El viaje duró dos días, desde la
estación en Chicago, atravesando Minesota, bajando hasta Nebrasca, pasando por
San Reno y luego Sacramento , California. El trayecto era fastidioso; pues eran
horas y horas de una topografía completamente plana, hasta que se apareció
California con su exuberante inmensidad de montañas como pezones azules con
picos blancos en los pechos de la tierra.
– Para ver, llevo ochocientos
dólares en mi bolsillo, un cigarrillo de canabis y... esta chicana
cara de muerta de hambre; ya se dio cuenta de que tengo la mano metida en la
bolsa desde que salimos de Chicago. Veamos a ver que se trae – observó
Nago.
La chicana se acercó muy
cariñosa, y le preguntó : – ¿Qué cuidas tanto en tu bolsa, el
pajarito?. Yo tengo una cosita que le puede quitar el hambre a
ese malcriado – y susurrándole al oído, le terminó de decir: – Cuando el
servicio se desocupe y sean las siete de la noche, yo te estaré esperando para
darte unos besitos.
Poco a poco Nago se fue dando
cuenta de que el pueblo que viajaba con él, era bastante inquieto y
escudriñaban con bisturí de tiempo; un descuido y perdías hasta la maleta.
En tono bastante mejicano, la
dama de la piel morena, se le volvió a acercar a la orilla del asiento y en
medio de su voluptuosidad, reclamó su origen, y con la obligación de ser
hermanos de piel, intentó seducir a Nago tocándole el pelo.
– Pásate a mi lado, para
chinearnos un rato, a ti te cobro como a un hermano, por tres dólares te baño,
te limpio todo eso que es tan mío.
Dio cuatro pasos atrás del
asiento se metió en el baño dejando la puerta abierta, y sin importar quién la
viese, se peló un pecho y girando su dedo índice alrededor del pezón lo invitó
a pasar.
Todavía era Nago bastante tímido,
casi virgen, a pesar de sus experiencias quedadas en los zacatales del Hihg
School.
– Ven – le gritaba de a calladito
–, esta teta te la dedico a ti. Ven, rogado que nadie nos va a ver, además no
se fijan en los latinos, somos como perritos haciendo el amor en la calle...
cosa de animalitos.
Nago se sintió identificado
con aquella expresión, y también interesado por ver si de veras nadie se
estaría fijando en lo que ellos hicieran.
– Ves, mi amor, que mientras te
toco la polla y te hago todo esto ellos duermen en su futuro. Apúrate,
nene, porque aquel italiano lo tengo en la mira, me vas pagando
amorcito...chao.
Esa misma noche compartió tres
coitos: el vecino de atrás, además del italiano y un mulato que bien pudo haber
sido latino también.
– De en frente, dos gringas
cuidaban un niño de escasos nueve meses, y también parecían mujeres del oficio;
una de ellas la más joven y delgada, caderas anchas y largas piernas,
coqueteaba con Nago, y en mirar directo, apuntando con la mano derecha y el
dedo meñique señalándole, llamó a Nago para que se arrimara a su asiento.
Nago se acercó.
– ¡Hi!, ¿para dónde te diriges?.
La otra amiga que llevaba
al niño, observaba y miraba para arriba; en donde iban las maletas. Nago se
percató, que además de ser prostitutas, se traían algún timo para robar.
Su vestir y su abandono
físico era sacados como de un festival de rock, tal vez muy parecida a quien
había sido Jannis Japlin, rubia, casi pelirroja, con unas pecas en sus mejillas
y los dientes manchados de nicotina o canabis; también los dedos en sus yemas
estaban teñidos de ese cafesusco que deja la marca de la tocola* de
marihuana.– ¿Quieres elevarte? – le preguntó.
La gringa llevaba speed y por la
manera de comportarse le inscinuaba a Nago, que quería hacer el amor con él y
elevarse con la pstilla, miraba al asiento trasero como invitándole a que se
acostaran juntos.
El autobús ya se acercaba a
California.
– ¡Ah!, montañas – dijo Nago, que
hacía tiempo no las veía tan altas.
– Hemos llegado a Nebrasca, ya
falta menos de la mitad – agregó la gringa.
