír al profesor Foster, del MIT.
Presidente: -Quiero que Billy oiga lo que
tiene que decir el profesor Foster.
Profesor Foster: -Mi declaración es muy
breve. Tengo varias copias. Puedo darle una copia a Billy o volverla a leer.
Fiscal: -Yo creo que la CBS es responsable
de todo esto. La CIA está de acuerdo conmigo.
El comisionado general de comunicaciones:
-La CBS no tiene nada que ver con esto. Creo que debemos oír la declaración del
profesor Foster. Ha estado trabajando con nuestros mejores expertos.
Presidente: -¿Por qué diablos no ha llegado
Billy?
Ministro de Defensa: -Podríamos oír la
declaración del profesor Foster. Si es breve, la puede repetir para Billy.
Presidente: -Está bien. Pero debe leerla de
nuevo para Billy.
(Se abre la puerta. Entra Billy).
Billy: -Buenas tardes a todos. Que Dios los
bendiga.
Fiscal: -¿Está seguro que representa a Dios?
Presidente: -El profesor Foster tiene una
declaración que hacer. La semana pasada se ha reunido varias veces con mi
comisión ad hoc de científicos. ¿Quiere leer la declaración, profesor?
Profesor Foster: -He aquí mi declaración. A
pesar de todos los esfuerzos realizados, no nos ha sido posible descubrir el
origen de la señal.
Presidente: -¿Eso es todo?
Profesor Foster: -Sí, señor. Eso es todo.
Fiscal: -Maldición, señor, usted está
obligado a saber de dónde viene la señal. ¿Viene de más allá del espacio? ¿ De
la Tierra? ¿ De Rusia?
Profesor Foster: -Eso es todo lo que tengo
que decir.
Presidente: -Bien, henos aquí con esta orden
de dar una razón. Billy, no espero nada de los rusos o los chinos. ¿Podemos
nosotros dar una razón?
Billy: -He estado pensando en eso.
Presidente: -¿Sí o no?
(Silencio).
Jerusalem
Primer Ministro: -Siguiendo la sugerencia
del profesor Goldberg, he invitado al rabino Cohen a esta reunión.
Ministro de Relaciones Exteriores: -¿Por
qué? ¿Para complicar más aún este lío?
Primer Ministro: - ¿Por qué no escuchamos al
profesor Goldberg?
Profesor Goldberg: -No sólo hemos estado
trabajando en este asunto día y noche, sino que también hemos estado en contacto
con los norteamericanos. Ellos tampoco pueden hallar el origen de la señal. Me
parece que debemos escuchar al rabino Cohen.
Primer Ministro: -Lo que hagan los gentiles,
rabino, es asunto de ellos. Para nosotros es algo mucho más personal, ya que, como
todos sabemos, nuestra gente ya ha tenido que hacer frente antes a este
problema. Estamos ante una orden que nos exige dar razones. ¿Podemos dar alguna
razón?
Rabino Cohen: (con tristeza) -Temo que no.
La Casa Blanca
Jefe de Inteligencia: -He puesto a cuatro de
nuestros mejores hombres a cargo de este asunto. Están al norte de la frontera
de Afganistán.
Primer Ministro: -¿Qué han informado?
Jefe de Inteligencia: -Hemos perdido
contacto con ellos.
Primer Ministro: -Creo que deben ponerse al
habla con el Arzobispo.
Jefe de Inteligencia: -Voy a encargar a uno
de mis mejores hombres de ese asunto.
(Silencio meditativo).
El Vaticano
Primer Cardenal: -No puedo creerlo. Después
de dos años de labor.
Segundo Cardenal: -Labor agotadora.
Primer Cardenal: -Ni una palabra de
agradecimiento. Sólo la exigencia de una razón.
Segundo Cardenal: -¿Se ha puesto en contacto
con el Departamento de Asuntos Legales?
Primer Cardenal: -Sí, por supuesto que sí.
Pero me informaron que el Señor está en todo Su derecho.
