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Autor desconocido - El mensajero de Woodstock

 Alicia era una adolescente que apenas salía de sus quince años, venida del campo; su sonrisa era tímida y desconfiada; su cuerpo y rostro invitaban a suponer que se trataba de una europea venida de algún lugar nórtico. Era rubia, de ojos verdes; su rostro hermoso, como las mujeres de campo en  Rusia, mantenía un rosado vivo en sus mejillas y el cabello se ondulaba al final de sus puntas; era muy hermosa. No era extraño encontrar gente en los campos de Costa Rica; gente de descendencia europea, y Alicia era un auténtico ejemplar. Trabajaba en la casa de los Valverde, debido al estado de pobreza en que muchos habían caído y la agricultura del pobre no daba para tanto.
Alicia trabajaba como empleada doméstica, para entonces, en la casa de Nago, y aunque ya llevaba bastante tiempo de estar con ellos, fue un día que, recién salida del baño, la puerta accidentalmente se abrió y el rostro del indígena se apareció en el espejo donde ella recién se ajustaba el blúmer para sentirse cómoda. Nago  la observó desde su cuarto, llevaba una hora tratando de despertarse, que es cuando la virilidad más ataca al hombre joven.
Instintivamente, se tocó sus propiedades genitales, y con el cuerpo de Alicia de en frente suyo, el diablo se le tiró encima.
– ¡Dios..,Alicia!, no sabía que eras tan bella.
– ¡Salga, Salga¡, atrevido, lo voy a acusar con su mamá.
Nago la sujetó de la cintura y el paño se cayó, destapando los senos de niña amanecida.
Los dos forcejeaban, hasta que ella se fue ensuavizando como si estuviese a punto de desmayar; se dejó subir un lado inferior del blúmer, y ella misma se bajó los calzones; los dos se miraron al espejo y sus ojos parecían perderse en un sueño infantil. El le tocó los vellos, y ella muy tímidamente y temblorosa, rozó el pene con su mano izquierda y jadeó frente al espejo; los vellos de durazno atilintaron más la propiedad del indio.
Nago terminó eyaculándose la mano en cuestión de segundos, pringando así parte del espejo; ella muy avergonzada escondió su rostro por sobre su hombro derecho y se tiró a correr para no mirar la cara del agresor.
 Nago se miró las manos repletas de semen, y dijo:
 – Alicia, perdóneme, no lo vuelvo a hacer.
Ella, desde su pequeño cuarto,  limpiaba pensativa, parte del blúmer.
–También yo tuve la culpa – respondió. No habrá próxima vez, ¿me oyó?, me siento sucia; soy pobre pero esto no lo acostumbro. Y no crea también su hermano ha querido hacer de la suyas, pero yo no puedo seguir en estas; póngase de acuerdo, porque puedo ser novia sólo de uno de los dos.
–¿Me quieres, Nago? – preguntó ella, porque sólo soy la muchacha que les  sirve a ustedes, y a pesar de que ustedes no son ricos, hablan de cosas muy extrañas, de gente, de libros que leen. A su papá, cuando llega a visitarlo no lo escucho hablar de nuestro Señor Jesucristo, y a pesar de que ustedes van a la iglesia, no rezan el rosario en la casa.
 Nago no supo contestar ante aquella forma tan sincera de señalar quién era cada quien.
– En realidad, lo único que pretendo es conocerte tal y como eres – contestó, eres muy hermosa y me encantan los vellos que llevas en las piernas.
– Por lo menos eres diferente de tu hermano; él, en cambio, se me tira encima y lo único que busca es llenarme de eso.
– A ti Nago, sí te quiero; pero es mejor que yo me vaya de acá, ya le explicaré a mi padre que no me gusta el trabajo en casas.
– Alicia, yo a ti te siento  parte mía, no sé por qué; pero me hablas con tanta libertad y sinceridad, que no me siento extraño a la par tuya; con el resto de la gente me siento a la distancia, sus mentes me ubican de inmediato y no los miro con la misma confianza que podría tener contigo, no se trata de ricos o pobres, con libros o sin ellos, no; es algo que tiene que ver con las sonrisas, que no pelan dientes de fiera. Tú, en cambio, has sido como el ave con quien tanto sueño.