– Oye – le dijo –, he
estado pensando...olvidémonos del speed y el sexo por ahora; ¿por qué no me
llevas contigo?.
No te preocupes por el dinero, ya
lo he pensado todo; viviremos del World Fair, eso nos dará para pasarla y luego
veremos qué se nos ocurre. Seré una buena compañera y haré el amor contigo;
pero sé mi compañero. No te pido promesas como lo hace ordinariamente la genta,
quiero algo volatil, saber que eres mío y que soy libre, tuya; pero que puedo
abrir la puerta y ocupar mi espacio en cualquier momento.
La gringa sujetó la mano de Nago
y le besó los dedos, dando a entender que sus palabras salían del corazón,
quería ser abrazada, se sentía sola, desprotegida, rodó una lágrima sobre una
de sus mejillas y terminó diciendo: – Al fin y al cabo terminaré
elevándome – y sacó una diminuta pastilla del bolso para ponérsela en la boca.
¿Sabes?– terminó diciendo – llevamos el mismo camino.
Continuó el viaje entre gente
normal y drogadictos; la mejicana seguía en su oficio cogiendo con otros en el
baño y la tripulación haciendo caso omiso al festín de los jóvenes.
La mala de la película siempre
fue la mexicana, tal vez por ser morena, aindiada; el baño era su territorio y
cargada de bastante semen bajó del bus en una parada solitaria.
– Existen cosas que logran
bajarme la mirada – se dijo Nago en sus adentros – y es ver a esta mexicana de
tan sólo unos quince años de edad, forcejeando con el destino; es como si se
estuviera lanzando al viento; aquella madrugada cuando bajó del bus. Rozó mi
pelo, y con una carterilla en la mano que iba arrastrando por el piso del Grayhound,
una faldilla corta y su hermosa piel de barro, se perdió con la bruma. Nago
seguía mirando por la ventana y tratando de no perder la silueta que se
iba con la niña, que miraba el pasar del bus cuando se alejaba del
sitio en que quedó inmortalizada.
– ¡Que hijo de puta! ; pero
cómo creciste, pedazo de guevón – gritó el hermano Quincho al verlo bajar del
autobús.
–¿Qué has comido?, o es que el
norte alarga a la gente. ¿Qué hay de todo?, ¿qué torta te jalaste allá para que
te tuviéramos que adoptar?– preguntaba a Nago, mientras lo
observaba , y lo abrazaba, queriendo levantarlo y jugar con él. –
Pelón te han dejado, pelón donde la tía Roxana...Mírame, mírame: esto sí es
estar al día, esto sí es clase.
– Tu pelo mide más de tres
cuartas – apuntó Nago
– Espera que aquí te vamos a
poner en línea; la tía Roberta entiende más de juventud, no le queda otra,
somos sus hijos adolescentes. Estabas viviendo entre niños y los padres jóvenes
creen poder con sus gringuitos; pero una vez que los coge el sistema escolar y
universitario, no les queda más que persignarse; ellos pasaron por el mismo
proceso. Oye, mi herma...es la misma mona con diferente rabo, el juego a jugar
de ser alguien. Por ahora seremos Cristos con pelo largo que piden amor y paz.
Roberto también fue a recibir a
Nago, en la vannet que una vez había conocido allá en Costa Rica,
cuando este había llegado como mensajero de Woodstock para llevarle la profecía
de su futuro como ciudadano norteamericano.
–¿O te encogiste, o yo me he
alargado una cuarta? . Entre rizas y sarcasmo, le dijo el indio a Roberto.
– Creciste, seguro la buena
alimentación de tu tía Roxana. Me imagino que desayunabas de lo mejor por las
mañanas; mala noticia, acá somos un poco vegetarianos, solo cuando fumamos mota
se nos destapa el hambre y nos comemos, hasta un pollo entero. Sé
que te gusta mucho la buena música, Nago; acá te vas a extasiar del
exceso de música moderna, tus grupos preferidos: Creadence Clear Water Revival,
Santana. Por cierto que para año nuevo ya tenemos comprados los boletos Va a
estar acompañando a Santana, su hermano Jorge Santana, y creo que Body Miles.