Estos extractos que acabamos de transcribir
no son más que ejemplos de lo que ocurría en los altos círculos de todos los
gobiernos de la Tierra. Tanto el Vaticano como Israel, debido a la naturaleza
tan especial de sus antecedentes, intentaron investigar a fondo durante un
período fijo de tiempo, y por lo menos en cuatro ocasiones distintas se puso a
su disposición todo el equipo de la Voz de América, tanto onda corta como
larga, pero la pregunta frenética que hacían, «¿Cuánto tiempo nos queda?», fue
ignorada. Día tras día la voz resonante y majestuosa exigía a los habitantes de
la Tierra que dieran una razón, exactamente a la misma hora, sin un segundo de
diferencia.
Hacia la tercera semana, Rusia, China y sus
respectivos países satélites hicieron una declaración pública en la que decían
que la voz era una broma burguesa de mal gusto dirigida contra la integridad
moral de las naciones amantes de la paz. Si bien reconocía que aún no se
conocía el origen de la señal, aseguraban que averiguarlo sólo era cuestión de
tiempo. Pero los esfuerzos realizados por Moscú no tuvieron éxito, y por último
China acusó a Moscú de formar parte de la conspiración occidental para imponer
su concepto primitivo y antropomórfico de un dios bíblico en el mundo
civilizado.
Mientras tanto, los distintos sectores de la
raza humana reaccionaron de todas las maneras posibles, desde el desdén al
pánico, pasando por la indiferencia y el enojo. El presidente de los Estados
Unidos sostuvo una larga y sincera discusión en su estudio con su amigo Billy.
Como sólo se conocen los resultados de la conversación, hay que deducir el
contenido, pero es dable suponer que fue más o menos así:
-He leído tu declaración, Billy, y debo
decir que no es muy convincente -dijo el presidente.
-¿ No? Bueno, a mí tampoco me parece gran
cosa.
-Podrías haber hecho algo mejor.
-Tal vez. Tal vez no. Nunca me gustó este
asunto de dar razones, me parece que no es constitucional exigirlas.
-Sí que lo es -le aseguró el presidente-.
Tuve una larga discusión con el presidente de la Suprema Corte. Él dice que es
perfectamente constitucional.
-Quiero decir, en sentido general. No
debemos ser demasiado providenciales en este asunto.
-Uno se acostumbra -confesó el presidente-.
Hay que admitir que siempre hemos estado en el bando de Dios.
-La pregunta es: ¿está Él de nuestra parte?
-¿No estarás perdiendo la fe, Billy?
-Existe el problema de dar una razón.
-Debe estar de nuestra parte -insistió el
presidente-. El procedimiento, por ejemplo. Nuestro país ha sido pionero en la
utilización del requerimiento de dar razones en el campo legal. Antes que nadie
en el mundo pensara en ello, ya nosotros lo utilizábamos para poner fin a
huelgas subversivas. En lo que respecta a nuestra defensa, ¿qué otro país del mundo
tiene un sistema de vida tan libre y pródigo como el nuestro?
-Eso no me parece pertinente.
-Nunca te he visto así, Billy. Yo hubiera
jurado que eras el hombre más creyente de la Tierra. ¿Quieres que te exima de
esto y se lo dé al fiscal? Tiene un equipo legal excelente, y si la piensan
entre todos, se les puede ocurrir una buena defensa.
-No es eso. Él hace una pregunta específica.
Hay que decir la verdad.
-Hemos tenido que decir la verdad en varias
oportunidades anteriores, y siempre hemos quedado bien parados.
-Esta vez es distinto.
-¿Por qué?
Billy miró al presidente y el presidente
miró a Billy, y después de un largo silencio, el presidente asintió.
-¿No hay esperanzas?
-Se me ocurrió algo -dijo Billy.
-¿Qué? Pongo todos los recursos del país a
tu disposición.
-Pensándolo bien -dijo Billy-, es la razón
la que presenta la gran dificultad. Una cosa es predicar en el gran estadio de
Houston, pero si uno pronuncia el mismo discurso en las Naciones Unidas, por
ejemplo, nadie se lo traga.
-Claro que no.