– Háblame de esa ave – le pidió ella.
– Es algo así, como verte a ti, cada vez que se me aparece, me enfrenta a la realidad, una verdad, que lo menos que tiene es ser común, y por eso sólo yo la entiendo. Lleva alas, a veces se transforma, dependiendo de los lugares que yo haya visitado, o la gente que haya conocido; a ti por ejemplo te llevaré siempre guardada como a un ave tornasol, mi colibrí de Los Santos.
– Tienes un corazón de pan, Nago – y rozando su piel con la de él, le dio un beso en la boca.
– Nadie habla así, sólo los que llevan mucho amor en sus entrañas. Si los libros de tu padre y tu madre son los que te hacen pensar así, sigue ese camino; yo no veo otro más en mi vida que el de ser la hija de un jornalero sin estudios, y una ama de casa, que día a día se pregunta si quedó embarazada;  aunque te digo una cosa Nago... somos muy felices.
Una mañana Nago se levantó, sintiendo volar más alto que nunca, sus ansias de libertad no dejaban de tocar a su puerta; el tormento del pájaro tornasol no lo dejaba en paz y cada vez que Nago intentaba ser un ciudadano afable, sus aves salían a toparse con él.
Miró alrededor para quitarse una basura que llevaba en las alas, se sacudió en alto vuelo y después de tirar ese montón de corroña, aumentó su viaje; una ilusión que pretendía romper fronteras, lo embargó.
Estaba por llegar un familiar de los Estados Unidos; el primo mayor que una vez fue bautizado: Roberto Jara; ahora se llamaba Roberto Schmith, quien se aproximaba a la edad de los dieciocho años como el Dios de la familia.
Bastardo, según la clasificación social de los años sesenta, su madre, la tía Roberta, había quedado embarazada siendo apenas una chiquilla de diecisiete años, y para que nadie se diera cuenta del embarazoso pecado, fue enviada a los Estados Unidos, como empleada doméstica; con tanta suerte que quien la recibió en el país de los sueños dorados, se enamoró de ella;  la superaba en casi cuarenta años, y el primo Roberto se convirtió en el adinerado de la familia, el cambió de apellido, le dio casta y orgullo a la familia Jara, aunque hubiese sido  el primer bastardo y la vergüenza de ésta.
Tener un familiar viviendo en los Estados Unidos para ese entonces, en Latinoamérica, podría ser el principio de la felicidad absoluta que transformaba los santos de palo por el arte del consumo. Como el primo no se escapaba del sistema, no tardó en traer su mensaje a sus familiares: los de la jungla, que años atrás su madre había dejado para convertirse en una dama aceptada por la alta sociedad costarricense.
 En un día de verano, muy soleado, apareció el primo Roberto, con una melena que bajaba de lo hombros, anteojos oscuros,  jeans campana y amuletos que decían: “Peace and  love”.
Gracias a aquel equivocado amor que la sociedad supo castigar muy bien,  la familia materna de Nago empezó a emigrar a la tierra prometida, de empleadas domésticas, mecánicos, niñeras y lavaplatos.
En los años sesenta, las oportunidades de emplearse en Estados Unidos eran fáciles, los gringos requerían de mano de obra barata y la demanda de servicios, era tal, que no daban abasto con sus inmigrantes europeos.
Quienes más buscaban en aquella patria, seguridad económica, fueron los pobres con poca preparación; pero también  ansiosos  de poder trabajar en lo que fuera, y no fuesen criticados por la sociedad,  así tubiesen que limpiar  calles.
Costa Rica siempre  fue un lugar de apariencias sociales, en la que ser trabajador, recolector de basura, era el pecado social más grande; de hecho cuando se quería insultar a alguien se le gritaba barrecaños; pero no así sucedía en la nueva patria; trabajar dignificaba y se podía ser vecino de cualquier  hijo de la patria siempre y cuando el sueldo diera para ocupar  ese lugar en la historia, y eso era lo que buscaba la familia Jara.
– ¿Que si usted no ha oído hablar de Woodstock?– preguntó el primo.
– No le entiendo el pronunciamiento, primo, habla usted como gringo – contestó Nago.