– Me siento otro, he estado
atrapado en el concepto de familia militar, ya me siento libre nuevamente –
comentó Nago respirando profundamente el aire californiano.
– Vas a conocer San Francisco –
agregó Quincho – y las rocallosas también .
– Pero San Francisco es pura
magia, este lugar no lo olvidarás jamás – añadió Quincho. Costa Rica
es un oasis en medio de seres humanos desieros de intelectualidad, pero aquella
naturaleza tan hermosa puede ser también comparada con la intelectualidad en
San Francisco, como aquellas lomas verdes de Los Santos; es que este lugar te
llena de arte, magia, personajes locos, con temas y tertulia deliciosa; en dos
palabras, unir la naturaleza de nuestra patria y la gente de acá y estaríamos
creando el mundo perfecto.
De corazón gringo y piel latina
era Roberto; siempre con la piel de gallo latino, moreno y chaparro, muy
parecido a un nicaragüense de la zona de Granada. De hecho, era hijo de un
nica, que su madre había conocido de joven y del cual había quedado en cinta;
el señor era médico adinerado y del cual nunca más se supo. Pero quienes lo
conocieron dicen que era la mismitica cara del doctor Roblero España, médico de
buenos sentimientos, que hasta llegó a ejercer su profesión sin paredes.
Cuentan que dedicaba la mayoría de su tiempo sanando enfermos sin cobrarles un
centavo, a gente pobre, claro está.
Roberto reclamaba sus raíces con
las garras de un buitre, a pesar de su destino y el hecho de haber vivido la
mayor parte de su vida en la tierra del norte; amaba y soñaba con todo el
folclor de la patria tica.
– Es Latinoamérica lo que me
embruja – decía –, he estado viajando por todo México y Centroamérica. La
verdad es que su exuberancia, en todo sentido: flora, fauna y mujeres, me
vuelven loco; además de que me gusta pegar gritos mexicanos cuando bebo y acá
eso no se acostumbra.
– El mensajero de Woodstock – de
en frente de mí – pensó Nago, y sus pronósticos no fallaron. He llegado a ser
parte de la cultura del canabis y en cambio sospecho que éste, desearía estar
en la vieja patria, mirando ríos y aves exóticas.
– ¿Amas a Costa Rica, verdad,
primo?
– Mi último sueño será morir allá
algún día, ustedes no saben lo que se pierden, esa exuberancia y aquella magia
verde que te envuelve por todos lados... Ojalá sepan cuidar lo que
tienen.
– Nago – le dijo Quincho –,
como hermano mayor que soy te recomiendo que a ese High School que
vas a ir acá, en Sacramento, se le debe tener el respeto que se merece. Te lo
digo porque es un lugar en donde vas a encontrar de todo: chicanos, pochos,
negros, amarillos y droga de la más fuerte. Si tienen que linchar al director
porque se les ocurrió, lo hacen, no se te olvide eso, además de que el racismo
está a la orden del día.
– ¡Qué apoyo de bienvenida!.
– Es la verdad – agregó Roberto;
aquello que tuviste allá en Palatime es un cielo a la par de eso, a lo que vas.
El Sacramento Senior High
School, en algún tiempo debió haber sido una joya para la comunidad;
pero tan mal estaba la institución moralmente, por la delincuencia, que hasta
el mismo edificio quería caerse de vergüenza, y así ocurrió un año después de
haber llegado Nago: lo demolieron.
Los estudiantes, en su mayoría
negros, tenían bastante rivalidad con los mexicanos, que eran la segunda
mayoría; le seguían los blancos; luego los revueltos y por último los chinos;
con quien nadie se metía, porque sabían que eran muy decididos y hasta
peligroso faltarles el respeto a pesar de su estatura.
No fue si no hasta pasadas unas
diez semanas de haber llegado Nago a la escuela, que se dio la primera trifulca
racial.