-Excepto Inglaterra y Guatemala, pero,
¿dónde está la mayoría que teníamos hace diez años?
-No estamos peor que ningún otro país y
muchísimo mejor que los comunistas.
-Ése es el problema -dijo Billy.
-Dijiste que se te había ocurrido algo.
-Sí. Se trata de esa enorme computadora que
tienes en Houston. Podemos empezar a programarla. Le pondremos de todo, bueno y
malo. Conseguiremos los mejores hombres en la especialidad para su programación
y haremos que constantemente la alimenten, durante una semana o diez días.
-No sabemos cuánto tiempo tenemos.
-Debemos presumir que Él sabe lo que estamos
haciendo. Y mientras sepa que estamos tratando de hallar una respuesta,
esperará.
-¿Podemos confiar en eso, Billy?
-Yo diría que es más que una suposición. Por
Dios, tiene todo el tiempo del mundo. Él lo inventó.
-Empecemos con los de la IBM, entonces.
Pueden utilizar varias computadoras y hacer un equipo que puede dejar chica a
la de Texas.
-Si el gobierno paga. No sé cómo lo verán
los de la IBM.
El proyecto de la IBM se materializó por
fin. Como tenían campo libre para utilizar sus propios centros de computación y
los que habían instalado en el Ministerio de Defensa, a las dos semanas ya
empezaron a programar. Continuamente alimentaban de datos a las gigantescas
computadoras, no una sola persona, sino más de trescientos expertos. El trabajo
quedó completado exactamente en treinta y tres días de trabajo. El equipo de
computadoras tenía todos los datos que se pudieron conseguir acerca del rol de
la especie humana en la Tierra.
Eran las tres de la mañana cuando el último
dato entró en la inmensa máquina. En Control Central aguardaban un insomne
presidente, su gabinete y un par de docenas de luminarias locales y
representantes de países extranjeros. Billy esperaba junto a ellos. Y el mundo
entero esperaba.
-¿Y, Billy? - preguntó el presidente.
-Tiene el problema y los datos. Ahora
queremos la respuesta -se volvió al ingeniero principal de IBM-. Ahora les toca
a ustedes.
El ingeniero asintió y apretó un botón. El
gigantesco complejo de computadoras cobró vida, zumbó, palpitó, se apagaron y
encendieron lucecitas, tardó sesenta segundos en digerir la información y luego
diez segundos más en imprimir la información en un pedazo de cinta.
Nadie se movía. El presidente miró a Billy.
-Mejor usted, señor -dijo Billy. El
presidente se dirigió lentamente hasta llegar a la máquina, cortó las seis
pulgadas de cinta escrita, la leyó, luego se volvió hacia Billy y le entregó la
cinta en silencio.
La cinta decía: «Harvey Titterson».
-Harvey
Titterson -dijo Billy.
El fiscal se acercó y tomó la cinta de las
manos de Billy.
-Harvey
Titterson -repitió.
-Harvey Titterson -dijo el presidente-.
Hemos gastado mil millones de dólares en construir el complejo de computadoras
más grande de la Tierra, y, ¿qué sabemos?
-Harvey Titterson -dijo el secretario de
Estado.
-¿Quién es Harvey Titterson? -preguntó el
embajador de Gran Bretaña.
¿Quién era? Dos horas después el presidente
de los Estados Unidos y su amigo Billy estaban sentados en la Casa Blanca
frente al rostro de bulldog del viejo director del FBI.
-Harvey Titterson -dijo el presidente-.
Queremos que usted lo busque.
-¿Quién es? -dijo el viejo director del FBI.
-Si supiéramos quién es, no tendría que
buscarlo usted -explicó el presidente lenta y respetuosamente, porque siempre
le hablaba con mucho respeto al viejo director del FBI.
-¿Es peligroso? ¿Lo aprehendemos vivo o
muerto?
-Usted no tiene que aprehenderlo, señor -le
explicó Billy con mucho respeto, porque, igual que todos los demás, siempre le
hablaba con mucho respeto al viejo director del FBI-. Sólo queremos saber quién
es. En lo posible, no queremos que se alarme o que se lo moleste en lo más
mínimo. En realidad, sería mejor si no se diera cuenta que se lo observa. Sólo
queremos saber quién es y dónde está.