– ¿Han oído hablar de Woodstock?– preguntó Roberto nuevamente, a los primos indígenas de Centroamérica.
– ¿De qué me está hablando?, esto es Costa Rica, aquí se habla en español – advirtió Quincho.
– Entonces, ¿en qué planeta viven ustedes? No, no creo que nos podamos entender –agregó en medio de su escueta transculturización y corazón de: Made in U.S.A.
– Tampoco sé quién es Bob Dylan y ése que menciona usted, Jymmi Hendrix, ni sé qué es eso de marihuana – agregó Quincho.
– Eso, man, es estar “high” – concluyó el primo. Es  como estar enamorado de las yerbas; porque te elevan sin tener que comprar tiquete, y te vuelan lejos de este mundo, te conviertes en pasajero del universo; somos nada más ni nada menos que los padres del “hippismo”.
Mientras tanto, Nago ponía cara de pájaro-bobo.
Pájaro-bobo, en la zona tropical de Los Santos es un ave que no huye de la cercanía del peligro, ni la curiosidad del ser humano, casi se le puede tocar , y algunos cazadores hasta llegan a acercárseles tanto, que en lugar de dispararles, los podrían atrapar con las manos, a ésos, irónicamente, se les llaman bobos.
Un año después, el indio volaba al pueblo de los sueños, con quince años, la piel morena y un poco descuidado higiénicamente, se lanzó al viento, llevando consigo los recuerdos del pasado, la sensación de la masturbación adolescente, recuerdos del amor hormonal, y la idea del “nuevo mundo”; según se lo había pintado su familia materna y principalmente el primo.
 Roberto prosiguió explicando el fenómeno Woodstock: Trescientos mil seres humanos, reunidos en un campo abierto le dijeron al mundo que queremos la paz, el amor y la marihuana. Sí, porque es importante también poder armonizar con la droga, man – explicaba el primo.
– En Estados Unidos, si usted fuma ya es un candidato para entrarle a la canabis, y después a cosas más profesionales como: “window pain, hachis, red bens, panama red, top, speed”, man y otras cosas que te hacen elevarte, volar, entender el cosmos, y podrías hasta llegar a hablarle a Dios, así lo hacían los indígenas mexicanos en el pasado cuando comían hongos o tomaban mezcalina. La gran mayoría, si no todos los chamanes se han iniciado de esta manera; alterando su química, traspasando el límite de las sustancias que bailan en nuestro cerebro.
– No me interesa nada de eso – repitió Nago–. Lo primero es Dios, Jesucristo está en mí y me librará de los malos caminos, yo se lo voy a demostrar cuando esté allá.
– Man, cuando usted esté allá, será nuestro, no puede usted rehuir a la evolución humana, primo, y la sustancia es parte del proceso, tarde o temprano te iniciarás, y te recomiendo un libro escrito por  Albert Hofmann, que se titula “La Historia del LSD”,  súmale la música de Alice Cooper y te echarás uno de los mejores viajes que se puedan experimentar.
– Quisiera volar de verdad, primo – contestó Nago –, llevo en mi escasa vida agitando mis manos para poder hacer algo diferente, cambiar el mundo romper fronteras, conocer gente diferente de estos que me rodean.
Nago prefirió seguir sus vuelos y adentrarse en el mundo de lo desconocido; pero el camino del primo le atemorizaba; en cambio, los cuentos de los tíos, del sueño americano y del espiquear el english, le llenaban de regocijo, más que todo porque casi todas las canciones de la época eran en inglés, y había que aprender a hablarlo para poder cantar bien e impresionar al vecino.
– Cuando regrese a Costa Rica después de haber recorrido más mundo, todos estos habladores de esquina van a respetarme – concluyó.
Para ese tiempo, viajar al norte podía ser noticia, y muy a menudo salía el retrato en los periódicos, de la gente que emigraba al norte, en el aerpuerto de Costa Rica. Los camarógrafos hacían fila para disparar sus cámaras a los que estaban por abordar el avión ,  futuros integrantes de la clase trabajadora en el nuevo mundo  y claro,  mezclados a ellos algunos de la alta sociedad que miraban de reojo a los que estarían abordando el mismo avión, de seguro eso era inaudito para su casta; un plebello en el mismo vuelo, ¡que ironía!