Todo empezó al frente de un
servicio sanitario Una estampida de negros le entró a patadas a una chicana,
que recién iba saliendo del sanitario, apenas terminaba de acomodarse la faja
del vestido, que era un faldón largo de esos que usan las indígenas; no había
nadie quien le protegiera. Ya bien pateada y arrastrándose, logró llegar a su
territorio y los mexicanos al enterarse, la emprendieron con cualquier negro
que se toparan. Ese día el pleito se dio por todos los pasillos de la escuela,
los profesores se tuvieron que retirar y dieron orden al resto de los
estudiantes que si se quedaban, lo hacían por su propio riesgo; algunos
inclusive portaban armas. Mientras tanto los mexicanos se organizaban al frente
del la escuela, donde quedaba un pequeño parquecito y al cual fue a dar la
turba negra para darse de madrazos con los mexicanos acalorados de ira,
mientras la agredida observaba desde un auto Ford deportivo y de llantas
anchas ¡cómo se daban unos con los otros en el parquecito!
– Pude contar unos cincuenta
negros contra treinta mexicanos – comentaba Nago a Quincho. Yo caminaba con
Bequi, una gringa pelirroja, pasada de blanca, tan blanca que los negros
vomitan de en frente de ella, fuese con quien fuese al lado de ella.
– ¿Cómo hace? – me preguntaban
las negras al pasar yo con Bequi;. Ella bajaba la cabeza y me pellizcaba con
sus dedos, suplicándome que las ignorara.
– Corre, corre – gritó Bequi
empujándome en el jardín de una casa que daba al frente del parque del high
school.
Tocando fuerte la puerta de una
casa me hizo empujado dentro de la sala, con la ayuda de la dueña.
La pelea era a muerte; ya Bequi
nos logró contar que, esos eran pleitos muy viejos, que se daban por tan solo
mirar demasiado a alguien, o por tropezar con alguno de ellos. El pretexto
podría ser cualquiera.
Realmente, no es tan racial como
parece – comentó Bequi, es de puro dominio territorial. Lo hacen como cualquier
otro animal lo haría, o nación que busca poder por su territorio. Yo los he
analizado muy bien, y te miran con el veneno más rencoroso que un ser humano
puede haber heredado, están deseando una víctima, yo ni siquiera les conozco el
rostro, nunca los miro a la cara; son capaces de escupirte o decirte cualquier
injuria, o sacarte tus defectos físicos a la luz.
– Hazte más para adentro, que si
te miran por la ventana nos tirarán piedras y son capaces de hasta dormir para
esperarte frente a la puerta – dijo la dueña.
Una estampida, que sonaba como
cascos de caballo en un suelo de lastre, se escuchaba fuera de la casa, peines
de huso para el cabello afro quedaron pegados en las espaldas de los mexicanos,
entre cinco daban de patadas y mordiscos a otro mexicano por allá.
Hicieron vela como por dos horas,
y quien pasase por el frente del colegio y fuese trigueño, recibía su paliza.
Fueron dos las semanas que duró la batalla por dominio territorial, ningún
estudiante que no fuera negro podía acercarse a la escuela, y los negros se
pasaban de en frente del sitiado lugar como si se tratase de una fortaleza; los
afros tenían el lugar ocupado e inclusive habían amenazado a su Director, que
también era de color, con pegarle una paliza si se pronunciaba en contra de los
afros.
Al cabo de tres semanas, ya los
líderes de las bandas, lograron comunicarse y en un parque de la ciudad,
completamente neutral, hicieron las paces.
– En Beaver Dan, la cosa era
distinta – agregó Roberto –. Bueno yo era la excepción, a pesar de que sólo soy
un poco moreno, los gringos me aceptaban y nunca viví ese racismo territorial
tan humillante como el que te está tocando vivir a ti, Nago.
Quincho escuchaba un long play de
Cat Stevens y medía la tocola de un cigarrillo de marihuana cuando empieza a
fallecer.
– ¿Quieres el último suspiro,
Nago?, disfrútalo; disfruta todo lo que puedas y no te hagas muchas bolas con
eso del racismo y tus peleas de colegio; en realidad no sé si te habrás dado
cuenta, pero eso que tú llamas colegio es un centro penitenciario. Mira, nada
más la gente que estudia en ese lugar: son todos un reguero de delincuentes de
ciudad, algunos no saben ni siquiera conjugar un verbo, y ya se están
graduando, los mantienen engañados, porque nunca podrán asistir a una buena
universidad después de graduarse en ese colegio de negros y latinos
maleducados.