-¿Han buscado su nombre en la guía de
teléfonos?
-Hemos consultado con la compañía telefónica
-respondió el presidente-. Quiero aclararle que no teníamos ninguna intención
de pasar por encima suyo. Pero como sabemos la inmensa cantidad de trabajo que
tiene su departamento, pensamos que la compañía telefónica podía simplificar
nuestra tarea. Harvey Titterson no tiene teléfono.
-Podría ser un número que no figura en la
guía.
-No. La compañía telefónica nos prestó una
colaboración valiosísima. No tiene teléfono.
-Ya encontraremos algo, señor presidente
-dijo el viejo director del FBI-. Pondré a doscientos de mis mejores hombres en
el trabajo.
-El factor tiempo es esencial.
-Sí, señor. El factor tiempo es esencial.
Como tributo al FBI y a la agudeza de su
viejo director es preciso destacar que a los tres días había un informe sobre
el escritorio del presidente. La inscripción del sobre decía: «Confidencial,
reservado, restringido al uso especial del Presidente de los Estados Unidos».
Antes de abrir el sobre, el presidente llamó
a Billy.
-Billy -le dijo con mucha seriedad-, esto es
para ti. Yo me las he visto con Rusia y China Roja, pero esta área diplomática
está dentro de tu terreno. La leeremos juntos.
Entonces abrió el sobre, y los dos leyeron:
«Informe especial y secreto sobre Harvey Titterson, edad veintidós años, hijo
de Frank Titterson y de Mary Bently de Titterson. Nacido en Plainfield, estado
de Nueva Jersey. Concurrió a la escuela secundaria de Plainfield y a la
Universidad de California en Berkeley. Se especializó en filosofía. Fue
arrestado dos veces por posesión de marihuana. La primera vez le suspendieron
la sentencia. La segunda vez lo condenaron a treinta días de cárcel.
Actualmente vive en el número 921 de la Calle 8 Este en la ciudad de Nueva
York. Ocupación actual, desconocida.»
-Ese Harvey Titterson, entonces -dijo el
presidente-. Extraña es la obra de Dios.
-Yo no lo culparía a Él -dijo Billy-. Harvey
Titterson salió de la máquina IBM.
-Quiero que tú te ocupes de esto, Billy
-dijo el presidente-. Quiero que lo sigas hasta el fin. Tienes carta blanca. La
Primera Base Aérea está a tú disposición, si la necesitas. Mi helicóptero
personal también. Esta es tu misión, y no necesito especificar que con ella se
juega el triunfo o el fracaso.
-Haré todo lo que pueda -prometió Billy.
Dos horas más tarde, un automóvil negro del
gobierno, manejado por un chofer, se detuvo frente al número 921 de la calle 8
Este, que resultó ser una vieja casa de inquilinato, de las que carecen de agua
caliente, y Billy descendió del auto, trepó los cuatro tramos de escaleras, y
golpeó la puerta.
-Entra, hermano -dijo una voz.
Billy abrió la puerta y entró en un cuarto
cuyo mobiliario consistía en una mesa, una silla, una cama, y una alfombra.
Sobre la alfombra estaba sentado, con las piernas cruzadas, un hombre joven,
vestido con viejos pantalones vaquero y una remera. Tenía barba y bigote, de
color rojizo, pelo del mismo color que le caía sobre los hombros, y ojos azules
y brillantes. Billy notó que se parecía mucho a quien lo había nombrado.
Billy lo miró fijamente, y el joven le
devolvió la mirada y dijo con voz agradable:
-Se nota que no eres de la policía y no eres
el dueño de casa tampoco, así que es casi seguro que te has equivocado de
lugar.
-¿Eres
Harvey Titterson? -preguntó Billy.
-Así es. Por lo menos, hay momentos en que
así lo creo. La búsqueda de identidad es algo complejísimo.
Billy se identificó, y el joven sonrió
apreciativamente.
-Estás en el asunto, hombre -dijo.