– ¿Y cómo sabes todo eso?
– He observado cada vez que paso
al frente de esa pocilga, en la que tiempo atrás fue importante; pero se vino
la turba inmigrante, se destacaron sectores de pobreza alrededor de Sacramento
centro y ese es el resultado de la tolerancia. Por un lado, los gringos nos
someten a vivir entre los que ellos clasifican menos que plebeyos; y por otro
lado, nosotros lo aceptamos comportándonos como lo que ellos han planificado:
los sectores problemáticos, y nosotros les damos espectáculo con la
ignorancia haciéndoles creer que llevan la razón. Es por eso que yo no me dejo
de ningún gringo. El otro día tuve que competir en la universidad contra un tal
Peter del norte de este país, que se creía Goliat. Me superaba en todo menos en
coraje, y después de consumir bajo el agua y sentir que me moría, estuve
dispuesto a hacerlo, y el pendejo tuvo que salir a respirar antes de morirse;
los compañeros tuvieron que sacarme porque yo estaba dispuesto a darle una
lección.
– Los negros y el resto de todos
nosotros; entramos en ese tipo de batallas territoriales, porque nos
sentimos débiles ante el poderío territorial que ellos manejan; ellos pueden
hacer lo que se les ocurra, si lo desean; poseen toda la fuerza económica de
esta nación y nosotros no entendemos de solidaridad, nos dividimos hasta por el
color de piel, nacionalidad y religión; mientras ellos son más listos y se unen
por un común denominador que es el dólar, el dinero.
– Es hora de que conozcas San
Francisco – dijo Roberto –, la ciudad más bella del mundo.
Ya dejemos de estar
resolviéndole la vida al negro, latino, árabe y no sé que tantos trotamundos
más. Vamos a San Francisco para entender más de nuestro futuro, ahí hay de
todo: negros, latinos , árabes, y de todas partes de América, españoles,
asiáticos y la gran mayoría parece ser interesante, por lo general son
artistas..., sí artistas de la calle. En el Centro van a ver al negro de la
guitarra, que cada vez que toca y canta se da de palmadas él solo en la espalda
y se aplaude, a la par de sus pies la cobertura de la guitarra y montones de
dólares que la gente le tira al simpático cantor , que es bastante astuto.
La gente ignora que el auto que se encuentra dando con la esquina, un mercedes
benz del año, es de su propiedad.
Después podemos ver al
trompetista. Es un hippie clásico de la era Woodstock, fuerte para cualquier
droga; se le nota en los ojos por la manera turbia de mirar al cielo. Está
siempre metido en una caja de cartón del tamaño de su altura, un metro ochenta
podría ser, tiene múltiples ventanitas alrededor de la caja, pintadas a un
tamaño de cinco por diez centímetros de diámetro. Cada ventanita posee el
nombre de una canción de moda y él sabe tocarlas todas; depositas una moneda en
la ventanita y se sube el teloncillo que da de frente de uno, y ahí está la
canción solicitada, algo así como “La Rocola del Trompetista”.
Más adelante un edificio de
cuatro pisos y sin ventanas, desde afuera en él, se miraban cantidades de
artistas bailando flamenco, declamando, tríos de música rock. Un pináculo de
arte popular a la California se destacaba en el corazón de la ciudad.
Así, los tres se fueron a San
Francisco en el cádilac modelo setenta de la tía Roberta: Quincho Roberto y
Nago, a mezclarse con la magia de aquella seductora ciudad.
Ya para la tarde de aquel día,
los tres habían llegado a la ciudad. Hacía un día bellísimo y la tarde estaba
soleada; Roberto sacó de entre sus cosas unas pastillas de LSD y media hora
después , el efecto no sese hizo esperar.
Risas iban y llegaban,
conversaciones de cualquier estupidez; la cosa era sentirse nota en aquella
ciudad de arte y mezcla anárquica, de olvidos y adrenalina disipada.
– Te lo regalo, si lo encuentras
...
–¿Que quieres decir? – respondió
Nago.
– Que te regalo el cádilac de mi
mamá, si logras recordar en qué avenida lo dejamos.
Ya habían caminado por más de dos
horas y Roberto estaba seguro de que no darían con el auto; pero también estaba
seguro de que si Nago daba con él, tendría que cumplir a su palabra.
– Me subestimas Roberto, te daré
una sorpresa
Después de haber caminado por
casi una hora en las calles y avenidas de San Francisco, Roberto volvió a sacar
de la manga un papelito que traía adentro ; eran unas diminutas
ventanitasde- window pain* -.
– Esto es lo último que he podido
encontrar en el mercado; dicen que es algo bravísimo, se debe tener cuidado;
muchos se han quedado cruzados para siempre – advirtió Roberto.
– Solo ponla en la lengua y ella
hace lo demás.
Cogidas y separadas con pinzas,
más de una dosis de tan solo un punto de lapicero, te podría llevar a la
muerte; pero la dosis recomendada por no sé cuál patán descubridor
científico; te llevaría a un viaje astral de risas y llantos, y hasta fobias
sociales de locura , en contra de todo lo que te rodeaba.
Se repartieron la droga en medio
de la calle; allá en un lugar cerca de un bar llamado los “Twin Pigs”. Pasada
casi una media hora, el efecto empezó por provocar una risa irremediable,
carcajadas por la más mínima expresión de vida alrededor mental, la imaginación
personal convertía en el medio la diversión más cómica que jamás se
hubiese vivido, ¡Ja, ja,ja... y ja, ja, ja, ja !, el estómago se revolcaba en
sus jugos gástricos y la risa se convertía en un círculo vicioso. De pronto,
una desconfianza profunda albergó en sus mentes, a tal grado que Nago sintió
temor al querer agarrar lo que estuviese más cerca; ojalá algo contundente,
fuerte metálico, para acabar con las acusaciones que el medio más cercano le
supusieran.
Nago, desorbitado, empezó a
desvariar, repitiéndose – Vuela, maldito, vuela; cuestióname en este momento,
pájaro acusador.
– Malditos, Blancos,
inquisidores, sé por qué este desgraciado buitre me anda rondando; me jala del
brazo, me pica la piel y reclama el colibrí de mis años pasados.
Ustedes me ofrecen... nada más
que... ¿cemento y metales fundidos para ser el mejor de los humanos
humillados?.
– Sácame de aquí, zoncho
desgraciado. Llévame a comer naranjas y bananos criollos, hediondos a perfumes,
con amores de barros pasados que una vez colgaron en mi piel.
En la turbulencia del ácido, se
sumergió en las suposiciones más susceptibles de su vida.
– Sueño diseñando
estrategias para ver cómo acabo con el peor de mis enemigos : mi hermano Quincho.
Aléjate o te acabo hermano de coito, esta cochinada que me han dado ha sacado
toda mi ira y la verdad es que no respondo a lo que venga; mis manos son
cuchillas de recuerdos. Deja de acosarme, los negros piden su territorio; pero
tú me lo has venido quitando desde la panza de nuestra madre...aléjalo,
Roberto, llévatelo al más allá.
– Déjenme solo con esta locura,
que la química se me ha alterado y no se si vuelva a ser el mismo de antes.
- ¡Eh!, ¿qué te pasa primo? –
dijo Roberto – take it easy, man – mirándolo hacia la cara, como cuando alguien
se refiere a uno con delicada cirugía óptica.
Súbitamente Nago se fue mirando
las manos y entendió que viajaba sin control.
Quincho miró como Nago apretaba
las manos fuertemente.
– Aprieta el esfínter bien duro,
hermano, eso te ayuda – le dijo Quicho. A esto le llaman la muerte
blanca, no te dejes llevar al abismo, eso está en tu cabeza.
– Los oigo murmurar...ustedes
dos, par de tontos, escucho como hacen crítica; es que Quincho nunca ha querido
entender que yo padezco de altura, de distancia entre el cielo y la tierra. El
me pone a ras del suelo y yo he descubierto en los vuelos mi liberación ante
él; lo hacen los pueblos reprimidos; lo hace la novia despreciada y
la esposa golpeada; también el niño sin pecho materno y el ofendido.