-Permíteme ir al grano -dijo Billy-, porque
el tiempo es un factor esencial. Acudo a ti por el dilema básico en que nos
encontramos.
-¿Te refieres a la guerra en Vietnam?
-No, me refiero al pedido de una razón
justificativa.
-Hombre, me confundes. ¿A qué te refieres?
-¿No lees los diarios? - preguntó intrigado
Billy.
-Nunca.
-Debes escuchar la radio..., o mirar la
televisión.
-No tengo.
-Debes hablar con gente. En tu trabajo. Todo
el mundo habla...
-No trabajo.
-¿Qué haces?
-Hombre, eres preguntón -dijo Harvey
Titterson-. Fumo marihuana y medito.
-¿Cómo vives?
-Tengo padres ricos. Me sostienen.
-Pero hace varias semanas que empezó este
asunto. Debes haber salido de aquí, ¿no?
-Hace días que medito sin salir.
-¿Eres un fanático religioso? -preguntó
Billy, con cierto respeto en la voz.
-No, nada de eso.
-Permíteme entonces que te ponga al día.
Hace algunas semanas, exactamente a la misma hora en todo el mundo, se oyó una
voz en los canales y estaciones más importantes y dijo: «Es necesario
manifestar una razón que impida la destrucción de los habitantes de la Tierra.
Soy vuestro Dios y Señor» . Eso dijo.
-Cósmico -dijo Harvey-. Absolutamente
cósmico.
-Se repite todos los días. La misma voz, las
mismas palabras.
-Absolutamente cósmico.
-Te podrás imaginar los resultados -dijo
Billy.
-Debe haber habido un revuelo terrible.
-En China, en Rusia..., en todo el mundo.
-Fuera de lo común - dijo Harvey.
-El presidente es amigo mío...
-¿ Sí?
-Sucede que lo convencí que no había ninguna
respuesta sencilla que dar. Me consulta a mí en todas estas cosas. Es un gran
honor, pero esto es terrible.
-Absolutamente cósmico -dijo Harvey.
-Se me ocurrió una idea y se la propuse.
Equipamos el complejo de computadoras más grande que haya existido, y le dimos
todas las informaciones que tenemos. Todo. Y cuando le hicimos la pregunta, la
respuesta fue tu nombre.
-Me estás tomando el pelo.
-Te doy mi palabra de honor, Harvey.
-Esto me confunde y me emociona.
-Te darás cuenta de lo que esto significa
para nosotros, Harvey. Tú eres la última esperanza que tenemos. ¿Puedes darnos
una razón?
-Muy, pero muy complicado.
-¿Quieres tiempo para pensar?
-No se necesita tiempo -dijo Harvey-. Si hay
una razón, la hay.
-¿La hay?
Harvey Titterson cerró los ojos durante un
rato largo, luego miró a Billy y dijo, simplemente:
-Somos lo que somos.
-¿ Qué?
-Somos lo que somos.
-¿Nada más?
-Hombre, eso te toca a ti. Piensa, medita.
-Éxodo tres, catorce -dijo Billy-. «Y Dios
le dijo a Moisés: Soy lo que soy.»
-Exactamente. Billy miró el reloj. Eran las
once menos tres minutos. Casi sin decir gracias, salió corriendo del cuarto,
bajó las escaleras a la carrera y se metió en el auto.
-¡Enciende la radio! -ordenó al chofer-. 880
del dial. El chofer buscó la estación con nerviosidad.
-880, ¿qué pasa?
-Ésta es la Columbia -se oyó-, CBS en la
ciudad de Nueva York. A esta hora suspendemos la transmisión para escuchar un
anuncio especial -silencio. Un silencio prolongado. Pasaban los minutos, y
silencio.
Luego se oyó la voz del anunciante:
-Aparentemente, hoy no habrá interrupción...
En el cuarto piso de la casa de inquilinato, Harvey Titterson lió un cigarrillo
de marihuana, aspiró una vez, y lo dejó de lado.
-Una locura -dijo suavemente.
Y luego se preparó para continuar su
meditación.