Ya el viejo zoncho me lo había
advertido, que los vuelos deben ser puros, y mis sueños no están
para ser alterados, éste es un vuelo inflado por el hombre y los míos deben ser
inspirados por la esencia de las mentes puras, meditar te lleva a un lugar más
seguro; meditar te transborda al infinito; las aves se te aparecen con
respuestas lógicas, y puedes ofrecer el mejor de los panes a un amigo
hambriento, pero este viaje pone en mis manos la venganza y el odio, no puedo
pensar estoy intoxicado. Mis aves mentales se encuentran en rebelión, he de
salvar este cuerpo. Siento, hermano, decirte que hasta hoy representas la
inquisición de mi libertad como ser humano. Por favor, retrocede.
Una hora se mantuvo Nago sentado
en una esquina mientras le pasaba el viaje. Luego caminaron por más de tres
horas. Nago, casi ausente, pero consciente de lo que pasaba, sacudía su cabeza
con mucha frecuencia como tratando de salirse de sí mismo o ubicarse en el
lugar.
Repentinamente, se encontraron al
borde de una esquina. en la que por una puerta que daba con un bar, se
introdujeron para lograr tomar algo.
– Da sed esta carajada – dijo
Quincho – me tomaría una litro de agua.
La barra estaba repleta de
hombres altos, de todos colores y grosores; algunos bien vestidos, otros
miraban al encuentro cualquier mirada perdida; el lugar estaba empenachado de
homosexuales.
Los “Chanchitos Gemelos”, rezaba
el rótulo a la entrada del bar, al percatarse los inquilinos de que los tres
jóvenes que recién iban entrando no eran de la farándula, se pusieron un tanto
inquietos, y uno de los bar tenders se arrimó a decir de una manera muy
elegante y respetuosa: – Jóvenes este es un bar gay, si no les molesta pueden
tomarse algo, siempre y cuando no hagan sentir a mis clientes extraños ante
ustedes, ¿de acuerdo?.
– No quisimos molestar –
respondió Roberto.
–¿Qué tal si mejor buscan otro
lugar más normal? – dijo el caballero con enorme sonrisa en sus labios. – Aquí
a las dos cuadras pueden encontrar un bar diferente y hay chicas.
– Bueno, la verdad es que ya los
pusimos incómodos – agregó Quincho – vamos a otra parte.
– Aquí la cosa es cerrando las
entrepiernas, y caminando rápido – dijo Nago un poco más repuesto.
“The Twin Pigs”, así se llamaba
aquel bar de hombres en busca de sí mismos. Caminaron y caminaron, y al cabo de
veinte cuadras de trolear* se
dieron cuenta de que estaban usurpando toda una ciudad de gays.
– No podré dar con ese auto primo
ya cansado – dijo Nago – ¿por que no nos vamos a comer algo a Mac
Donald´s?
Bajo el efecto de los últimos
destellos del window pain, terminaron riendo hasta orinarse de la risa.
La parte alucinógena se
apareció entre los tres para comentar lo que a cada uno le sucedía. Nago
observaba como sus venas se convertían en ríos.
– No te concentres mucho, primo,
deja que te lleve suave, tómalo suave. Recuerda que los tres estamos
intoxicados, pero en una dosis baja; en otras palabras estamos
envenenados, Así es que disfrutemos de la muerte.
– Es fuerte – concluyó Roberto –,
apuesto a que en Costa Rica no se conoce algo tan Taff*.
– Sin embargo, sigo pensando que
soy demasiado susceptible a toda esta química – contestó Nago, que se
encontraba un poco más liberado del efecto.
– Como te lo dije hace un rato –
comentó Roberto – muchos se han quedado en el inicio, y es que tienes toda la
razón, Nago; ya los cuerpos traen su propia fórmula química, y uno no sabe como
vamos a responder, por eso se debe empezar poco a poco, y aún así muchos se
hacen adictos y terminan rallados. Tengo amigos, compañeros de universidad, que
empezaron con speed y ahora no sirven pero ni para dar la hora en una esquina.
– No man, yo sueño con vivir en
Costa Rica, fuera de todas estas influencias; la droga es un sepulcro sin
sentido. Seguir acá tratando de olvidar lo que vivimos diariamente,
y descubrir drogas para poder ganar más dinero y no trabajar como esclavos, eso
no tiene el más mínimo sentido. Por cierto, que esta gran filosofía del sistema
también es producto de la droga, no sé si ya lo notaron pero se me abre la boca
con esta droga; da mucha sed; la boca se seca, miren qué clase de escupas,
parece agua en detergente.
–¡Hey!, man! – prosiguió hablando
Roberto –¿ recuerda cuando te hablé de Jimmy Hendrix? ; él se perdió en un
viaje parecido, hay que tener self control, porque la mente tiene que ser
fuerte y dominar el éxtasis de la química – afirmó con absoluta confianza ante
los indígenas centroamericanos, Quincho y Nago.
– Cuando ustedes se querían venir
para acá yo no les dije que no, porque nadie escarmienta en cabeza ajena; pero
yo me hubiera quedado allá, más pobre, menos lucro, pero menos turbulencia
social.
– No sabes nada – contestó
Quincho de inmediato –. No has vivido tal pobreza, nosotros tampoco, pero no te
eches discursos de hippie renegado, la verdad es otra: hay que darse
su lugar como latino, sí es cierto; pero el mundo le pertenece a
cualquiera, ya sea acá, allá, donde sea, el mundo es nuestro, de los seres
vivos, y las injusticias están a granel en todas partes. Algún viejo vagabundo
debe estar haciendo papeles, creyéndose Dios, seguramente ya
conoce todo este trajín y vacila escribiendo la historia para que nosotros le
sigamos el juego, y no lo podemos ver, porque es tan enorme , que se pierde.
Al salir el sol arrepentidamente,
en la madrugada, llegaron a la calle en donde se encontraba el cádilac,
solitario y con los vidrios empañados por el frío de la noche. Nago bendijo el
momento en el que sus puertas se abrieron para descansar en su asiento trasero,
ancho y tenue.
– En definitiva un cádilac es
demasiado confortable y en el que se puede dormir muy bien, – pensó Nago.
Roberto manejó de vuelta y los
hermanos Valverde durmieron hasta volver a Sacramento.
– Esa cochinada nos ha puesto la
boca tan seca que...¡me muero por un fresco de limón natural, con
hielo!
Bajaron del auto, sin titubear corrieron
al refrigerador y peleándose por abrir la puerta de esta, Quincho arrebató un
litro de leche agria bien fría, que se mantenía en el congelador, Nago se pegó
al tubo y después de quince sorbos se desplazó a la cama como un Cristo después
de Semana Santa.
– Bueno, Roberto, me ha llegado
la hora – pronunció Nago –. Creo haber defraudado al sistema norteamericano; no
creo haber encontrado mi sueño dorado acá, mi familia no lo entiende, pero
deseo regresarme a la patria; sé que esto está lleno de oportunidades, pero
existe un no sé qué, que me evita.
– Hazte para acá – le dijo Nago
al primo, en la oreja, como en secreto. Quincho lo sabe, no es ningún secreto;
pero, recolecto vuelos, llevo un nido de aves muy especiales que me guían, me
trajeron hasta acá, y me han dicho que tengo que regresar a la patria.
– Boberías, es el efecto del
canabis y el ácido.
– No, primo, antes de
encontrarme con esta porquería ya lo vivía; al contrario, llevo un
sumario de acontecimientos que tarde o temprano me tendré que quitar de encima
para arreglar las cosas; estoy llamado a un testimonio final.
– Ah, ¿tu propia religión?
– No, no se trata de dogmas,
tiene que ver con la inmortalidad.
– Bueno, primo, yo no quiero que
te vayas, pero desearía estar en tu lugar. Yo en cambio estoy marcado a vivir
de esta manera, requiero de estos instrumentos para poder sentirme un poco más
que los demás; tú sabes...complejos de infancia. Suerte primo, vas a desear
volver; pasado el tiempo los tuyos ya no te van a admirar por esta hazaña y te seguirán
mordiendo como lo hacían antes.
– Lo sé, primo, lo he pensado
muchas veces.